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Seducida por la luz de la luna, de Laurell K. Hamilton |
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En una historia de castas, tronos y dinastías, la política sexual de los dirigentes de una corte es una parte extremadamente importante de su existencia. |
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"Seducida por la luz de la luna" (Nabla), de Laurell K. Hamilton es el tercer libro de la saga Merry Gentry, una serie de novelas en las que ciertos seres mágicos como las hadas o los duendes llevan viviendo en los Estados Unidos desde principios del siglo XIX. Su relación actual con los humanos es la de los famosos con los paparazzi: la belleza (o falta de ella), el glamour y los poderes mágicos de estas criaturas son una fuente de fascinación irresistible para un público deseoso de nuevas noticias, fotos y escándalos relacionados con las cortes feéricas. Porque en medio de un país demócrata que admitió a estos seres cuando fueron expulsados de Europa, estas hadas y duendes mantienen un rígido sistema monárquico desde hace milenios, lleno de conspiraciones, celos, agravios y vendettas dinásticas que aumentan aún más el espectáculo a veces magnífico y a veces decadente que ofrecen a los meros mortales.
En suma, mucho sexo, mucha sangre y criaturas inmortales con poderes. Allá cada uno que decida si es lo suyo o no.
“Soy Meredith Gentry, investigadora privada, y también la Princesa Merry, aspirante al trono de las hadas.” Con una contraportada así, ¿quién puede resistirse? ¿Hada y detective privada? ¿Puede haber algo más cool en este universo o cualquier otro paralelo? ¡Me lo quedo! Pues a ver, ojo. Si a alguien se le ha venido a la cabeza una especie de Lauren Bacall con alas en la espalda y que puede desviar las balas de Sam Spade o Philip Marlowe con la mirada, no es el caso. Es cierto que en los dos primeros volúmenes de la saga, Merry ayudó a un detective privado, que en este tercero una de las cosas que pasa es que alguien intenta matar a alguien, y que el culpable será descubierto al final, pero en este libro en concreto ni el contenido ni el tono tienen nada que ver con una novela de detectives. Aviso, por si acaso.
Otra cosa que tener en cuenta es que, aparte de resolverse ese suceso en concreto, no es una novela ‘autocontenida’, del tipo de las de por ejemplo, ‘El capitán Alatriste’, que pueden leerse autónomamente con una pérdida mínima de información. En cambio, en esta saga hay una historia que empezó en los primeros volúmenes y que continuará en los siguientes. Y de hecho, en este libro pasan bastante pocas cosas que muevan el nudo general hacia adelante. Aparte de alguna que otra muerte secundaria y de ciertos personajes que descubren poderes nuevos, la situación es casi la misma al principio que al final, de forma que este libro parece más bien como leerse sólo el capítulo 3 de un libro con (por ahora) siete. Esto no es una crítica en absoluto: el dejar al lector aposta en un punto de la historia que continúe en libros siguientes es práctica común, aceptada y hasta estándar. Simplemente lo comento para ayudar a posibles lectores a decidir.
“Sexo, violencia, misterio, dolor, placer…”, dice una cita del Saint Louis Post-Dispatch en la contraportada. La verdad es que con las dos primeras habría bastado. Porque como se ha dicho, la acción avanza poco, así que la mayoría de lo que ocurre en este volumen es sexo y violencia. A veces al mismo tiempo. La autora, Laurell K Hamilton, tiene otra saga de novelas, ‘Anita Blake’, con la justificada fama de haberse convertido de historias de cazavampiros a interminables relatos de orgías entre criaturas de la noche. Y en este libro de esta otra saga ocurre algo muy parecido. La verdad es que la justificación está bien urdida: en una historia de castas, tronos y dinastías, la política sexual de los dirigentes de una corte es una parte extremadamente importante de su existencia, sean cuales sean las criaturas de que se trate. Además, este tipo de facetas se han dejado aparte en muchos otros relatos sobre criaturas mágicas, presentando a hadas, duendes, elfos y demás como seres casi asexuados, centrándose sólo en su magia, poderes o hazañas guerreras y manteniendo lo privado privado. Así que es lícito, interesante y hasta novedoso adentrarse en este territorio.
En esta saga los duendes (goblins) son criaturas poco atractivas desde el punto de vista humano, con deformidades, tentáculos, bultos, patas extra, ojos de insecto, etcétera. Por el contrario los sidhe (pronúnciese ‘shi’) son altos y bellos, y provocan el deseo físico de los duendes. Y el tema aumenta aún más cuando empieza a saberse que es posible transmitir poderes mágicos a través del sexo, con lo cual deseos que antes eran simplemente lujuriosos ahora son incluso fuente de un poder que la princesa Merry no duda en usar, junto a sus encantos e incluso los de sus guardaespaldas para sus fines políticos, a pesar de que por ser medio humana es desdeñada entre los suyos por ser en comparación bajita y pechugona.
Más aún, el estado actual de la corte sidhe a la que pertenece Merry es que su tía, la reina Andais, una sádica de inestabilidad mental bastante peligrosa que se dedica la mayor parte del tiempo a juegos sexuales y torturas de todo tipo, ha decidido abdicar a favor de aquel de entre Merry o su primo Cel que sea capaz de tener descendencia primero. Con lo cual, Merry, que ya de por sí muestra una afición muy activa por el sexo (y por las minifaldas, las medias y los tacones de doce centímetros), tiene una nueva razón para dedicarse a ello con mayor ahínco. Y para acabar de rematar el asunto, la reina le impone seis guardaespaldas con los que compartir cama, debiendo ser uno de ellos quien la deje embarazada y se convierta en rey consorte. Y a ello se dedica nuestra heroína, con la única contrariedad de que cada acto, dirigido como está a la procreación, ha de acabar de la misma forma, en lugar de otras menos ortodoxas, a las que ella tiene mucha afición. Y como los seres inmortales se reproducen muy poco (cosa bastante lógica), Merry y sus ‘merry men’ llevan tres meses intentándolo con denuedo (a veces hasta dedicando posados robados a la prensa) sin éxito por ahora.
Este panorama se convierte en la excusa perfecta para relatar con detalle los encuentros sexuales de la princesa con sus amantes, todos ellos bien fornidos y capaces. Y dado que estamos hablando de seres con poderes mágicos que pueden transmitirse a través del sexo, no resultan coitos normalitos de sábado sabadete precisamente. Tras uno de ellos, por ejemplo, hasta se provoca una inundación en la ciudad en la que están (de agua normal y corriente, por fortuna). Así que, bueno, es lógico que si a eso es a lo que se dedica la protagonista, eso es lo que nos deberá contar la novela, al menos en este volumen, pero dada la escasa acción en el resto de la historia, el resultado es un tanto limitado, la verdad, porque además Merry parece tener una gran afición a las conversaciones largas, donde todo el mundo opina sobre lo que está pasando, ha pasado y va a pasar. A ver si en próximos libros el asunto progresa por otros derroteros.
En suma, mucho sexo, mucha sangre y criaturas inmortales con poderes. Allá cada uno que decida si es lo suyo o no.
Hasta aquí lo relativo al relato en sí, pero no puedo dejar de referirme a la edición española. El libro en particular que he leído, que supongo que será el mismo que se encuentra en las librerías (primera edición, noviembre de 2008) contiene nada menos que 86 erratas. Lo repito de nuevo y en letra, para que no se dude de si hay un error: ochenta y seis erratas en 440 páginas. No sé qué opinará la editora, pero a mí me parece una pasada. ¿Cómo lo sé seguro? Pues porque cuando ya iban tres erratas en la página 15, me puse a apuntarlas, por curiosidad, y menos mal que empecé con una hoja A4, porque ya estaba usando hasta los márgenes.
Una decena de ellas son repeticiones de palabras como ‘entorno a’, ‘a parte de’ o ‘en frente de’ en lugar de las correctas ‘en torno a’, ‘aparte de’ y ‘enfrente de’, que al estar escritas mal repetidamente, pasan de erratas a faltas de ortografía, lo cual empeora la situación. Una cosa curiosa, y muy reveladora, es que todas y cada una de las erratas son palabras existentes en español, como por ejemplo ‘nuca’ en vez de ‘nunca’ (p 15) o ‘sobras’ en vez de ‘sombras’ (p 90), lo cual me sugiere que la única revisión hecha al texto de la traductora que cometió los fallos ha sido un pase por el corrector automático de un procesador de textos, que no revelaría este tipo de errores, y santas pascuas. ‘A diferencia de de’, ‘trató se suplicarle’, ‘les vivos morirse’, ‘el poder los duendes’, ‘la lágrimas’, ‘no me expresado’, ‘sus intensidad’, ‘cerró el la tapa’, ‘una vez ha decido’, ‘apartó la mirad’, ‘que tenía la tenía sudada’, ‘pesadas trencas’ (en vez de ‘trenzas’)... Pero también hay cosas gordas, como un ‘a cobrado’ (p 249), un ‘abrigo de rallas’ que aparece dos veces en la misma página (254) y una ‘doceava’ o ‘veinteava’ vez (p 343) que está incorrectamente usado. Sinceramente, esto no debiera volver a pasar.
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