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       Artículo de literatura
Otra vuelta de tuerca, de Henry James
 Terror / Suspense
Joaquín Torán   14/07/2007
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     ¿Existen, entonces, los fantasmas? Tras Otra vuelta de tuerca podría decirse que sí. Aunque, claro, la primera y última palabra la debería tener el lector, tal y como lo hubiese querido Henry James.
Portada inglesa de Otra vuelta de tuerca, de Henry JamesComo buen hombre de su tiempo, Henry James creía en fantasmas. Paradigma de su época (quizás más que el frívolo Wilde), laico, cosmopolita y leído, había entrado a formar parte de la inmensa legión de admiradores de esa nueva literatura de terror caracterizada por su predilección hacia el muerto, aunque a su particular manera, distanciándose de los deseos de evasión de sus contemporáneos. Intuyó, con acierto, que los textos sobre fantasmas inaugurados por el irlandés Le Fanu, se prestaban, apropiadamente, a interesantes experimentos con los que seguir sosteniendo sus teorías literarias. Y aunque nunca fue un escritor "de terror" como tal (pues sólo sintió interés, y por razones expuestas a continuación, por los fantasmas), consiguió, con su obra, dotar de calidad al género, refutando la tesis imperante de que a él sólo se acercaban autores marginales y dudosos.

Los escritos de James son sesudos en la medida en que ocultan un fin determinado, bajo la forma de mensaje: los fantasmas los llevamos por dentro, son fruto de nuestros miedos y frustraciones. No tienen necesariamente que ser malévolos ni tener una sustancia y esencia sobrenatural: basta una mente atormentada, una obsesión manifiesta o una falta cometida para que afloren esas apariciones que tanto miedo (y desde James, también desconcierto) producen. Sólo alguien con su sarcasmo, su instinto crítico y su inconformismo podía haber realizado una transgresión semejante sobre las normas literarias victorianas asentadas en el autocomplaciente siglo XIX. Porque desde que iniciara a escribir relatos de fantasmas, este tema ganó en profundidad y hondura analítica y psicológica: fue el primero en introducir a un fantasma inocuo, con nobles intenciones (no valoro, por entrar dentro de la categoría de lo satírico, al acosado aparecido de Canterville) en "Sir Edmund Osme" y en tratar el asunto de la casa encantada sin alma errante en "El alquiler del fantasma". El espíritu había llegado a su máxima evolución, pasando de ser explicado durante la literatura gótica a ser temido y, finalmente, comprendido, en la victoriana.

Estas líneas previas deberían bastarnos de introducción a Otra vuelta de tuerca. Compuesta en 1898, es, incontestablemente, la más perfecta y reconocida creación de Henry James y la más alta cima de toda la literatura de fantasmas. Consecuencia evidente de todos sus relatos anteriores (James, al igual que años más tarde haría su compatriota Raymond Chandler, gustaba de reinventarse a sí mismo, fundiendo y recuperando temas ya redactados), de ella podría decirse que su mayor virtud reside en su gran complejidad, tanto de fondo como formal: una sola lectura no basta para captar, en su completa inmensidad, todas las implicaciones de los símbolos, hechos y acciones que se suceden en su interior. Como las grandes obras, crece sustancialmente con los años, manteniéndose fresca y altiva y sobreviviendo, inmaculada, a los obsesivos análisis de los expertos que, desde su publicación, han intentado, y siguen intentándolo aún hoy, desgranar sus intenciones. Esta misma reseña tiene más de guía para la lectura que de de crítica, ya que es imposible comentarla sin haberla antes clarificado.

El argumento es, en apariencia, simple: una joven institutriz es contratada para cuidar a dos niños ante la imposibilidad de su tutor de hacerse cargo de ellos. Para cumplir su labor, se traslada a la mansión de Bly, donde traba conocimiento con Miles y Flora, los dos hermanos, y con la señora Grose, el ama de llaves. Sin embargo, parece que hay dos inquilinos más en la idílica casa, dispuestos a perturbar la tranquilidad mental de la protagonista y a dañar a las criaturas. El señor Quint, antiguo socio y apoderado de ese tutor incapacitado, y la señorita Jessel, antecesora en el puesto de la heroína, son parte del pasado tormentoso de Bly, cuyo influjo va, paulatinamente, afectando a la institutriz. ¿Sencillo, verdad?. Pues ni por asomo.

Henry James"Otra vuelta de tuerca" supone un giro de 360 º respecto de cuanto se había publicado hasta entonces en materia de fantasmas. Para empezar, porque lo que parece evidente no lo es y lo que resulta inconcebible y alarmante puede ser más cierto que lo estrictamente razonable. Todo depende de quién lea el libro. Esta aseveración es menos baladí de lo que se piensa: James era un crítico literario de enorme prestigio, cuyos ensayos y teorías dotaron de un nuevo prisma a cuanto, desde la literatura, se ponía en marcha. En 1872, había escrito una obra capital, "El punto de vista", en la que argumentaba que el "narrador no sólo es el sujeto, sino también el objeto de la narración". El relato se estructura de manera que el lector pueda llegar a creer o incluso a rechazar la visión de la protagonista, única y unívoca versión de los hechos. La importancia de este dato es realmente crucial, porque determina el verdadero papel de la protagonista en el drama, pasando de víctima perseguida a verdugo involuntario.

Contribuye a incrementar la turbación, el encontrarnos, por primera vez en la historia del terror, ante un cuento de fantasmas con niños. Su presencia tiene un doble efecto: puede dotar de candidez al conjunto, haciendo más trágico el final y la supuesta moraleja o, por el contrario, volver todo el relato aún más desconcertante. Esta argucia le servirá a James para levantar un arduo y completo estudio sobre la perspectiva en tres niveles: de un lado, tenemos los hechos observados y narrados por la preceptora, portavoz teóricamente de los acontecimientos objetivos, tal y como suceden; en una posición intermedia, se halla la visión de la señora Grose, equilibrio y apoyo de las dos posturas extremas. El ama de llaves representa la moderación y el pragmatismo: ve los espectros cuando debe verlos para apaciguar a la preceptora y para no crear un fractura entre los jóvenes y ella. Posiblemente, sea la más racional de los cuatro personajes principales por su carencia de imaginación y malicia. En las antípodas de la maestra se sitúan los dos hermanos. Aunque pueden establecerse ligeros matices entre sus visiones por la diferencia de edad que los separa, en líneas generales, su percepción es coincidente, debido a que Miles influye en Flora y ésta, a su vez, en Miles: no hay un solo indicio que señale que ven los fantasmas de la institutriz (al menos, no de la forma en que ella los siente), pero tampoco existe un solo dato que afirme lo contrario. Las conclusiones quedan a expensas del lector.

La novela dosifica con milimétrica sabiduría los momentos más terroríficos, producidos siempre después de alguna tensión en la trama (una discusión; una noche de insomnio...) cuando el estado de ánimo de la protagonista no es el más eufórico y ella se siente más indefensa e incomprendida. James la retrata sin conmiseración como una solterona reprimida que se enamora de su jefe y tutor de los críos. El señor Quint, se interpretaría como una sublimación suya cuando los anhelos y deseos más profundos se abren paso en el férreo, rígido y puritano cerebro de la profesora. En un cierto sentido, hay algo de crítica hacia la hipocresía de la sociedad victoriana en esta descripción tan poco generosa de uno de sus más significativos elementos (la institutriz); James parece sacar a la luz todos los tabués y plasmarlos en "Otra vuelta de tuerca". La realidad es así y no puede evitarse. La señorita Jessel, amante de Quint, sería la imagen soñada de la institutriz pero viciada por su obtusa y represora imaginación que parece rebelarse ante sus lascivos pensamientos.

James respeta, hasta cierto punto, las tres claves del cuento de fantasmas tradicional: humorismo, brevedad y realismo. "Otra vuelta de tuerca" es breve si se la compara con todos los títulos salidos del periodo gótico, y se ajusta perfectamente a la extensión media de algunos relatos coetáneos. El elenco de personajes también es reducido: demos crédito o no a la narradora, contabilizamos sólo a siete actores de esta función. El humorismo persiste en esa introducción que es artificio para iniciar la historia, una velada burguesa en la que se intercambian cuentos de miedo. El tono pretende ser informal, aunque ya se avise de su contenido truculento; nobleza obliga: se está preparando al lector para lo que le espera, entroncando, elegantemente, con el realismo, esto es, dejándole claro que lo que se va a relatar podía haberle pasado en cualquier situación (se cumple así una máxima que el propio autor sostuviera con ahínco: "lo extraordinario, lo es mucho más si nos ocurre a uno de nosotros, a usted o a mí".

¿Existen, entonces, los fantasmas? Tras "Otra vuelta de tuerca" podría decirse que sí. Aunque, claro, la primera y última palabra la debería tener el lector, tal y como lo hubiese querido Henry James.

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