Si con «El último caso de Philip Trent» E. C. Bentley supo dar la vuelta y mostrar las costuras del género detectivesco, con este «Philip Trent y el caso Trent» prueba que también sabe moverse con agilidad dentro de sus márgenes.

 

Ediciones Siruela tuvo el acierto editorial de publicar hace unos meses «El último caso de Philip Trent» -que reseñamos aquí en su día- de cuya buena acogida por parte de los aficionados españoles al género policiaco da prueba el hecho de ir ya por su sexta edición. Ahora acerca a esos mismos lectores «Philip Trent y el caso Trent», de nuevo con la precisa traducción de Guillermo López Gallego.

E. C. Bentley tardó la friolera de veintitrés años en escribir esta nueva novela protagonizada por Trent, y lo hizo en colaboración con otro escritor, H. Warner Allen (a quien, por cierto, no se menciona en la cubierta del libro, aunque sí en su portada interior), uno de cuyos personajes propios aparece brevemente en un capítulo.

La acción transcurre en un momento indeterminado posterior a los hechos que se narran en la primera novela. Trent disfruta de un matrimonio feliz con la protagonista de aquella historia y es padre de un niño pequeño. Oportunamente, sin embargo, su familia está en el momento de los hechos en su bonita casa campestre próxima a Londres mientras que Trent -alejado ya del periodismo y dedicado por entero a su exitosa carrera como pintor-  permanece en esa ciudad, trabajando en su estudio.

El acaudalado James Randolph, conocido por sus numerosas obras de filantropía, aparece asesinado en su discreta residencia londinense. Philip Trent lo conocía, ya que había pintado un retrato suyo en el pasado. Más aún, fue probablemente la última persona que, exceptuando al asesino o los asesinos, vio con vida a Randolph. El motivo: había acudido a una cita en su casa para tratar cierto asunto que atañía a una amiga común, una joven actriz.

Escrita en los años treinta, tras los “Roaring Twenties”, un cierto aroma cinematográfico parece impregnar el ritmo, la estructura, los personajes y los escenarios de esta novela.

También son amigos de Trent tanto el policía al frente de la investigación, el inspector Bligh, como el presunto asesino confeso, Bryan Fairman. Todo aboca pues a Trent a emplear sus habilidades como investigador para encontrar al autor del asesinato: no en vano el título original en inglés de esta obra es Trent’s Own Case.

El desarrollo de la trama, bien llevada y bien resuelta, nos deja algunos capítulos especialmente deliciosos, no tanto por su contribución a la resolución del misterio como por lo pintoresco de los personajes que aparecen en ellos y de los lugares en los que se mueven. Tal es el caso, por ejemplo, de la visita relámpago de Trent a la costa francesa, o de su entrevista con el erudito marchante de vinos William Clerihew.

Bentley parece en esta obra un narrador más dado a reflexionar sobre la naturaleza humana, que mejora cuando incorpora a sus sentencias cierta dosis de ironía bienhumorada. Abruma con citas, paráfrasis y juegos de palabras -procedentes de novelas, poemas, himnos y canciones; cultos o populares- que pone en boca de Trent con tanta frecuencia como Cervantes ponía refranes en boca de Sancho. Afortunadamente para quienes no conocemos con tanta profundidad la literatura y la cultura británicas, el traductor nos ofrece un sinfín de notas a pie de página que nos rescatan de nuestra ignorancia.

Quienes gustan de intentar resolver los casos por sí mismos encontrarán que Bentley no se lo pone precisamente fácil. Permite al lector acompañar a Trent en sus devaneos y pesquisas, pero lo mantiene en tinieblas, hurtándole abiertamente las pistas que se le ofrecen al investigador.

Aunque, dentro del género policiaco, esta historia se corresponda con lo que entendemos por novela enigma, en ella asoman algunos rasgos más propios de la novela negra. Cierta procupación de índole social -con personajes a quienes la vida no dio demasiadas oportunidades y cuyo pasado de encontronazos con la justicia condiciona su presente- y cierta dosis de violencia explosiva y explícita refuerzan esa impresión.

Este caso del muy londinense Philip Trent bien podría ser objeto de un hermanamiento trasatlántico con otros del muy neoyorquino Philo Vance.

A su buena labor de traducción Guillermo López Gallego suma en esta ocasión un trabajo ingente de anotación. Justo es reconocérselo y agradecer ese acompañamiento constante al lector.

En cuanto a la edición, sigue la difícil de superar línea de la Biblioteca de Clásicos Policiacos de Siruela, con sus ya clásicas encuadernaciones en cartoné negro y las sofisticadas  ilustraciones de cubierta seleccionadas por Gloria Gauger.

Por cierto que, dicho sea en tono de broma cariñosa, por fin podemos decir que en Siruela también son humanos: en la página 160 de este libro -y tras haber leído decenas de obras publicadas por esta editorial, merecidamente conocida por lo muy cuidado de sus ediciones- al fin hemos encontrado un mínimo gazapo infinitesimal: “chuchilla” por cuchilla.

 

Edmund Clerihew Bentley (1875-1956) fue un escritor y periodista británico conocido principalmente como autor de novelas policiacas y como creador de un género humorístico de biografías en verso.

Estudió en la St. Paul School (donde entablaría amistad con otro alumno que también llegaría a ser un escritor ilustre, G. K. Chesterton, quien le dedicaría su novela «El hombre que fue Jueves») y el Merton College de Oxford.

Profesionalmente, ejerció el periodismo en varios medios, como el Daily News y el Daily Telegraph.

Bentley, que fue presidente del Detection Club durante más de una década, obtuvo con «El último caso de Philip Trent» su mayor éxito, siendo llevada esta obra al cine en tres ocasiones. Su secuela, este «Trent’s Own Case», no llegaría hasta veintitrés años después, en 1936.

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