Laëtitia o el fin de los hombres

Esta es una serie dura, no apta para estómagos sensibles. En ella conviven al tiempo varios relatos cruzados desarrollados, paralelamente, a partir de un hecho que traumatizó Francia en 2011: la desaparición de la joven Laëtitia Perrais en una gélida noche de comienzos 2011 en La Bernerie-en-Retz. De ella no había rastro, excepto su moto, que apareció tirada a unas escasas decenas de metros a la puerta de su casa. Una historia llevada magistralmente a la novela a partir del excelente material de Ivan Jablonka (Anagrama, 2017), en el que se basa la serie. Y un proyecto encabezado por Jean-Xavier de Lestrade, un director experimentado tanto en el formato televisivo como en la exploración contemporánea de la mujer.

Sin duda, hay mucha cabeza y corazón puestos aquí. La elección del material y la disposición de las piezas de su producción denotan una voluntad clara. Se ha hecho pensando, sobre todo, en hacer de Laëtitia no un caso escabroso más, sino en convertirla en la representante de las muchas mujeres que, de distintas edades y en todos los lugares, son víctimas silenciosas (por fortuna, cada vez menos) de una violencia subterránea, sistémica e incansable contra ellas. Laëtitia es la llave que abre no una sino muchas otras puertas, tan anónimas como dramáticas.

‘Laëtitia o el fin de los hombres’ denuncia la desprotección sistémica de la mujer y el fracaso de lo público a la hora de conseguir protegerla

La serie tarda poco en subrayar esta representatividad. Alrededor de Laëtitia hay una historia larga de violencia y de supervivencia capaz de revolvernos la conciencia y el estómago, como queda claro desde el primer capítulo.

Al servicio de este objetivo general se dispone una estructura en cuatro partes. El primer y el último capítulo sirven, respectivamente, de presentación y cierre. Mientras que los cuatro capítulos centrales, de los seis que componen el total de la serie (de 45 minutos cada uno), conforman dos bloques más: uno toca el de desarrollo social de la investigación (capítulos 2 y 3) y otro trata el desarrollo de los distintos personajes dentro del caso específico de Laëtitia (capítulos 4 y 5). En todos estos bloques, el miedo, la inseguridad y la violencia son el leitmotiv que, cada vez más presente y evidente, va cebando la tensión dramática desde el principio hasta el final.

Del primer y último bloque no vamos a hablar más, pues haríamos espóileres imperdonables. Pero sí podemos hacerlo del verdadero corazón de la serie.

En cuanto al primer bloque central, no se escatiman ánimos en la crítica social: a la legislación insuficiente y a la saturación paralizante de la justicia que la aplica; a la voluntariosa pero atada fiscalía que la interpreta; o a la prensa, contra la que se es especialmente duro, defendiendo que traslada sin rigor hechos o suposiciones a la opinión pública obviando, además, las consecuencias de sus actos. A partir del segundo capítulo es que esta dimensión social va cobrando cuerpo, progresivamente, con la investigación policial como motor narrativo, y con la policía, la primera línea en todo esto, adquiriendo un rol principal.

Especialmente duro se es con la política, y en concreto con el presidente de entonces, Nicholas Sarkozy, cuyas decisiones son claramente atacadas en cuanto parecen estar movidas más por el populismo que por la justicia.

Precisamente es esta idea, la de justicia, la que provee de alma al segundo bloque central. Si hasta aquí ha sido Laëtitia más bien un significante vacío o una realidad etérea, pasa ahora a cobrar cuerpo en cuanto víctima de una dura historia de violencia. Una familia desestructurada, una infancia ligada a los servicios sociales y una incompetencia que ha permitido desprotegerlas a ella y a su hermana cuando más protección necesitaban. La investigación nos la materializa como una víctima de algo más que de un desalmado, lo es de un sistema que, habiendo cubierto su caso desde distintos frentes, falló en todos ellos a la hora de permanecer vigilantes a su situación.

‘Laëtitia o el fin de los hombres’ (Filmin) es una serie ambiciosa que, aún así, a veces se desdibuja en su discurso principal. Lo hace cuando, además de todas estas cuestiones, ya de por sí espinosas y complejas, intenta hacer el “más difícil todavía” colando de rondón debates sobre la pena de muerte o la cadena perpetua o los registros de delincuentes sexuales, entre otros. Seis capítulos apenas dan para lo que se cuenta, como para entrometer más temas todavía. Es en estos momentos cuando se desdibujan los temas y los personajes, en algún caso, como el de Gilles Patron, con pena por lo que pudo haber sido y por lo que es; así como en algún caso más.

Aun así, la serie consigue ser directa en cuanto a su objetivo principal: denunciar la violencia machista, sí, pero, sobre todo, también denunciar la desprotección sistémica de la mujer y el fracaso de lo público a la hora de conseguir protegerla. Se cargan las tintas, especialmente, en la política y su gestión populista de este tema. Echamos de menos, eso sí, una exploración ética de la sexualidad masculina algo más explícita. Pero, cuando quieres tocar tantos palos, es cierto que no puedes estar a todo. Aunque la historia de Laëtitia, creemos, sí tenía la fuerza suficiente como para permitírselo. Otra vez será.

Nota: 6/10

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