Andrzej Sapkowski presenta Narrenturm en Madrid

Realidad con algún elemento de Fantasía. Así definió Andrzej Sapkowski (Lodz, 1948), en la entrevista que mantuvo con nosotros, hace exactamente un año, a “Narrenturm” (Alamut), primer volumen de la trilogía que ha dedicado a las guerras husitas y último de sus libros en ver la luz en castellano. “Narrenturm” es Fantasía Histórica, un género atípico y poco desarrollado, en el que la realidad convive, sin obstaculizarse, con una forma superior de ficción, que no es la de las licencias basadas en anacronismos, sino la de la sensata, y responsable (y a ratos, también didáctica) imaginación.

Para escribir Fantasía Histórica, hay que tener un grado de conocimiento, tanto de la Fantasía, como de la Historia, privilegiado: Sapkowski lo tiene de ambas. Su perfecta sabiduría de los hechos, fruto de una documentación exhaustiva y, suponemos que también fascinada, se une a su enciclopédica cultura mitológica (no en vano, Sapkowski es deleitoso coleccionista de Bestiarios) para dar como resultado una novela formidablemente compacta, divertida y en ocasiones brillante. Otro escritor seguramente hubiese desaprovechado las prometedoras premisas de partida; justamente por lo contrario, Sapkowski es Sapkowski, es decir, sello de calidad indiscutible e imprescindible dentro del Fantástico actual.

Se nota que “Narrenturm” ha sido escrita -y también traducida, ya que es el mejor trabajo hasta la fecha de José María Faraldo– después de la saga de Geralt de Rivia, pues el estilo de su autor ha terminado de alcanzar la madurez excelsa que empezó a apuntarse desde “Bautismo de fuego”; una madurez que lleva al polaco a atreverse hasta con experimentos formales en lo narrativo sin que se produzca menoscabo, ni en el ritmo de los acontecimientos, ni en la resolución de las encrucijadas y vericuetos en los que decide meterse.

Al contar “Narrenturm” como una novela de caballerías con componentes de poema épico y de western, Sapkowski adopta una decisión inteligente: relatar el todo con fina ironía y grandes cantidades de humor negro, azabache incluso (fabuloso el detalle de bautizar a dos brujas con los nombres de los siniestros inquisidores Sprenger y Kramen), de forma que se reste importancia a buena parte de las persecuciones o de las palizas a las que se somete a Reinmar de Bielau, alias Reynevan, (nombre derivado del “tanaceto”, una planta lombriguera), el protagonista de este tríptico sobre la perfidia humana. Es el héroe de estas antihistorias un individuo terco, de buena cuna, versado en artes arcanas y en medicina; un adelantado a su tiempo que se revuelve, con su actitud rebelde, contra las convenciones y costumbres de su momento.

Reynevan es la antítesis de Geralt: un chico titubeante, dudosamente cosmopolita, cuya mayor virtud es la de haber nacido con (relativa) suerte. Se trata de un personaje imposible – si bien su creador se esforzaría en objetar una duda razonable respecto de su existencia- pero plausible: Sapkowski, muy dotado para la elaboración de retratos memorables, no lo convierte en un guiñapo gimoteante, sino en un muchacho con principios moldeables, de familia bien, acostumbrado a los lujos y a la buena vida, cuyas reacciones son la consecuencia lógica de sus actos y pensamientos, y no los caprichos arbitrarios de un personaje- cortina de humo.

El genio de Sapkowski a la hora de levantar personajes no consiste tanto en presentar al lector tipos inolvidables como en hacerlos creíbles. El grueso del plantel que secunda a Reinmar no da nunca la impresión de ser un parche para apaciguar el trepidante curso de los hechos o un escaparate de puntuales deus ex machina que solventan situaciones espinosas. Desde el compañero de fatigas llamado Scharley, el monje guerrero que cumple funciones de pícaro y de voz de la conciencia, hasta el palafrenero más irrisorio, todos tienen un sustancial papel dentro de la narración, hasta el punto de que ésta se ajusta, muchas veces, a los personajes, para reescribirse cuando la poca misericordia del autor estima que algunos deben ser despachados para desatascar la trama.

Narrenturm, de Andrzej Sapkowski
Narrenturm, de Andrzej Sapkowski

En los labios de algunos de ellos, el escritor pondrá frases que restallan como zurriagazos y que son la base de las denuncias que su implacable vena historicista no puede escatimar: “Todo en este mundo desarróllase bajo el lema de la lucha por la verdad. Y aunque por lo común de muy variadas verdades se trata, una verdad se beneficia de ella. La verdadera” (página 86). O bien, esta otra, sobre los inquisidores: “[…] ¿Y quiénes son en realidad? Unos nada, perros de las perreras de los dominicos, medio analfabetos, ignorantes supersticiosos, pervertidos y cobardes. […] Es cosa normal para los sátrapas, tiranos y verdugos, son cobardes, es su cobardía unida a su poder lo que despierta en ellos la bestialidad […]” O esta última monumental reflexión sobre los desmanes del dogma, que Sapkowski quiere atribuir al Enviado en Sede Apostólica (Inquisidor Jefe) Gregorio Hejncze: “La fe y la religión que defiendo son el orden social. Si falla el orden, vendrá el caos y la anarquía”.

Por lo tanto, “Narrenturm”, la Torre de los Locos, prisión del Santo Oficio, es algo más que una novela de Fantasía, de aventuras de capa y espada, o de cantar de gesta: es una obra sobre un tema que le es grato a Sapkowski, el del cataclismo, en la que proyecta, con genialidad, sus propios miedos sobre el futuro de una especie y también de un mundo (por algo la novela se abre con una alusión al apocalipsis), sazonada con las justas dosis de crítica hacia la ignorancia, la superchería o el fanatismo, tragedias del hombre. Y aunque muchos de los mensajes o de los episodios puedan ser avanzados o algo improbables para 1425, nueve años después del Concilio de Costanza en el que se quemó al teólogo Jan Hus y se prendió la mecha de las luchas fratricidas de las guerras husitas, su sentido y su fondo están escritos en un lenguaje universal.

Lo que irrita a Sapkowski es el abuso de poder, la injusticia, la opulencia. Hus y John Wycliff, antes que él, dieron sus vidas defendiendo la secularización de la iglesia y su retorno a sus orígenes más humildes; según el polaco, son leyendas, símbolos de un estado de cosas que pretendía ser más igualitario. Aquello que ha derivado de sus enseñanzas y sacrificio es lo que le va a permitir preguntarse sobre la justicia de la causa de sus herederos, sobre sus motivos.

Y aunque la respuesta se conocerá en “Los guerreros de Dios”, la segunda parte de Las Guerras Husitas, mucho nos tememos que será amarga.

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