Chris Hadfield

A veces basta con alzar la vista al cielo, observar al Sol o la Luna y asombrarse, darse cuenta de que nuestro planeta es sólo una roca más en el universo visible, y que ahí fuera hay multitud de mundos, de estrellas, quizá de universos, esperándonos. A veces basta con tomar conciencia de que la siguiente frontera no es ya el océano, sino el espacio. Que lo desconocido acampa fuera de nuestro alcance, y que en nosotros prenda el deseo de explorarlo, ya sea a bordo de una nave espacial o intelectualmente, gracias al conocimiento adquirido por la Humanidad desde que pisamos este peculiar planeta lleno de maravillas…

Pero, por primera vez en la historia de los seres humanos, la generación de Chris Hadfield contaba con algo más tangible para sentir fascinación por el espacio. El 20 de julio de 1969, nuestra especie ponía por primera vez el pie en la Luna, un evento que se retransmitió a todo el mundo, y asombró e hizo soñar a millones de personas. El pequeño Chris sólo tenía nueve años, pero aquel día tomó una poderosa determinación: quería ser astronauta, seguir los pasos de Neil Armstrong. A veces basta con ese primer paso, que el deseo prenda y sus raíces crezcan poderosas. Muchos niños tomaron la misma decisión aquel día, aun sin saber qué clase de esfuerzos deberían afrontar. Querían ser como sus héroes.

Sin embargo, muchos son los que quisiéramos navegar a bordo de una nave espacial, y pocos tienen la competencia, las aptitudes físicas y mentales… y la suerte de convertirse en astronautas. Esto resulta particularmente difícil si no eres estadounidense, ni ciudadano de un país con un programa espacial muy consolidado. Pero además, Chris era canadiense. Sabía que sería imposible; Canadá ni siquiera contaba en aquel entonces con un programa espacial. Sin embargo, aquella noche Chris vio cómo algo imposible ocurría. Ahí estaba el comandante Armstrong, pisando nuestro satélite, andando tranquila pero aparatosamente por un lugar en el que ningún ser humano había estado. Si Neil había podido conseguirlo, quizás Chris pudiera lograrlo algún día. Y quería estar preparado si llegaba el momento.

Guía de un astronauta para vivie en la TierraUn camino comienza siempre con un paso, y ese fue el de Chris. Se crio en una granja, en la que aprendió a ser responsable de ciertas tareas manuales, y al mismo tiempo se esforzó en los estudios con gran intensidad. Cada cosa que hacía iba encaminada al mismo improbable objetivo. A los quince años, obtuvo su licencia de planeador, y a los dieciséis comenzó el curso para pilotar aviones a motor. Por supuesto, leía mucho, tocaba la guitarra, hacía esquí acuático… Tuvo una vida plena y rica en aprendizaje y actividades paralelas, con un único objetivo, pero al mismo tiempo era consciente de que, seguramente, jamás lograría ser astronauta. ¿Cuántos niños y adolescentes tienen esa determinación?

Chris la tenía, y no estaba dispuesto a parar por nada del mundo, incluso tras casarse con Helene, su novia del instituto; cada día reforzaba su determinación, y se preparaba. En aquellas fechas, se encontraba inmerso en un curso de pilotaje de cazas, y dos años después, el gobierno canadiense reclutó y seleccionó sus primeros seis astronautas. Esfuerzos continuos, y un matrimonio con tres hijos. Una vida azarosa y estresante, de continua mudanza, pero plena de satisfacciones, según Hadfield. Sin embargo, la vida familiar –pese a la presencia omnipotente de Helene, a quien califica no ya de apoyo básico, sino de motor imprescindible de su familia, básico para la consecución de sus logros personales- pasaba factura, así como los riesgos de ser piloto. El matrimonio perdía como mínimo un amigo íntimo piloto cada año, debido a la peligrosidad del trabajo. En un momento determinado, Chris se apuntó a un curso de piloto civil, convencido de que vivir con esa amenaza de forma continua sería imposible. La aviación comercial era más segura. Y fue precisamente su esposa quien lo desanimó: “No serás feliz y yo tampoco lo seré. No renuncies a la idea de ser astronauta; no puedo dejar que hagas esto o nos lo hagas a todos. Esperemos un poco más y veamos cómo evolucionan las cosas”. Permaneció en el escuadrón.

Más tarde, fue seleccionado para ir a la Escuela de Pilotos de Pruebas de la Fuerza Aérea de los EEUU, y allí todo comenzó a cambiar. Un duro programa, que le permitió adquirir competencias de vuelo tan variadas que, al final, consiguió convertirle en uno de los pilotos más versátiles del país. Y para colmo, la escuela de pilotos tenía conexión directa con la NASA.

En un momento determinado, a Chris le surgió la oportunidad de ir a la Estación aeronaval del Río Patuxent, en la bahía de Chesapeake (Maryland), uno de los centros de pruebas más importantes del mundo. En 1991 fue nombrado piloto de pruebas del año de la Armada de EEUU, y cuando se disponía a relajarse por fin un poco con un merecido descanso, la Agencia Espacial Canadiense (CSA) publicó un anuncio en el periódico: “Se buscan astronautas”. El resto es ya historia. Dos misiones espaciales, más de 4.000 horas en el espacio, y llegó a convertirse en el primer canadiense en dirigir la Estación Espacial Internacional (ISS).

Chris Hadfield llora en el espacioEn “Guía de un astronauta para vivir en la Tierra(Ediciones B, disponible en FantasyTienda), el comandante Chris Hadfield nos relata una vida repleta de esfuerzo y emoción, de preparativos y vivencias asombrosas, que apenas unos pocos seres humanos han tenido la suerte de experimentar. Arriesgados vuelos, ingravidez, prolongadas estancias en el espacio… nadie como Hadfield nos ha transmitido con este nivel de detalle personal y profesional qué significa ser astronauta, tanto durante una misión como en tierra, cuando los focos se apagan y uno ha de vivir situaciones cotidianas tras experimentar maravillas. Puedes decir que eres astronauta, pero también eres padre de familia y esposo, con responsabilidades cotidianas y necesidades.

Hadfield nos muestra cómo perseguir nuestros sueños, pero también cómo no dejarse amilanar o vencer por su peso o la fama que uno pueda llegar a alcanzar. Por encima de todo, nos transmite que, pase lo que pase, consigamos o no alcanzar nuestras metas, lo importante siempre es el camino, la forma en que lo logramos o caemos, y la manera en que nos levantamos a cada tropiezo.

Al tiempo, Chris nos relata cómo es un lanzamiento o un aterrizaje; cómo es la estancia en el espacio y en qué condiciones viven quienes pasan meses en la Estación Espacial Internacional; cómo vuelven en la Soyuz; cómo se lavan los dientes o el pelo, o van al baño; cómo hacen ejercicio físico o trabajan; cómo se llevan entre sí los astronautas de distintas nacionalidades; cómo cualquier problema puede matarte; cómo reparar el baño, algo que hacen en algún momento todos los astronautas; cómo se cortan las uñas ahí arriba; cómo duermen o comen; cómo encajar, siendo el nuevo, en una tripulación consolidada; cómo es una salida espacial; qué tipo de experimentos se llevan a cabo en la ISS; cómo sujetar las herramientas durante las reparaciones; cómo se acostumbra uno a no ejercer oposición contra la gravedad y dejar de tropezarse con todo; ¿apesta la vida en el espacio si los astronautas no pueden ducharse como deberían?; ¿cómo se recicla el agua?; ¿qué ocurre si lloras en la ISS?; ¿qué beneficios tecnológicos y médicos proporciona la estancia de los astronautas en el espacio?; ¿qué secuelas arrastran en tierra, tras una misión?…

En varios ensayos sobre el tema he visto información bastante detallada de algunos de estos procesos, sobre todo en el plano técnico, pero Hadfield cuenta su experiencia de forma mucho más clara y directa… y sobre todo humana. Sientes casi que has estado allí. Vale, quizá esta afirmación sea exagerada, mucho. Pero comprendéis lo que quiero decir. Chris tiene una capacidad narrativa y una curiosidad sobresalientes, y las utiliza para transmitir estas cuestiones de forma clara, amena y divulgativa. No en vano, él fue de los primeros astronautas que comprendió la fuerza que tienen las redes sociales para enganchar al público, y ha utilizado profusamente Youtube y Twitter para transmitir sus vídeos y sus perlas de información al resto del mundo, apoyado por uno de sus hijos.

Ha sido un placer disfrutar de este libro, en muchos sentidos, y me parece básico para cualquier aficionado al espacio, que haya sentido en algún momento de su vida la necesidad de convertirse en astronauta, de explorar la inmensidad del espacio. Gracias a Hadfield, al menos podemos disfrutar un poco de ese sueño. Y al mismo tiempo, inspirarnos en su vida y tenacidad para perseguir otros, quizá más accesibles, más terrestres, pero para cuya consecución necesitamos toda la energía y competencia posibles.

Olvídate de los típicos libros de autoayuda. Si quieres inspirarte de verdad, aprender a perseguir tus sueños –e incluso tomar conciencia de que a veces tus seres queridos y compañeros te ayudan a su particular manera-, “Guía de un astronauta para vivir en la Tierra” puede ser una buena ayuda.

Alejandro Serrano
Cofundador de Fantasymundo, director de las secciones de Libros y Ciencia. Lector incansable de ficción y ensayo, escribo con afán divulgador sobre temáticas relacionadas con el entretenimiento y la cultura cercanas a mis intereses.

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