Galardonada con dos Globos de Oro y tres BAFTA, “La forma del agua”, nueva película de Guillermo del Toro, parte como clara favorita para los Oscars con 13 nominaciones. Fan declarada de la fantasía y de las relaciones humano y criatura, no pude resistir la tentación de ir a verla… ni de hablarte de mis impresiones.

De entrada, ya el tráiler de este film te deja bastante claro lo que es. Un retelling de “La Bella y la Bestia“; una historia revestida de fábula que aparentemente trata sobre una princesa sin voz y un monstruo… pero que bajo la superficie nos susurra sobre la soledad, la marginalidad social y la búsqueda del amor.

Argumentalmente no vamos a encontrarnos con nada que no hayamos visto antes: “La forma del agua” presenta la clásica trama de la mujer que se enamora de la criatura, pero ambientada en el Baltimore de 1962, en plena Guerra Fría. Elisa Esposito (Sally Hawkings) es una limpiadora que trabaja en un laboratorio militar. Huérfana y muda, tiene una vida monótona, cuya soledad solo mitigan sus dos únicos amigos; Giles (Richard Jenkins), un ilustrador de la vieja escuela al que la fotografía roba su trabajo, y Zelda Fuller (Octavia Spencer), la compañera de trabajo e intérprete de Elisa. Pero todo cambia cuando traen al laboratorio a una criatura acuática y antropomorfa por la que la protagonista enseguida se siente cautivada. Tras descubrir que puede comprenderla y comunicarse con ella en lenguaje de signos, se forja entre ellos un vínculo extraño. Vínculo que Elisa no está dispuesta a perder, aunque para mantenerlo deba arriesgarlo todo.

Es una trama que, si bien no rebosa originalidad, sí que sabe manejar muy bien el drama, creando sensaciones y guiando las emociones del espectador. Aderezada a su vez con toques de humor ligero y con unas cuantas sorpresas escondidas, se convierte en una historia sólida, emotiva y entretenida.

Sin embargo su punto fuerte no es su argumento, sino el enfoque que su director ha sabido darle. Porque lejos del mensaje trillado de “la belleza está en el interior”, “La forma del agua” nos muestra a las personas sin voz. A la gente marginada e invisibilizada socialmente. La princesa fuerte e independiente que, sin embargo, a ojos de los demás carece de algo para estar completa; la criatura extraña, anormal, que no tiene sitio en el mundo por ser diferente; el hombre que debe reprimir su sexualidad y vivir en soledad para guardar las apariencias; la mujer despreciada solo por ser de raza negra. Todas ellas representaciones de la marginalidad, que tienen la valentía de enfrentarse a las normas preestablecidas por una realidad social que no les da cabida.

He ahí es donde radica el mensaje y la fuerza de esta película, que va mucho más allá de la simple historia de amor.

Como toda fábula que se precie, sus personajes son arquetípicos: la princesa sin voz, la tríada de amigos leales, la criatura incomprendida y el verdadero monstruo. No obstante, están muy bien construidos y caracterizados, y las interpretaciones son solventes. Sobre todo la de Sally Hawkings, que hace un papel extraordinario con la dificultad extra de caracterizar a una protagonista muda. Y la Doug Jones, un actor especializado en mímica que interpreta a la criatura, a la que consigue dotar de una ternura infinita. La expresividad facial del anfibio es más bien nula, por lo que el lenguaje corporal adquiere una importancia vital. Tampoco puedo dejar de mencionar el trabajo de Michael Shannon, cuya caracterización del odioso coronel Richard Strickland y de su descenso hacia la oscuridad y la locura es de aplauso. Ni de destacar toda la fuerza y el carácter que Octavia Spencer imprime en su personaje, tanto como sensibilidad destila Richard Jenkins en este papel.

Otro de los puntos fuertes de “La forma del agua” es su apartado visual y sonoro. Estéticamente este film es pura poesía, claro merecedor de todas las estatuillas técnicas que seguramente le caerán.

Cada detalle ha sido tratado con mimo para lograr una ambientación donde se deja ver la huella inconfundible de Guillermo del Toro: lúgubre, melancólica, pero a su vez cargada de magia, que envuelve y traslada al espectador a ese mundo donde todo parece ser posible, donde el agua es símbolo de tristeza, de soledad, de furia, de amor, de renacimiento, y protagonista de escenas bellísimas que quedarán grabadas en tu retina.

El sonido y la banda sonora adquieren un peso fundamental en una historia donde los protagonistas no pueden hablarse con palabras. La música compuesta por Alexandre Desplat, inspira nostalgia y fantasía.

En conjunto, “La forma del agua” se consolida en una fábula cargada de magia. Su narrativa pausada acaricia como un riachuelo que fluye con suavidad al principio, pero que gana cada vez más fuerza para desembocar en un mar de emociones a flor de piel y de belleza cautivadora.

Una obra de arte que recomiendo a todos los marginados, los raros, los que no encuentran su lugar. Pero también a quienes aún creen en el amor, en la magia y en los finales felices. Ve a verla, deja que “La forma del agua” te hechice.

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