A veces hace falta ser poeta para comprender la historia, para soñar con todo aquello que una vez fue inmenso y ahora no es más que una frase breve en un libro ignorado.  A veces el poeta entiende mejor la verdad que se encuentra tras la leyenda, vislumbra el pasado como si fuera una imagen revelada, única y cierta. A veces tras la Historia se encuentra la poesía y eso hace que los sueños de los hombres perduren.

El poeta, nuestro poeta-historiador, dijo “Nací, lo demás se deriva de ello”. Y Víctor Segalen llegó al mundo en Francia para ser médico, navegante un breve tiempo, siempre poeta, arqueólogo, historiador y, sobre todo, admirador impenitente de la cultura china ante la que se rindió extasiado y de la que es fruto “Los orígenes de la estatuaria china” (Siruela, 2018).

La obra de Segalen fue una total desconocida, incluso en su propio país de origen, hasta los años 60 del pasado siglo XX; hoy, sin embargo, se le considera una figura clave de la literatura francesa en tiempos de Proust (el autor de la enorme saga “En busca del tiempo perdido” (1908-1922), vamos, el tipo que se ensimismaba tocando magdalenas). Nuestro arqueólogo-poeta, hijo del positivismo y el colonialismo, huyó de la corriente de “exotismo” que llevaba a los europeos a denigrar cualquier otra cultura y abrió todos sus sentidos en busca de la comprensión de esas tierras lejanas.

Segalen murió en 1919, en circunstancias extrañas. Dejó tras de si una obra abundante y diversa que incluye desde el ensayo hasta la poesía. Hasta los años setenta del siglo pasado no se publicó ninguna obra suya en España y la primera que apareció fue una antología publicada por Plaza & Janes en 1973. Después se editaron sus poemas más conocidos, las Estelas (a las que pertenecen el fragmento que hemos elegido antes), siguiéndoles varias de sus novelas como “Rene Leys” (Alianza, 1978) o “El hijo del cielo” (Seix Barral, 1983). La publicación de sus ensayos y obras históricas es más tardía y pertenece a estas últimas ediciones la publicación del libro de Siruela.

El autor francés escribió varias obras sobre sus excavaciones y viajes a China (país en el que también vivió durante varios años con su mujer), realizados entre los años 1909 y 1917. Fruto de estos años fueron varios libros de poesía y algunos trabajos históricos bastante rigurosos… entre los que no se encuentra el que ahora pretendemos comentar,  “Los orígenes de la estatuaria china”. Este relato de relatos se escribió tras último viaje de Segalen a China y supone una indagación entre mística y lírica del pasado más remoto del país asiático tomando como referencia las esculturas de esas épocas.

Segalen creó aquí una pieza de difícil catalogación: no es histórica per se pues no es rigurosa nunca ni con sus fuentes ni con sus resultados. El poeta nos ofrece una visión de sus viajes arqueológicos donde se cruzan la búsqueda de un Indiana Jones, un buen puñado de leyendas locales, bastante filosofía china, ciertas dosis de historia, algo de lirismo, un pellizco de lógica y algunas teorías brillantes… lo cual crea una mezcla única y fascinante.

El libro se compone de cuatro relatos diferenciados: “las quimeras del mausoleo de Qin Shi Huang”, “los Reinos Combatientes. La época feudal de los Zhou. Los tiempos de Confucio”, “los Zhou occidentales y los Shang”, “los grandes ancestros. Los Xia, los emperadores sabios”. La disposición de las crónicas no es aleatoria. Segalen nos sumerge en la historia de China desde su creación por Qin Shi Huang, allá por el año 221 a.C., y va retrocediendo lentamente hasta la época de sus primeros y míticos reyes, los emperadores sabios, en el tercer milenio antes de Cristo. El arqueólogo va de lo cierto hasta lo nebuloso y, haciéndolo así, va desde lo físico y material hasta lo intangible y poético. Pues, no lo duden, estamos ante una obra poética fruto de un amor puro hacia una cultura extraña y hermosa.

No debemos olvidar, por otra parte, que el poeta francés asienta toda su narrativa lírica (o su lírica narrativa, que nunca me aclaro de la diferencia entre una y otra) en la búsqueda de un imposible, al menos en su época: las obras escultóricas claves de los periodos formativos de la China actual. La búsqueda de semejantes piezas es algo titánico y abocado al fracaso… y es ese fracaso el que Segalen nos ofrece para introducirnos en la maravilla de la propia búsqueda, en la fascinación por esa indagación continúa, condenada de antemano, que nos lleva a soñar en todo lo que pudo haber sido y lo que aún queda oculto por el paso de los siglos. “Intentemos ver, pues, lo que no podemos tocar” (p. 30). Es la fascinación por el sueño y la exploración lo que el poeta nos quiere comunicar, y lo hace con todos sus recursos históricos y narrativos. Y lo hace realmente bien.

El primer paso en ese viaje iniciático nos traslada a la búsqueda del mausoleo del primer emperador de China, Qin Shi Huang. Segalen habla del mausoleo como si de una estatua se tratase pues, ¿no hizo el emperador forjar, modelar de la nada esa montaña que habría de albergar su última morada? El poeta francés lo dice con mejores palabras, más hermosas, justificando la inclusión de esa colosal obra que aún hoy no se ha excavado en su totalidad y que los libros de texto de hoy en día dicen que se encontró por casualidad en 1974. Ficción e historia.

Segalen busca la tumba del primer emperador en los textos, en las habladurías populares, y encuentra la montaña bajo la cual se halla el ejército inmenso de terracota, los carros de caballos, los músicos… Donde Qin Shi Huang aguarda a los arqueólogos rodeado por una reproducción de su imperio con ríos de mercurio bajo una bóveda estrellada. Pero el francés no puede excavar tamaños restos, debe quedarse frente a la montaña, alabando su poder escultural, sin intentar siquiera averiguar lo que se oculta bajo ella.

Y lo que ocurre con el mausoleo de Qin (pronunciado “Chin”), es lo que le sucede a Segalen repetidamente cada vez que intenta encontrar una pieza única de épocas precedentes, quedándose a las puertas del hallazgo. Casi siempre Segalen corre en pos de un mito, de una leyenda, de un conocimiento popular porque los textos que hablan de grandes obras nunca las sitúan de forma concreta lo cual le conduce a trozos de estatuas deformes, bastas, que nada tienen que ver con sus esperanzas. Y aún así sigue soñando.

“Pero ¿acaso es posible imaginarlas? Yo que las he soñado, que las he vislumbrado al partir en su búsqueda… ¿sería capaz de describirlas, de recomponerlas? Por momentos, durante su “busca”, sentí que si pensaba y creía en ellas con el esfuerzo suficiente, las encontraría como las imaginaba: puros fantasmas” (p. 59).

Eso es lo que se le escapan al poeta entre las manos, fantasmas. No hay nada más.

En su viaje tras quimeras Segalen nos habla también de personajes supuestamente históricos y conocidos pero también intangibles. Su relato está salpicado de citas y referencias a dos sabios chinos, Lao Tse y Confucio, cuyos lugares sagrados también  visita… y le decepcionan. Quisiera hallar algún resto cierto sobre ellos y, de nuevo, no encuentra nada. Precisamente estos dos maestros le sirven a Segalen para establecer relaciones entre chinos y griegos, a través de la India, pasando por Buda y Pitágoras, desde el siglo VI a.C. Las relaciones entre la escultura griega y la India eran ya conocidas pero las que se han establecido entre griegos y chinos en esos siglos no se han revelado hasta hace muy poco y gracias a las esculturas del mausoleo de Qin Shi Huang. Al parecer siempre volvemos a los mismos sitios. Sin embargo el francés no llega a ultimar estas influencias artísticas y se queda en las culturas que ya para su tiempo son bastante sorprendentes.

Como Segalen no halla esculturas propiamente dichas de las épocas de las que habla retrocede también en sus pretensiones estatuarias y nos habla de vasijas de bronce, de decoraciones, para, finalmente, abordar la aparición de la escritura china, primera muestra de arte de este pueblo, quizás de cualquier pueblo. Así, del mito surge la palabra y el conocimiento y la escultura, que podría revelarnos la visión monumental de una historia perdida, se transforma también en la palabra, sencilla y humilde, en los ideogramas chinos, monumentales para que la historia se alce sobre ella.

El librito del poeta no es pretencioso, pretende transmitir un puñado de ideas que surgieron en Segalen a raíz de su búsqueda y de sus fracasos. Pero el autor no transmite ese fracaso sino que quiere dibujarnos un país que pudo ser al calor de sus conocimientos. Es una magna empresa que nos comunica el amor de Segalen por ese pueblo chino que nos parece tan alejado, tan extraño…

En la época de Segalen se vivía el redescubrimiento del Lejano Oriente como una fuente de fascinación y misterio pero es evidente que para el francés esa fascinación era algo más, una forma de entender la vida misma. Segalen creó libros de poemas inspirándose en la cultura china, piezas entre filosóficas y líricas que recrean ese amor incondicional hacia la tierra del terrenal Confucio, del místico Lao Tse:

Traición fiel

 Tú has escrito: “Heme aquí, fiel al eco de tu voz, taciturno, inexpresado”. Yo sé que tu alma se tensa justo a merced de las sedas cantantes de mi laúd:

 para ti sólo toco.

 Escucha con abandono el sonido y la sombra del sonido en la caracola del mar donde todo se hunde. ¡No digas que puede que un día que tú escuches menos delicadamente!

 No lo digas. Pues yo afirmo entonces, apartado de ti, buscaré en otra parte el responso revelado por ti. Y yo iré, gritando en los cuatro espacios:

 Para ti sólo toco.

Quiero, por último, comentar la introducción de Jesús Ferrero, estudioso que nos desvela con gran acierto y perspicacia las claves de la lectura de los ensayos. Si he dejado para la conclusión su comentario es porque, precisamente, creo que su lectura revela demasiado sobre los relatos: no deja al lector mucho por desentrañar. Pienso que un comentario tan agudo debería haber estado mejor al final del libro, para asentar con fundamento las ideas que el lector extrae con anterioridad del texto. Yo lo hice así, dándome el gusto de avanzar guiado solo por las palabras de Segalen, y me descubrí compartiendo con Ferrero casi todas sus ideas al terminar las páginas.

De cualquier manera hay que felicitar a Siruela por la edición de este libro que tiene como complemento algunas fotografías pertenecientes a las expediciones que Segalen realizó en China, ese país que tanto le dio y donde encontró tanto que amar.

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Recuerdo que escribí mi primera poesía recién operada de apendicitis. Desde entonces odio los hospitales y adoro la escritura. Hasta hoy han pasado dos carreras (historia del arte y náutica, ahí es nada), estudios varios, música coral, trabajos mileuristas, cuentos publicados y postales acumuladas (si, eso colecciono) y he regresado hace poco a esta página donde comencé a escribir críticas literarias. Cosas malas, buenas y superiores. La vida misma.

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