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El lazo de púrpura, de Alejandro Núñez Alonso |
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Comienza con este libro la saga de novela histórica de Benasur de Judea, ambientada en la Roma del siglo I, un volumen galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1957. |
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Según la solapa del libro, “voces autorizadas han calificado a Alejandro Núñez Alonso como el mejor escritor español de novela histórica de todos los tiempos”. Lo cual, sin embargo, no ha impedido que tras su muerte en 1982, su nombre no sea particularmente famoso y que su obra lleve décadas descatalogada. Ahora, Nabla Ediciones, según consta en su página web, desea rescatar la parte de su obra que pueda interesar al público de hoy dado el actual clima de auge de la novela basada en episodios históricos.
Las propias aventuras del portentoso Benasur de Judea, treinta veces navarca, poseedor de una de las mayores flotas navieras privadas del mediterráneo, son dignas de seguirse
Núñez Alonso nació en Gijón en 1905. Tras fracasar en su carrera de dramaturgo en los años 20, se pasó al periodismo y emigró a México en 1929, con lo cual no le atrapó la Guerra Civil Española. Empezó a escribir novelas, volvió a España en 1953 y consiguió que ‘La gota de mercurio’ fuera finalista del premio Nadal al año siguiente. Y fue ya entrado en la cincuentena cuando comenzó a conseguir sus mayores éxitos de crítica y público con una saga de novela histórica, ‘Benasur de Judea’, ambientada en la Roma del siglo I, de la que ‘El lazo de púrpura’ es el primero de cinco volúmenes: un tocho de 700 páginas galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1957.
A un lector que se aproxime por vez primera a esta saga le cabrá preguntarse si no habrá una razón por la cual Benasur ha estado durmiendo el sueño de los justos durante años, y también de cuánto valor puede encerrarse dentro de un relato premiado durante época franquista. ¿No habrá censura (aunque sea autoimpuesta)? ¿El premio no responderá a que exhiba unos motivos sobre el imperio y lo militar del agrado del régimen, o con juicios morales (o moralizantes) que apliquen los valores del nacionalcatolicismo a la época del nacimiento de Jesús?
Pues si ese temor existe, puede disiparse tranquilamente, porque la novela, sin ser un tratado sobre la depravación de la época de Tiberio, sí que contiene el suficiente número de episodios con esclavos, homosexualidad, torturas y dudosos motivos morales (o mejor dicho, de cuya falta de moralidad no cabe duda alguna) como para desterrar cualquier miedo a estar dedicando el tiempo a algo, cual eunuco, falto de sus atributos naturales. Véase una muestra:
“La última vez que estuvieron juntos había sido en Odessa. Cenaron, se acordaba muy bien, en un mesón del puerto. Después se fueron a una casa de mujeres. Pero se equivocaron de farol. El farol de las casas nocturnas de Odessa es rojo, como en Roma, y no verde, como en Gades. Mas una raya en blanco distingue las casas de mujeres de las casas de efebos, que en Odessa tienen en vez de raya un círculo. Entonces él, por pereza, ya no quiso buscar la casa de las mujeres y se quedó en la de los efebos. Akarkos se fue a dormir con una vieja apestosa que había encontrado en la calle. Eso le había pasado a Akarkos por remilgado.”
Es decir, que las cosas estar están, aunque contadas de un modo, digamos, muy de otra época, con esos ‘efebos’, esas ‘casas nocturnas’, y ese ‘mas’ sin tilde, lo cual incluso le acaba dando un regusto añejo que tiene su punto. Otra de las cosas que hizo Núñez Alonso durante su carrera fue guiones de cine, y la época en que escribió la saga de Benasur (1956-1961) coincide con uno de los momentos álgidos del cine de ‘swords and sandals’ hollywoodiense: ‘Quo vadis’ (1951), ‘Androcles y el león’ (1952), ‘Barrabás’, ‘Salomé’, ‘La túnica sagrada’ (1953), ‘Atila’, ‘Demetrius y los gladiadores’ (1954), ‘Ben-Hur’ (1959), ‘Espartaco’ (1960)... Y también del péplum italiano, con sus múltiples variaciones sobre Hércules, Maciste, Sansón y Ursus.
Así que una recomendación personal que se podría hacer es intentar leer mentalmente los diálogos recordando las portentosas voces de los dobladores españoles de la época, cuyo encanto estaba tanto en las traducciones solemnes como en la propia entonación. Imagínese a cualquiera de los personajes de Benasur con las ‘voces’ de Charlton Heston, Robert Taylor, Kirk Douglas, Jack Palance o hasta Anthony Quinn (Barrabás aparece en el libro) y es casi como volver a una de esas tardes maratonianas (nunca mejor dicho) en cinemascope casero. Otra muestra para practicar:
“-¿Así que esta criatura ha sido castigada…?
-Por haber pasado una noche fuera de la galera de las mujeres…
-¿Y tú qué presumes, capataz?
-Que ha estado expansionándose con un hombre.”
Sin embargo, el regusto antiguo (que paradójicamente suena más añejo con sus sólo 50 años de edad que cosas escritas mucho antes) no es lo único reseñable de la historia. Las propias aventuras del portentoso Benasur de Judea, treinta veces navarca, poseedor de una de las mayores flotas navieras privadas del mediterráneo, son dignas de seguirse. Como prototípico judío, odia a los romanos, pero no deja de sacar tajada económica de todo cuanto negocio puede hacer con y contra ellos. Empezando en el Egeo, donde se le une el griego Mileto, conocedor de la poesía y la filosofía de los gentiles, la novela va dando la vuelta por todo el Mare Nostrum, pasando por Roma, Hispania (en concreto una aburguesada y sofisticada Gades con un notorio barrio de mala fama… al aire libre), el norte de África de oeste a este, y finalmente Jerusalén, en los días, como no podía ser de otro modo, en que unos tales Herodes, Poncio Pilatos y Jesús de Nazaret dominan la actualidad local.
Es una historia de muchos manejos y viajes y poca acción, aunque ésta cuando ocurre es intensa: los atentados, golpes de estado y batallas pasan rápido y las conversaciones y reflexiones despacio, pero no hay tiempo para aburrirse, porque Benasur (o su alias Benemir) está complotando nada más y nada menos que la caída de Roma, y lo va a hacer con las armas que conoce: sin coger una espada pero hundiendo bolsas, prestando millones de sestercios, pidiéndolos (o comprándolos) en condiciones ventajosas, adquiriendo minas y derechos comerciales, y sin evitar chantajes o incluso muertes. De otros, claro.
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