Master of none

Nada queda en esta tercera temporada de lo que en las dos anteriores era ‘Master of none’. Adiós al humor, adiós a la acidez, adiós al absurdo… incluso adiós al entretenimiento. Todo parte de un error garrafal: el pensar que las sólidas aguas de la modernidad, en las que tan bien se movía Aziz Ansari con su gracia y estilo propios, son un material igual de confiable que las más gaseosas esencias de la posmodernidad. No solo no lo son, sino que, en pantalla, ambos materiales exigen estilos y modos de comunicación totalmente distintos.

En esta ocasión el material es plenamente posmoderno: la reconstrucción del amor desde el romanticismo de antaño, hiperbólicamente dependiente y exageradamente emocional, hasta un sentimiento contemporáneo que es aceptadamente finito y responde a la voluntad pactada entre dos individuos. Dos personas incapaces de renunciar a su materialidad por la de otra persona más allá de muy determinadas condiciones.

Esta tercera temporada de Master of none es acomplejada, limitada y está encadenada a clichés y referencias

Una historia contada, además, desde una pareja tan evidentemente posmoderna como la formada por dos lesbianas negras. Algo más que representativo de estos nuevos tiempos, proviniendo de los Estados Unidos del #metoo y del #blacklivesmatter. Y más si cabe cuando, tanto en el guion como en la interpretación, se ha contado con la actriz y activista Lena Waithe.

El resultado no puede ser más aburrido. El intento por demostrar una pretendida reconstrucción de estas relaciones nos lleva, no pocas veces, a un transcendentalismo vacuo asentado en escenas cliché, en estereotipos, más vistos que el tebeo. El “realismo” de su vida se malentiende aquí hasta reducirlo al tedio, hasta equiparar lo cotidiano con lo anodino, lo aburrido con “lo normal”. ¿En serio necesitábamos los espectadores de este “conocimiento”? ¿Es que nosotros no somos habitantes de este mismo barco llamado “mundo” y, por esto, hay que decirnos cómo es la vida? Ridículo.

Pero hay una excepción. Con todos los defectos heredados de la producción general de la serie, el cuarto capítulo sí es una pequeña joya. Naomi Ackie interpreta a Alice, la pareja de Denise (Lena Waithe), una mujer deseosa por encontrar una estabilidad, formar una familia y, sobre todo, ser madre. Este capítulo, dónde explora las dificultades de la maternidad, la frialdad de la fecundación y de su proceso clínico, es el diamante que ennoblece una serie embrutecida por un concepto demasiado básico y una producción demasiado acomplejada como para atreverse a ir más allá de lo establecido.

A Aziz Ansari le han pasado factura sus recientes escándalos, y el tiempo transcurrido le ha resecado mucha de su frescura. Por eso esta serie, aunque distinta en su planteamiento, se percibe acomplejada, limitada, encadenada a unos clichés y referencias a las cuales no se le ha sabido sacar el jugo debido. Por eso aburre tanto. Por eso, salvando el cuarto capítulo, todo lo demás se recuerda como un gigantesco bostezo.

Nota: 5/10

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Filólogo, politólogo y proyecto de psicólogo. Crítico literario. Lector empedernido. Mourinhista de la vida.

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