Replicación de los virus de clase I
Replicación de los virus de clase I

En plena pandemia desatada por el COVID-19, el interés por los virus y el conocimiento acerca de ellos se presupone entre la ciudadanía, y es cuestión de supervivencia para mucha gente en situación de vulnerabilidad, o con familiares en esa situación. A finales de enero, cuando pedí para reseña “Virus”, la guía ilustrada de la profesora Marilyn J. Roossinck, admirablemente traducida en España por Pedro Pacheco y publicada en 2020 por Akal, todavía no imaginaba el alcance exacto de esta pandemia, y mi curiosidad natural guio la petición a la editorial. La vida y sus casualidades a veces te sorprenden… Huelga decir que este libro, publicado originalmente en inglés durante 2016 no incluye esta pandemia, pero sí otros coronavirus que pasaron de otros animales a los humanos, y que por suerte pudieron ser mejor contenidos cerca de sus focos originarios de propagación. Y lo que es más importante este libro, nos ayuda a entender contra qué clase de enemigo estamos luchando, y a comprender que esta pandemia puede ser un juego de niños comparado con otras que están por venir.

Sin embargo, pese a su mala prensa entre los humanos, los virus no son esencialmente perniciosos. Los hay letales, otros que causan molestias a las distintas formas de vida en la Tierra, pero también otros que nos resultan beneficiosos, y otros que son esenciales para el mantenimiento de la vida en nuestro planeta. El Fago de Synechococcus Syn5, del orden de los Caudovirales, vive en los océanos del mundo, su hospedador es la cianobacteria Synechococcus y es fundamental para el equilibrio de la vida en nuestro planeta. Las cianobacterias –bacterias fotosintéticas- son los organismos más abundantes de la Tierra, básicas para el control de la generación de oxígeno y para el ciclo de otros componentes entre la atmósfera y los sistemas terrestres. En los océanos se genera la mayor parte del oxígeno que respiramos, y la cianobacteria más abundante es Synechococcus. Gran parte de su rotación se debe a este virus, el Fago de Synechococcus Syn5, que mata a entre un 20 y un 50% de estas bacterias cada día. Sin esta rotación de cianobacterias, los océanos serían una enorme sopa bacteriana en la que no sobreviviría nada más. Aunque el fago mata a su hospedador, juega un papel fundamental en el equilibrio de la vida terrestre.

Los virus son increíblemente abundantes en el océano, (hay unos 10 millones de partículas víricas en cada mililitro de agua de mar, entre otras cosas), y estos no sólo matan cianobacterias, sino también fitoplancton, algo fundamental para el mantenimiento del equilibrio de carbono en los océanos. Cuando los virus matan estos microbios, estos se rompen completamente (lisis). Si no fuera así, estos microbios se hundirían hasta el fondo cuando mueren, y sus nutrientes no estarían disponibles para otras formas de vida. Los océanos se convertirían rápidamente en aguas muertas. La lisis permite que los restos de las bacterias queden disueltos en las capas superiores del océano y puedan ser ingeridas por otras formas de vida. Aunque nos falta mucho conocimiento sobre los virus, tenemos claro que no sobreviviríamos sin ellos.

“Virus”, de Marilyn J. Roossinck nos ofrece una interesante y completa introducción sobre qué son los virus en general, y nos ofrece una lista de 101 virus humanos, de animales vertebrados, vegetales, que afectan a animales invertebrados, a hongos y protistas, y a bacterias y arqueas. Es decir, un repaso al detalle de los virus más complejos a los más simples, en un camino durante el cual aprenderemos mucho no sólo de su historia evolutiva, sino también la de la vida en nuestro planeta. La cantidad de información apabulla y maravilla, y las ilustraciones y la calidad del papel son excepcionales, un detalle sólo empañado por una letra pequeña que nos obliga a descansar el ojo de vez en cuando. Pero es precisamente ese tipo de letra el que permite entender procesos y diagramas con un simple vistazo. Es este un pequeño inconveniente que tiene sus ventajas, una pega menor en la que por otra parte es una edición cuidada, fácil de asir y de conservar, merced al gran gramaje de su papel y a la fuerte tapa dura.

¿Qué son los virus?

Portada de Virus, de Marilyn J. RoossinckLos virus no pueden vivir sin sus hospedadores –como hemos visto infectan a todas las formas de vida-, no pueden generar energía por sí solos, lo que lleva a algunos a dudar sobre si realmente son organismos vivos. Muchos de ellos presentan estructuras geométricas precisas, formadas a partir de unidades repetidas de proteínas con las que construyen sus cubiertas. Sus estructuras varían según la forma que tienen de penetrar en los cuerpos de sus hospedadores. Los virólogos llevan más de un siglo intentando encontrar una definición perfecta de lo que es un virus, pero cada vez que una se asienta, se descubre un virus nuevo que no encaja en ella, por lo que hay que volver a cambiarla.

En general, un virus es un agente infeccioso que no es una célula, que está compuesto por material genético en forma de una molécula de ácido nucleico (ADN, o su primo el ARN) y generalmente recubierto con una envoltura proteica, capaz de dirigir su propia reproducción y propagación utilizando la maquinaria del interior de la célula del hospedador invadido por él. Los virus más pequeños miden unos 17 nanómetros (nm) de longitud –un nanómetro es una millonésima parte de un milímetro-, y los más grandes descubiertos miden unos 1.500 nm, un tamaño casi comparable al de algunas bacterias muy pequeñas.

Hubo un tiempo en el que se pensaba que todos los virus ocasionaban enfermedades… hoy se sabe que la mayoría de ellos no las provocan. De hecho, muchos de ellos han llegado a un equilibrio con sus hospedadores y son básicos para su ciclo vital. Y como hemos comentado antes, son básicos para la vida en la Tierra tal y como lo conocemos. Sin embargo, hay virus muy llamativos que infectan a la población humana o a las formas de vida con las que esta se nutre, y llevamos mucho tiempo luchando contra ellos.

La invención de la vacunación a finales del siglo XVIII provocó grandes cambios en el tratamiento de las enfermedades infecciosas. La viruela, que mató o desfiguró a millones de personas, era tan sólo una de las diversas enfermedades que asolaban a los humanos en aquella época. El médico rural inglés Edward Jenner se percató de que ciertas personas eran resistentes a ella, especialmente las ordeñadoras que habían contraído previamente la viruela bovina –bastante más leve- a partir de las vacas que ordeñaban. Jenner pensó que la viruela bovina podría proteger contra la humana, y que inyectando extractos de las pústulas que formaba podría conferirles la misma inmunidad que tenían las ordeñadoras. De hecho, la palabra “vacuna” proviene precisamente de “vaccinia”, derivada de la palabra en latín utilizada para describir a una vaca. Jenner publicó su trabajo en 1798, pero no sabía que la viruela estaba provocada por un virus. Esta vacuna tuvo éxito, y propició la creación de otras, antes de que se conociera la existencia de los mismos virus que provocan y transmiten estas enfermedades. Louis Pasteur utilizó una versión muerta por calor del agente infeccioso que provoca la rabia para producir una vacuna, por ejemplo. En aquel tiempo se conocían las bacterias, pero Pasteur se dio cuenta de que el agente que provocaba la rabia era más pequeño, aunque ignoraba su auténtica naturaleza. En 1898 el científico holandés Martinus Beijerinck demostró que una enfermedad de las plantas del tabaco, que provocaba en ellas una apariencia de mosaico, se podía transmitir de planta a planta mediante los jugos que había hecho pasar a través de un filtro de porcelana tan fino que podía impedir el paso de bacterias. Concluyó que esa enfermedad era debida a un nuevo agente infeccioso, mucho más pequeño que las bacterias. Lo llamó “contagium vivum fluidum”, que significa “fluido viviente contagioso”; más adelante utilizó la palabra “virus”, que en latín significa “veneno”. Ese descubrimiento inició un nuevo campo de la medicina, con una serie de descubrimientos similares en cascada que nos llevó a tener otra percepción de las infecciones y en procesos como el cáncer.

Marilyn J. Roossinck
Marilyn J. Roossinck, durante una conferencia en VEGA

En 1915 Frederick Twort descubrió que también las bacterias pueden verse infectadas por los virus, mientras intentaba encontrar un método para cultivar el virus de la viruela bovina. Pensó que las bacterias podían proporcionar algo esencial para que el virus creciera. Hizo crecer las bacterias en placas de Petri, y en algunos de sus cultivos encontró pequeñas zonas que habían clareado, donde ninguna bacteria había sobrevivido. Algo las estaba matando. Twort también demostró que ese agente podía traspasar filtros muy finos de porcelana y matar cultivos de bacterias. Al mismo tiempo, el francocanadiense Félix d’Herelle informó del descubrimiento de un “microbio” que podía matar a la bacteria que causaba la disentería, y lo llamó “bacteriófago”, es decir, “devorador de bacterias”. Se creyó que los virus podrían convertirse en una solución para el tratamiento médico de enfermedades bacterianas, pero esta terapia quedó eclipsada por el descubrimiento de los antibióticos. Sin embargo, en la actualidad, con el enorme peligro que suponen las bacterias resistentes a los antibióticos, los virus bacteriófagos están emergiendo como una posible forma de luchar contra estas superbacterias.

La virología es un campo apasionante en el que aún queda mucho por descubrir. Apenas se ha rascado la superficie de la amplia variedad de virus que habitan en el mundo, y sólo se han estudiado aquellos que influyen de forma directa en nuestra existencia, para mal o para bien. Pero, ¿están vivos los virus? ¿Cómo funcionan? Algunos virólogos opinan que los virus sólo están vivos cuando infectan una célula, y que cuando están en el exterior como partícula encapsulada (o virión) están latentes. Otros opinan que, puesto que no pueden producir su propia energía o reproducirse sin parasitar otras células, no están estrictamente vivos.

Desde la década de 1970 se ha creído que la vida se dividía en tres dominios: bacterias, arqueas y eucariotas. Las bacterias y las arqueas constituyen un reino, y los eucariotas se dividen entre varios: los animales, las plantas, los hongos y las algas. Las bacterias y arqueas son organismos unicelulares que no tienen núcleo y estarían cerca de las raíces del reino de la vida. Las células eucariotas son de mayor tamaño y tienen un núcleo diferenciado, en el que reside y se replica el material genético.

Pero, ¿en qué parte de este árbol puede clasificarse a los virus? Con los descubrimientos recientes sobre virus gigantes, algunos científicos proponen que los virus deberían ser considerados como un dominio de la vida por sí mismos. Sin embargo, los virus pueden infectar a todas las formas de vida, los genes víricos están por todas partes de ese árbol, integrados en los genomas de todos los organismos, así que más que constituir un dominio separado, están dispersos por todo el árbol de la vida. Se calcula que un 8% del genoma humano procede de los retrovirus. Y éso tomando en cuenta las secuencias conocidas. Ahí es nada.

Ficha del virus chikunguña¿Cómo se replican los virus?

David Baltimore fue premio Nobel en 1975 compartido con Howard Temin y Max Delbruck por su trabajo sobre los retrovirus y el descubrimiento de la transcriptasa inversa, la enzima que puede sintetizar ADN a partir de ARN. Desarrolló un sistema de clasificación de los virus basado en cómo fabrican ARN “mensajero” (ARNm). La información genética contenida en el ADN se transcribe en esta forma de ARN, el cual transporta el mensaje genético desde el núcleo hasta el lugar donde se halla la maquinaria que traduce esta información en proteínas. El ADN bicatenario es el material genético de todas las formas de vida celular. Los virus, en cambio, no son tan estrictos respecto a su material genético, y el esquema de Baltimore es un intento de catalogar esta característica de los virus. Algunos virólogos piensan que esta diversidad predominaba cuando la vida pareció por primera vez, y que las diversas formas mediante las que los virus utilizan los ácidos nucleicos son una especie de reliquia de la vida precelular.

El genoma es el conjunto de toda la información genética utilizada para fabricar las proteínas necesarias para la vida. En todos los organismos celulares, el genoma está compuesto por la icónica doble hélice, dos cadenas de ADN enrolladas entre sí. Cada una está compuesta por una cadena de moléculas de azúcar unidas entre sí con grupos fosfato (disposición de átomos de fósforo y oxígeno). En el ADN, el azúcar es la desoxirribosa (la D de las siglas del ácido desoxirribonucleico); en el ARN este azúcar es la ribosa (la R). Cada cadena está compuesta por cuatro sustancias diferentes llamadas bases, unidas a la desoxirribosa o a la ribosa y dispuestas en un orden muy concreto, que contiene la información. ADN y ARN son muy parecidos en su estructura. El ADN no puede dirigir la síntesis de proteínas, por lo que utiliza un ARN mensajero como intermediario. El ARN mensajero es monocatenario y su secuencia de nucleótidos sigue el mismo orden que una de las cadenas de ADN. Los virus que utilizan ARN en su genoma pueden ser bicatenarios o monocatenarios, y estos últimos se clasifican según su sentido como positivos (+) o negativos (-), según si el genoma es una cadena codificante o no. Los virus utilizan todas las posibilidades disponibles, incluso algunos tienen los dos sentidos.

Además de diferenciarse en el tipo de genoma que tienen, los virus también lo hacen en la forma en que se organiza este genoma. Puede estar dividido en segmentos, que pueden ser circulares o lineales, cada uno con su propia estrategia de replicación. Algunos copian su ADN utilizando una enzima llamada ADN polimerasa que toman prestada de sus hospedadores, o fabrican algunas de las propias proteínas necesarias para su replicación. Unos se replican en el núcleo de la célula hospedadora. Algunos virus obligan a las células del hospedador infectadas a dividirse, cuando de otra forma no lo harían por su ciclo vital, para hacer mejor uso del ADN polimerasa de la célula, lo que puede conducir a la aparición de un cáncer por la división celular incontrolada.

Ficha del coronavirus relacionado con el SRASLos virus crean cientos de copias de su genoma a la vez para replicarse. Algunos pueden fabricar cientos de miles de millones de copias de sí mismos en un solo ciclo de infección. Después de copiar sus genomas, los virus se empaquetan para invadir nuevas células en el mismo organismo o nuevos hospedadores. El empaquetamiento protege el genoma vírico y le proporciona una forma de entrada en las nuevas células. Los virus utilizan muchas estrategias de empaquetamiento. Hay muy pocos virus que carezcan de él, y estos rara vez de una célula a otra de un hospedador o a otro. Como mucho se propagan cuando la célula se divide, y de esta forma pasan de la descendencia del hospedador, mediante semillas o esporas. Sólo se han encontrado virus de este tipo en plantas, hongos y en oomicetos (mohos acuáticos). Los virus sencillos y pequeños crean su envoltura a partir de unidades repetidas de un solo tipo de proteína, que ensamblan creando hermosas estructuras geométricas. Los virus complejos pueden utilizar varios tipos de proteínas diferentes. Las envolturas de los virus que afectan a animales tienen proteínas en su superficie que las sirven de ayuda para unirse y entrar en las células hospedadoras. Los virus que afectan a plantas no suelen tener esas proteínas, ya que las grandes paredes celulares vegetales son mucho más difíciles de atravesar. Los insectos que se alimentan de estas plantas cumplen esa función por los virus. Al alimentarse de las plantas, los virus, que previamente han infectado a los insectos, se precipitan hacia la célula vegetal cuando los insectos la perforan.

Transmisión vírica

Los virus utilizan toda una variedad de métodos de transmisión para pasar de un hospedador a otro. Existen dos tipos principales: horizontal –de un hospedador individual a otro- y vertical –de los progenitores a la descendencia-. Los virus mejor estudiados son los que se transmiten de forma horizontal o de ambas maneras. Los virus que provocan enfermedades se transmiten en su mayoría de forma horizontal. En cambio, la mayoría de los virus de las plantas silvestres se transmiten verticalmente, a través de las semillas. No ocurre lo mismo con las plantas de cultivo.

La transmisión horizontal se produce cuando un nuevo hospedador respira las partículas víricas que flotan en el aire o entra en contacto con gotitas cargadas de virus que se hallan pegadas a algunas superficies. Así es como los virus del resfriado o de la gripe pasan de hospedador a hospedador. Los virus también pueden propagarse a través del contacto corporal directo. Algunos incluso dependen del contacto sexual directo. Muchos virus utilizan un hospedador o vector intermedio para transmitirse, generalmente un insecto como el mosquito o un arácnido como la garrapata. Los virus que afectan a plantas generalmente se transmiten mediante vectores, habitualmente insectos, pero también hongos, nemátodos –gusanos redondos o cilíndricos del suelo- plantas parásitas, maquinaria agrícola o incluso humanos. Las mismas plantas pueden ser también vectores de transmisión.

Comprender el papel que juegan estos vectores es básico para desentrañar cómo se transmite un virus y encontrar la forma de detenerlo. Y por supuesto, estos vectores pueden cambiar durante una epidemia o pandemia. Un ejemplo perfecto es el virus chikunguña. Se describió por primera vez en Tanzania en 1952. Se transmitía a través de la misma especie de mosquito que propaga el dengue y la fiebre amarilla, y sólo corrían el riesgo de ser infectadas las personas de una zona muy concreta de África. Ahora ha evolucionado de tal manera que puede transmitir mediante una especie muy cercana, el mosquito tigre asiático, que se ha propagado desde Asia a Europa y América, llevándose con él el virus del chikunguña.

Ficha del ébolaLos virus mantienen una relación muy cercana con sus hospedadores, ya que dependen por completo de sus células para todas y cada una de las fases de sus ciclos vitales. Aunque algunos causan perjuicios evidentes, se cree que la mayoría de los virus son “comensales”, es decir, obtienen lo que necesitan de sus hospedadores sin causarles ningún daño. Algunos virus mantienen una relación mutualista con sus hospedadores, aportándoles beneficios sin los cuales no podrían vivir, al tiempo que se benefician de ellos. Provocar una enfermedad es algo molesto para virus y hospedador. Puede que el virus no pueda replicarse tan bien en un hospedador enfermo que en uno sano, y si está enfermo es menos probable que se junte con otros potenciales hospedadores. Lo estamos viendo de forma muy directa con el confinamiento que padecemos estos días. El hecho de que un hospedador muera o sufra una grave enfermedad es un signo claro de que la relación que mantiene con el virus todavía se halla en sus inicios, sin que hayan tenido la oportunidad de adaptarse el uno al otro. El VIH-1 (el virus que causa el SIDA) hace que las personas enfermen porque sólo recientemente ha empezado a infectarlas. Saltó de los chimpancés a los humanos. En chimpancés no provoca enfermedad alguna, porque ambos organismos están adaptados el uno al otro.

Algunos virus saltan mucho de hospedador a hospedador. El virus de la gripe es un ejemplo. Sus hospedadores naturales son las aves acuáticas, a las que no provoca ninguna enfermedad, pero cuando pasa a los animales domésticos o a los humanos puede ser mortal. El poliovirus no tiene más hospedadores que los humanos, y lleva infectándonos desde hace siglos. Podríamos pensar que los humanos deberían ser inmunes a él por naturaleza, como lo son las aves acuáticas al virus de la gripe, y de hecho, así era hasta el siglo XX. Hasta entonces, la mayoría de personas se contagiaban del poliovirus siendo bebés, raramente mostraban signos de enfermedad y eran inmunes a posteriores contagios. Los poliovirus están presentes en el agua potable; cuando los suministros de agua potable se trataron de forma generalizada con cloro, los bebés ya no estuvieron expuestos a un contagio por la presencia del virus. Cuando pasados los años se veían expuestos a él, no poseían la inmunidad de la que sí gozaban sus antepasados, por lo que sufrían todos los síntomas y sus terribles consecuencias.

Inmunidad ante los virus

Toda forma de vida celular posee alguna clase de sistema inmunitario para evitar se infectada por virus o para promover su recuperación si esa infección tiene lugar. Básicamente hay dos tipos de inmunidad, innata o adquirida.

Prácticamente todos los seres poseen alguna clase de inmunidad innata en los mecanismos de protección de sus sistemas inmunitarios. La inmunidad adquirida es bastante más sofisticada. El cuerpo recuerda una infección para así poder reaccionar ante su aparición de forma inmediata en caso de que reaparezca. La vacunación se basa en este principio. Los seres humanos y muchos animales desarrollaron una inmunidad adquirida, ya que poseen bacterias y arqueas. Las plantas poseen una forma de inmunidad adquirida, pero funciona de forma distinta a la de los animales.

Los mecanismos de la inmunidad adquirida pueden ser barreras físicas para impedir la entrada del virus piel, membranas mucosas, lágrimas, ácido y enzimas digestivas…) Cuando esas barreras fallan, entra en juego una inmunidad innata, bastante más compleja. Los centinelas químicos responden a la infección desencadenando una respuesta llamada inflamación. La sangre fluye a la zona infectada –la piel cercana a una zona infectada se enrojece por esta razón-. Los glóbulos blancos llamados macrófagos circulan por la sangre para engullir y digerir los cuerpos extraños. La temperatura corporal puede subir rápidamente, de forma local o en todo el cuerpo (fiebre). Esta última es una defensa eficaz contra los virus, ya que muchos no pueden tolerar una variación amplia de temperaturas, y no se pueden replicar en ambientes muy cálidos.

Inmunidad ante los virusMuchas formas de vida poseen un sistema de inmunidad adaptativa o adquirida, cuya misión es atacar a patógenos invasores muy específicos. En los humanos y otros vertebrados el desarrollo implica un proceso elaborado por el que el sistema inmunitario adaptativo aprende a reconocer lo propio –es decir, los componentes normales del organismo vivo- y aprende a eliminarlos de la lista de enemigos potenciales. Cualquier otro componente que entre a posteriori en el organismo será reconocido como ajeno y se fabricarán anticuerpos específicos que atacarán a los intrusos y los destruirán. Este sistema inmunitario adaptativo puede recordar a estos intrusos durante períodos distintos, desde un año a toda la vida. Este sistema puede funcionar muy bien, pero también los virus han evolucionado para adoptar estrategias con el fin de burlarlo. Pueden esconderse en el interior de las células y replicarse de forma tan lenta que el hospedador ni se percata de su presencia. Pueden imitar a las células hospedadoras para no ser reconocidas como invasoras o atacar a las células del sistema inmunitario para hacer caer sus defensas.

Las plantas poseen sistemas de inmunidad diferentes, que son específicos para cada virus y cada planta hospedadora. Algunos virus desencadenan una respuesta en las plantas que los mantiene en la célula infectada originalmente y evita así que pasen a otros tejidos. Se producen manchas amarillas alrededor del lugar inicial en el que se ha producido la infección. A veces las células infectadas mueren, dejando así manchas de tejido muerto. Algunas plantas desarrollan una respuesta innata que también afecta a otros patógenos, además del invasor, y así la planta se prepara para esos ataques. Este proceso implica la síntesis del ácido salicílico, la molécula que se encuentra en gran cantidad en la corteza del sauce, y que era utilizada por los nativos americanos para bajar la fiebre y tratar el dolor. A fines del siglo XIX, científicos de Bayer desarrollaron una forma sintética que conocemos como aspirina.

La primera vez que se demostró la existencia de la inmunidad antiviral adaptativa en plantas fue a principios de la década de 1930. La inoculación de una cepa leve de un virus en algunas plantas podía protegerlas contra la infección de una cepa más severa del mismo virus. En la década de 1990 se descubrió que las plantas poseen una respuesta inmune adaptativa conocida como “silenciamiento mediado por ARN”. Cuando un virus infecta a una planta, a menudo genera moléculas grandes de ARN bicatenario. Esta forma única de ácido nucleico desencadena un mecanismo en la planta que corta estas moléculas grandes en trozos muy pequeños que posteriormente se unen al ARN vírico para que sea degradado. Parece ser que las plantas no aplican en este sistema ninguna clase de memoria, y por supuesto los virus han desarrollado toda una serie de trucos para engañarlas. Algunos fabrican proteínas que bloquean varios componentes del mecanismo de silenciamiento medidado por ARN, otros esconden su ARN bicatenario… Se han encontrado versiones de ese sistema defensivo de las plantas en hongos, insectos y en algunos animales como los nemátodos, que también poseen una inmunidad innata.

Ficha del rinovirus humano A“Virus”, un libro imprescindible y de una gran belleza

Este ensayo de Marilyn J. Roossinck nos permite conocer los entresijos básicos de los virus y su influencia en la vida terrestre a nivel general, pero su principal valor reside en las fichas detalladas de los diferentes virus elegidos para la ocasión, con su clasificación, historia, zonas de afectación, estructura, micrografías electrónicas reales a todo color… Estamos ante un volumen repleto de información explicada de forma accesible y rigurosa, amplia en contenido visual, que sirve como iniciación y consulta, al que podremos acudir cuando nos interese informarnos sobre un virus –o familia de ellos- en concreto.

En este imprescindible libro podemos conocer íntimamente al chikunguña, al virus del dengue, del ébola, la hepatitis C, el adenovirus humano 2, el virus herpes simple humano 1, el virus de la inmunodeficiencia humana, el virus del papiloma humano 16, el rinovirus humano A, el de la Gripe A, el virus JC, el virus del sarampión, el de las paperas, el Norwalk, el poliovirus, el rotavirus A, el coronavirus relacionado con el SRAS, el varicela-zóster, el variola, el virus del Nilo occidental, el de la fiebre amarilla, el virus del Zika, el Virus sin Nombre, el virus Torque Teno, el de la peste porcina africana, el virus de la lengua azul, el virus de la enfermedad de Borna, el parvovirus canino, el de la fiebre aftosa, el virus de la rana 3, el mixoma, el circovirus porcino, el virus de la rabia, el de la peste bovina, el simio 40, el virus de la leucemia felina, el virus del mosaico de la mandioca africana, el virus del mosaico de la coliflor… y así hasta 101 virus. El volumen viene acompañado de un glosario, un índice y más recursos, en forma de otras lecturas o enlaces de internet. Muy recomendable.

Marilyn J. Roossinck es profesora de Ecología de los virus en el Departamento de Patología de las Plantas y Microbiología Ambiental de la Universidad del Estado de Pensilvania.

Marilyn Roossinck ha estudiado la ecología y la evolución de los virus desde fines de los años ochenta. Formada como viróloga molecular, utiliza los virus de ARN –las entidades que evolucionan más rápidamente en la tierra– para comprender los conceptos básicos de la evolución, incluida la simbiogénesis como la principal fuerza impulsora de los virus. Combinando el trabajo experimental y el trabajo de campo/descubrimiento de virus, posee una amplia perspectiva sobre cómo las interacciones de los virus en sus anfitriones influyen en el medio ambiente.

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