En la era de “la posverdad”, las ideas vienen y van a la velocidad de la luz. Intentar entender a un suceso, un hecho o un acontecimiento resulta hoy casi imposible, porque las interpretaciones nos aparecerán tan fugaces, variadas y llamativas como cientos de rayos de luz golpeando a un tiempo a nuestra mirada. Una situación imposible para las mentes que quieran contemplar, discernir y aclarar la realidad. La templanza y el análisis crítico se vuelven prácticamente imposibles cuando todo sucede a tal ritmo vertiginoso: cuando apenas hay distancia entre el suceso, sus hechos, su interpretación y la conclusión a que tal interpretación conduce. El sesgo cognitivo es hoy El-Rey del análisis social.

La Historia supone, ante esta tendencia aceleracionista, un freno de emergencia imprescindible ante el síntoma del desbocamiento de las cosas. Una forma de pararse, mirar atrás, reexaminar lo vivido, y revisar las conclusiones en busca, quizás, de nuevos enfoques.

En un tiempo con tanto cambio como éste, además. Cuando la palabra “revolución” parece haberse desgajado de su sentido tradicional para tomar otro, bastante más banal, aplicado sin ton ni son a cada cambio o transformación, por liviana que sea e intrascendental que resulte. Es imprescindible y loable todo intento de volver la vista atrás y recuperar, con el peso de los hechos, la gravedad del concepto; aplicado a la transformación profunda de las estructuras institucionales formales y sociales informales de poder desde las que se articula y coordina a la comunidad política. Un objetivo de altura que está en el centro de esta obra monumental de Neil Davidson (Escocia, Reino Unido, 1957) titulada ‘Transformar el mundo. Revoluciones burguesas y revolución social’ (Pasado & Presente, 2013).

El repaso a la idea de “revolución” es profundo tanto en lo longitudinal, recorriendo en el tiempo su historia desde sus remotas raíces en el s. XV hasta sus últimas manifestaciones en el marco de las democracias liberales (siglos XX y XXI), como en lo transversal, introduciéndose a fondo en cada contexto temporal y extrayendo de él una riqueza de detalles y conclusiones enriquecedoras de cara al análisis final del ensayo. Un esfuerzo ímprobo que convierte a esta obra en una pieza de orfebrería perfectamente engarzada, pues permite, al tiempo, tanto una lectura global como una lectura independiente de sus distintas partes. Una lectura posible, pero no deseable desde la opinión de quién esto escribe, porque son muchas las ideas relevantes que nos ofrece Davidson prácticamente en cada página de este extraordinario libro, y que uno se perdería irremisiblemente si se decide a leerlo por piezas.

La principal idea del libro, a la hora de analizar el concepto de “revolución”, es su asociación con la idea de cambio profundo, trascendental, decisivo para el presente y el futuro de la comunidad política. La actual asociación de “revolución” con la idea general de “cambio”, cual sea y donde sea, hoy en día utilizada tantas veces como sinónimo perfecto, resulta ser una deturpación corruptora; por cuando amplía su sentido hasta el punto de convertirlo en casi irrelevante. Es más, por cuando un cambio “revolucionario” lo es para el conjunto de la comunidad política y sobre las bases de su organización y su gobierno, este concepto se circunscribe a la historia de la política, de la historia de los grupos de poder, de las ideologías.

Otro aspecto interesante, que sigue delimitando y precisando todavía más al concepto, es su vinculación con la “desobediencia” al poder establecido, o si se prefiere, con la “oposición” a un poder institucionalizado, asentado sobre las bases del gobierno formal del grupo o de la comunidad política. Esta desobediencia u oposición resulta ser una forma de “violencia” que, independientemente de su materialización o no, y de su expansión mayor o menor, siempre ha sido capaz de manifestar una debilidad y de generar una inestabilidad en estas estructuras de poder. Inestabilidad que a veces ha llegado a convertirse en un cambio, y a veces no, pero que no por ello ha sido menos real o verdadera.

A partir de aquí es cuando cobra sentido la distinción que Davidson hace en el subtítulo de su ensayo entre “revolución social” y “revolución burguesa”; limitando temporalmente el concepto a las realidades sociopolíticas acaecidas desde finales del s. XVIII en adelante. Ambas son revoluciones, pero no son la misma revolución: todas las revoluciones liberales son revoluciones sociales, pero no todas las revoluciones sociales son revoluciones liberales.

Para diferenciarlas se vuelve relevante el comprender la organización de la comunidad política: ya no solo se trata de observar qué ocurre y cómo sucede, sino de ver también quién lo promueve y con qué objetivos e intenciones. En este punto, entran en el análisis como relevantes los conceptos clave relativos a la organización de la comunidad política, y por supuesto también sus modelos alternativos, opositores y/o antagonistas: capitalismo vs comunismo vs democracia, libertad vs igualdad vs fraternidad, derecha vs izquierda, conservadores vs liberales vs socialistas vs comunistas, y así podríamos seguir.

Otra clave de interpretación es la dirección en que la revolución tiene lugar. Acabamos de hablar de los conceptos clave que determinan a la organización de la comunidad política. Pero estos conceptos están representados o son defendidos o articulados ideológicamente desde grupos sociales que, en la estructura de la comunidad política, ocupan un lugar, tienen a su disposición un conjunto de recursos (materiales e inmateriales) y, por tanto, con relación a su posición y recursos accesibles, poseen también unas determinadas probabilidades de actuar y de conseguir “X” resultados cuando las revoluciones se ponen en marcha.

No es lo mismo una revolución promovida desde las clases populares desfavorecidas (escasas en recursos) que desde los mandos militares (al mando de los cuarteles), ni desde las clases intelectuales (constructoras de discurso político) que desde las élites económico-empresariales (promotoras de los medios de discurso político). Es previsible que lo que empieza de forma desigual, termine también de forma distinta.

Ergo, no solo importa el qué y el cómo, sino también el quién y el para qué.

Aquí la lectura de Davidson se convierte en clave para entender a qué nos estamos refiriendo, en concreto, cuando hablamos de una “revolución burguesa”; y seguimos entonces precisando todavía más el concepto. La ideología burguesa triunfante ha promovido interesadamente, y conseguido imponer, la confusión alrededor de sus objetivos e intenciones cuando una “revolución burguesa” ha tenido lugar. Muchos creen que realidades como la democracia, el estado de derecho o el estado del bienestar provienen de una “revolución burguesa”.

Este magnífico ensayo de Davidson se encarga de desmontar paso a paso estas falsas creencias, poniendo en contexto a la clase burguesa, explicando sus ideas, recuperando sus discursos y mostrándonos cómo sus intereses e intenciones ha estado más vinculado con su propio poder de clase que con los loables ideales a los que suele querer (falsamente) asociarse. Hasta el punto, incluso, de dedicar una parte completa de libro (“Revisiones, reconstrucciones, alternativas”) a tratar cómo la burguesía ha manipulado a posteriori el relato revolucionario en favor de lo que más le convenía según el momento y el lugar. Una capacidad de transformismo que sus rivales parecen haber perdido, según fueron perdiendo también capacidad de control o acceso a los medios de comunicación y a las redes fundamentales de poder (económico, cultural…).

En conjunto, ‘Transformar el mundo. Revoluciones burguesas y revolución social’ (Pasado & Presente, 2013) acaba por ser muchas cosas a un tiempo. Un análisis social de las luchas sociales desarrolladas en Occidente desde el s. XVIII hasta nuestros días. Un estudio sobre la “revolución social” como concepto, y sobre la especificidad de la “revolución burguesa” como tipo específico. Un ensayo sobre la mitología burguesa y sobre cómo ha ido redefiniendo interesadamente su discurso según conveniencia. Etcétera. Un ensayo poliédrico, rico en matices, con distintas lecturas transversales, que lo convierten en un libro de referencia capaz de destilar con sus páginas un claro aroma a clásico contemporáneo que nadie debería dejar de leer.

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