Quizás, la mejor y más veloz síntesis posible de este originalísimo ensayo sea la de su subtítulo: “violencia e historia de la desigualdad desde la Edad de Piedra hasta el siglo XXI”. Un tema inmenso. Gigantesco. Sobre todo, si tenemos en cuenta que estamos hablando de unir y relacionar dos de los temas a los que la historiografía reciente ha dedicado más análisis en las últimas décadas: la desigualdad y la violencia. Ahí es nada.

Sin embargo, aunque son dos temas recurrentes, hasta ahora no se había establecido un puente entre ellos de la forma con la que Walter Scheidel (Austria, 1966) lo traza, define y construye en El gran nivelador (Crítica; 2018). Y lo hace a partir de una hipótesis de trabajo tan polémica como provocadora: el mejor -y posiblemente más eficaz- mecanismo de reducción de la desigualdad ha sido y es (hasta ahora) la violencia. Una violencia ilimitadamente desatada, intensamente cruel, cuantitativamente masiva… aunque heterogénea en su forma y variable en su duración.

Esta variabilidad interna, en forma y duración, es lo que lleva a Scheidel a distinguir cuatro tipos de actos performativos violentos. Uno: las guerras masivas, poniendo el concepto de “masivo” en relación con el tiempo histórico en que suceden estas guerras y las sociedades a las que afectan -podemos considerar aquí tan “masivas” las Guerras Médicas como la Iª o la IIª Guerra Mundial. Dos: las revoluciones transformativas, introduciendo aquí también las distintas definiciones que el concepto de “revolución” ha ido conociendo en los últimos lustros, aunque Scheidel opta por aquella más adaptable a los conflictos revolucionarios más recientes (Rusia y China, especialmente). Tres: los estados colapsados cuyo derrumbe arrastra con él a las élites y grupos dominantes de esas sociedades y estados, derrocando por tanto a aquellos grupos poseedores y concentradores de la riqueza. Y cuatro: las epidemias masivas, que hacen del “memento mori” (“Recuerda que morirás”) un mecanismo igualador y nivelador de las oportunidades de vivir.

Dicho esto, lo habitual es que muchas personas lectoras se echen las manos a la cabeza. Algunas pensarán que la hipótesis es una reivindicación de la violencia. Otras quizás vean una minusvaloración del tema de la desigualdad, simplificando su análisis a un contexto de violencia sin más. Y otras, con las que he compartido mesa y mantel, y departido sobre este libro, se quedaron en un estado de estupor situado en algún punto entre la incredulidad y la estupefacción. Pero conviene no alarmarse. Que no cunda el pánico. Este animal no es tan fiero como muchos lo pintan.

Por un lado, la hipótesis de partida es bastante obvia. Si partimos de un contexto donde existe una alta desigualdad en el nivel de renta per cápita de las personas, la introducción de cualquier factor que iguale las oportunidades de morir de las personas independientemente de su renta tendrá un efecto estadístico nivelador (o sea, reducirá la desigualdad previa). Es más, cuanta más mortandad cause bajo esas condiciones y en menor tiempo, más reducirá la desigualdad de la renta previamente existente.

A esto conviene hacer dos anotaciones. Una: recordar que estos factores “niveladores” son (1) la violencia expansiva y masiva y (2) la enfermedad altamente mortal y contagiosa (en ambos casos se afecta o infecta a todas las clases sociales, ampliamente y en muy poco tiempo). Y dos: tenemos que tener siempre presente que el nivel de renta sí mejora las oportunidades de supervivencia de los que más tienen, tanto activamente (adquiriendo medicamentos y tratamientos, más y mejores) como pasivamente (ofreciéndoles una mejor calidad de vida general, lo que también está demostrado afecta a su salud y esperanza de vida).

A partir de estas dos anotaciones observamos con más claridad que la aparentemente alarmante hipótesis de Scheidel no es más que un análisis y organización casuística de la relación causal positiva establecida entre renta y esperanza de vida (más renta -> más esperanza de vida). Deteniéndose, eso sí, en los casos extremos donde esta relación consigue anularse (porque, como hemos visto, la renta deja de ser un factor relevante).

Y aún podemos decir algo más.

Su análisis histórico tiene intención de ser general. A pesar de que la mayor parte de los casos considerados pertenecen a las épocas moderna y contemporánea, la estadística sí puede confirmar que su hipótesis tiene posibilidad de demostrarse cierta en un tiempo más amplio (siempre que consigamos un contexto en el cual el factor renta deja de ser relevante para determinar la esperanza de vida, habremos conseguido también un contexto de más igualdad en cuanto al nivel de renta y viceversa). Sin embargo, tanto la democracia, como el Estado de Bienestar, como las políticas de bienestar y las decisiones políticas democráticas de redistribución de la riqueza, no tienen todavía un siglo de vida. Esto es por lo que su perspectiva a largo plazo no le permite ver (ni mostrarnos) los posibles matices de su argumentación provenientes del corto plazo.

Esto nos lleva de vuelta al comienzo de esta reseña. Al momento en que dijimos: “el mejor -y posiblemente más eficaz- mecanismo de reducción de la desigualdad ha sido y es (hasta ahora) la violencia”.

En ese “(hasta ahora)” hay una intencionalidad clara por nuestra parte: el de anotar que este apasionante y apasionado análisis de Scheidel no entra a valorar como debiera los efectos correctores derivados del Estado del Bienestar erguido en Occidente tras la IIª Guerra Mundial. Un Estado de Bienestar que, aunque brevemente, sí consiguió mitigar eficazmente la desigualdad en un contexto de ausencia de violencia y de enfermedad. Es más, ha sido su deterioro (todavía en marcha) el que ha puesto fin a esta su capacidad “niveladora”. Sin duda, la violencia y la enfermedad son los mecanismos más eficaces (hasta ahora). Pero el ensayo olvida dedicar un espacio necesario a las demás alternativas funcionales y eficaces para con este objetivo; ya no digamos al análisis de porqué dejaron de ser eficaces y de quién contribuyó a ello.

Además, claro, del hecho de que es discutible la relación primera de la enfermedad, o si se prefieren con los conceptos más clarificadores y grandilocuentes, de la “pandemia” (véase, por ejemplo, el caso claro de la Peste Negra, donde la enfermedad no fue consecuencia de contexto violento alguno), con la “violencia”. Por lo menos, no en aquellos fenómenos acontecidos varios siglos antes de las guerras bacteriológicas y biológicas.

Llegados hasta este punto, esperamos haber dejado claro que, en realidad, El gran nivelador (Crítica, 2018) es un ensayo bastante menos fiero de como se le suele pintar. Ni su hipótesis es tan descabellada como algunos dicen. Ni su análisis reivindica la violencia. Ni su investigación está tampoco a salvo de algunas convenientes notas y salvedades y críticas clarificadoras. Además, aconsejamos su lectura en complementariedad con otras más centradas en el concepto de la “desigualdad” (léanse a Piketty o a Galbraith o a Tony Atkinson, por ejemplo) que en el de la violencia; para definir así mejor una relación bastante desequilibrada aquí en favor de la sangre y de la muerte.

La lucha contra la desigualdad no es una cuestión de violencia sino de voluntad. Y aunque es cierto que, hasta ahora, la violencia ha sido la herramienta “niveladora” más eficaz. Ni es la única disponible, ni la única eficaz, ni la más conveniente. Reducir los términos a “o desigualdad o violencia” no es solo una falacia, sino un peligroso absurdo. Esperamos, con esta reseña, haber contribuido a aclarar esto algo más. Por culpa de ensayos como este, a veces, hace falta recordarlo.

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