Hasta ahora la película que menos me ha gustado de las que llevo vistas en la presente edición del Festival de Cine de Gijón. Extraña, críptica, onírica... asquerosa. La premisa argumental prometía algo mejor: un chico de tendencias sociópatas, que se pasa todo el día encerrado en su habitación, con la persiana bajada, que sólo viste de negro y que escucha una música rarísima, tiene un padre que se dedica a rodar películas porno caseras e intenta animar a su hijo para que le eche un vistazo al rodaje de su actual producción. Como no lo consigue, convence a la actriz de la peli para que vaya a verle y le inicie sexualmente. A partir de ahí la película degenera en una cadena de despropósitos visuales y argumentales cuyo clímax incluye al actor porno vomitándole a la chica directamente en la boca. Creedme si os digo que a mi también me entraron ganas de vomitar.
Sólo se salvan un par de momentos ligeramente cómicos, como la conversación entre el chico y la actriz ,o cuando el chaval le comenta a su padre que ha llegado a la conclusión de que es gay (el padre, no él). No pienso ver ninguna peli más de Lukas Modisson en mi vida.
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