Un trabajo monumental al que se le han dedicado más de dos décadas de tiempo e ingente esfuerzo. Más de mil setecientas páginas en las que se desgrana individualmente, desde un punto de vista tanto extratextual como intratextual, y tras una introducción analítica general del autor y su obra, cada uno de los 212 sonetos que componen el trabajo poético seguro y atribuido de uno de los principales vates del Siglo de Oro español: Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 1561-1627).

Un trabajo analítico y de edición inconmensurable a cargo del profesor de la Universidad de León, Juan Matas Caballero, experto en la literatura castellana del s. XV, y buen conocedor, por tanto, del tiempo y la circunstancia que rodeó al protagonista de esta obra. Hasta el punto de convertir este volumen ya, sin duda, por rigor y extensión, en un título de consulta referencial para cualquier persona curiosa del autor o de su época.

A ello contribuye el intenso recorrido que se realiza por los distintos análisis que sobre cualquier soneto se realizara. Desde los más remotos a los más actuales. Ampliándonos así las interpretaciones y las perspectivas desde las que se han podido leer cada uno de ellos. Esto permite a la persona lectora acceder a un análisis formativo: pues observa cómo, a lo largo del tiempo, van apareciendo nuevas y distintas visiones, las cuales, superpuestas todas, se disponen como un lienzo a aportarnos informaciones complementarias que enriquecen la comprensión del texto.

Este análisis también nos desvela las costumbres de estilo y manera típicamente gongorina, algunas de ellas propias también de su época. Con esto último, nos referimos a la imitatio poética o la costumbre de los poetas de aquel tiempo de inspirarse en poemas de otros para desarrollar los suyos propios. El vate cordobés opta por los modelos latinos y los modelos italianos y castellanos influyentes en los poetas de su tiempo, siendo Francesco Petrarca y Garcilaso de la Vega aquellos por él más estimados; especialmente en las piezas de sus primeros años y tiempos de juventud.

Sonetos - Luis de GóngoraEntre aquellos ya estrictamente gongorinos, en su época le valieron chanzas y sátiras su tendencia a utilizar cultismos, recuperando significados antiguos en nuevos usos o usando vino viejo en odres nuevos. Tampoco eran del gusto de otros colegas, y especialmente de Lope de Vega (a él le dedica su célebre “A la Arcadia, de Lope de Vega Carpio”, 1598), su uso repetido de tópicos literarios que, a la vez que le hacían reconocible y aportaba a su verso un carácter personal distinguible, también parecían hacerlo repetitivo y poco creativo. Una característica que, en tiempos contemporáneos, cuando suenan remotos los ecos de aquellas polémicas literarias, se valora positivamente por la capacidad de Góngora para transformar estos tópicos a las necesidades rítmicas y estilísticas de cada soneto.

Desde otro punto de vista, los sonetos nos sirven para recorrer con perspectiva la vida y la obra de su autor. El análisis temático de las piezas y la época de su vida en la que se elaboraron, en su mayoría conocidas porque la mayor parte de los sonetos de Góngora fueron revisados y datados por él mismo, nos aporta una visión lejana -pero clara- de su autor. Los primeros años son los de juventud y formación, dedicados a poemas de amor, estilísticamente bastante cuidados, entre los que destacan piezas como “Tras la bermeja Aurora el Sol dorado” o el archiconocido “Mientras por competir con tu cabello”. Piezas que le sirvieron para hacerse un nombre.

Pero todo poeta -aun con notable nombre- necesitaba entonces valedores artísticos y amistades en la corte. Unas necesidades que llevaron al vate cordobés a tocar otros temas, en las fases siguientes de su vida, más coherentes con la consecución de este objetivo: como son los poemas dedicatorios, los satíricos y lo funerarios. Entre los poemas misceláneos, algunas piezas de encargo también representan la intención de Góngora de llevarse a bien (o no a mal, lo que muchas veces tampoco es baladí) con algunos promotores de su obra. Y, todos ellos, sirvieron al objetivo básico de su supervivencia, dada la tendencia de Góngora a malgastar y derrochar sus dineros en pésimas inversiones y gastos poco aconsejables.

Entre sus apoyos destacaron cuatro con notable fuerza: el duque de Lerma, el conde de Lemos, don Rodrigo Calderón y el conde de Villamediana. Los cuatro con peso en la Corte cuando Góngora se trasladó de su Andalucía natal a su poco apreciado Madrid (1917), pero que pocos años después caerían en desgracia por distintos motivos, debilitando su posición y afectando a su ánimo.

Góngora es una fuente inagotable

Luis de Góngora ejerció también de andaluz de pro (“A Córdoba”, 1585), ejecutando provinciana comparativa con otras tierras durante sus viajes, y dejando sonetos satíricos de notable fuerza contra zonas muy poco de su agrado; notablemente, contra las ciudades de Madrid (“Duélete de esa puente, Manzanares”, 1588) o Valladolid (“Al mismo intento de la corte estando en Valladolid, ponderando su poca limpieza y la vanidad de las mujeres della”, 1603) -a veces usadas como simples motivos para criticar a la Corte que en ellas se hospedaba-, e incluso contra algunas otras zonas (“A Galicia, ¿1609?) a su juicio poco agraciadas.

En estos “Sonetos” (Cátedra, 2019) tenemos una obra de referencia a la que, además de estas humildes notas, le queda muchísimo jugo que sacar. No en vano, Góngora se muestra como una fuente inagotable que encuentra en este tomo una de sus fuentes más enjundiosas. De ahí que no podamos hacer más que aconsejar su lectura y tratamiento, incluso como obra de consulta, a estudiosos, curiosos e, incluso, opositores y estudiantes que tengan que enfrentarse a Luis de Góngora o al Siglo de Oro. Aquí tienen una obra monumental que merece ser leída.

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