Diarios de campo

Recientemente, un grupo de orcas (Orcinus orca) de las residentes en el estrecho de Gibraltar, especializadas en seguir las rutas de migración del atún rojo (Thunnus thynnus), ocupó diversos lugares en medios de comunicación españoles y de otros países. Cuatro ejemplares, juveniles, hicieron las delicias de los propietarios de diversas embarcaciones de pequeño y mediano calado al perseguirlas y, en algunos casos, destruir sus timones.

Gallinas pigmeas. ¿O son orcas? Estoy indeciso. A ver qué dice la Wiki. Crédito: Paul Nicklen.

Quede claro que con “delicias” expreso el terror y la incertidumbre de estas personas.

Bien, como era de esperar, la prensa elucubró teorías absurdas, todas formadas merced a su amplia experiencia viendo películas, y quizás algún que otro documental de sobremesa en la 2. Para tratar de dar esa legitimidad pasajera y voladiza de la prensa digital, citaron a expertos en orcas de la península ibérica. Estos supuestos científicos excelsos proporcionaron explicaciones si cabe aún más confusas. Las palabras de hombres de ciencia que se ven en la tesitura de responder algo cuando les ofrecen una breve aparición en algún medio de alcance nacional. Sin embargo, el tema de los expertos es peliagudo. Más que eso, es curioso, curiosísimo.

No recuerdo la existencia de expertos en odontocetos en España.

Esto es, no hay ninguno. ¿Dolió? Se pasa enseguida. Hay que arrancar la muela suelta de un tirón y cuanto antes.

Cuidadores de animales, como les gusta que les llamen en sus fantasías. En Seaworld, Estados Unidos, reproduciendo comportamientos naturales en una orca y su cría. To majos ellos. Crédito: Dolphin Project.

Claro, están esos que se lucran del sufrimiento de los pobres delfines y orcas que mantenemos encerrados y en condiciones miserables para beneficio de unos cuantos y el entretenimiento de los más subdesarrollados personajes de la sociedad. Pero esos no distinguen una orca de un salmonete. Y si no saben evitar la muerte sistemática de todos los delfines nacidos en cautividad, mucho menos sabrán de la etología de unos animales salvajes. Animales que, por suerte, no han tenido el menor contacto con los de su estirpe.

Pero a todo este berenjenal le faltaba la guinda, y la vela.

La primera llegó cuando cierto diario, cuyo nombre es Confidencial, afirmó que existían antecedentes de ataques de los peligrosos bichos a embarcaciones. No dudo de las interacciones entre estos grandes mamíferos marinos y diversas embarcaciones de recreo. Ahora bien, lo que me causa estupor es que se afirme que las orcas “atacan” barcos. Dicho medio, en aras de ilustrar su ejemplo, no dudó en falsear datos y citar un supuesto ataque de una manada de orcas a un velero americano en aguas del Pacífico el año pasado.

Asumieron que el común de los lectores sacaría sus conclusiones, y a lo sumo compartiría.

Pero algunos chiflados, como este que escribe, tenemos acceso al registro de ataques de orcas a seres humanos -inferior a uno cada diez años. Me fue posible corroborar que el supuesto ataque tuvo lugar en los años ochenta, y no el año pasado. Que el comportamiento del grupo de orcas no haya podido ser esclarecido, y que ni los tripulantes de aquel barco supieran identificar la intención de los animales, queda en un plano lejano al constatar la insultante manipulación de los datos por medio de la prensa. Obviamente, el único objetivo es aportar mayor dramatismo al relato, y que una noticia que no debería suscitar demasiado interés cultive morbo y aporte más tela que cortar a un precio bajo y con un alto rédito. No se puede negar que la prensa vive tiempos de recortes económicos y paywalls disfuncionales.

Pero lo verdaderamente serio estaba por llegar. La vela, la vela de cera reciclada, con una mecha corta y un olor al consumirse como el del tocino pasado. El programa de televisión Cuarto Milenio, presentado por nuestra versión rancia y patria de un americano con sombrero de papel de aluminio y prepotencia a raudales, decidió explotar también el tema de las orcas. A este escabroso show se unieron personajes como el mal llamado naturalista Alex N. Lachhein -reputado por emprenderla cada vez que se le da voz contra colectivos animalistas y lugares meritorios de respeto y amor como el Santuario Gaia-, y el… el bi… biólogo Fernando Lopez-Mirones.

Disculpe el lector lo artificioso, pero no dispone uno de mejor forma de representar visualmente la dificultad de situar a ese último caballero en mi mismo grupo profesional sin colocar un emoji-caquita. Y no estamos pa’ eso.

Seré breve con el tema televisivo, que aún nos queda llegar a la nuez de este artículo.

Dos de los amiguitos, ante una audiencia descomunal, se entretuvieron citando al tercero, usando imágenes de orcas referenciales de otros lugares del planeta, y soltando burradas. Muchas. Tantas fueron que uno estuvo tentado de agarrar el machete figurado del Twitter y emprenderla contra los tres. Por suerte para mi amor propio, dudo que unirme a la bulla general de la red social fuera a servir para nada.

Así que asistí atónito a cómo el personaje llamado naturalista cargaba contra la comunidad científica y conservacionista por llevar una década tratando de desmitificar la imagen de las orcas, y por la caída en desuso del nombre “ballena asesina”. Según este, a quien uno se espera encontrar en la barra del bar de viejos del pueblo ante un mosto y un palillo entre los piños, el término de “asesinas” les está como anillo al dedo, puesto que asesinan humanos, menos que los tiburones -que según el espécimen matan decenas y decenas de humanos al año, aportando otro dato falso sin pruebas-, pero lo hacen que es lo que importa.

Nadie planteó que el adjetivo les nazca de las observaciones de los balleneros por el modo en que estos animales son capaces de cazar cualquier animal que pueble el océano.

En el plató mandaba su po… derosa concepción del reino animal. Luego desmintió las afirmaciones de que fueran animales juveniles, e informó que se trata de orcas del estrecho usando la misma técnica empleada en la caza de ballenas para… no sé, Don Alex, ¿zamparse el barco?, ¿coserse unos vestidos con las velas para asistir al baile del rey del mar?

Estas personas, en unos minutos, destrozaron sin pudor ni respeto el esfuerzo de cientos de conservacionistas y científicos por aportar conocimiento a la sociedad, y a su lucha por proteger a estos magníficos predadores marinos.

Os están engañando. Eso es una orca. No digáis que no os he avisado cuando os estén ASESINANDO. Crédito: Marvel.

Aclaremos: las orcas son cuatro juveniles. De la subpoblación de la especie que habita en el estrecho de Gibraltar y se alimentan exclusivamente de peces. Son más pequeñas que las orcas que cazan ballenas o focas, llevan 750.000 años sin intercambiar genes, y no sabrían matar una ballena ni que ya estuviera muerta. Es un grupo desnutrido, desorientado y desestructurado. Por una simple razón: la matriarca del grupo y sus dos herederas han aparecido muertas en las costas del Mediterráneo durante los dos años pasados. Hay poco alimento, los humanos siguen acaparando peces, y lo cierto es que nadie piensa que en el océano haya criaturas que se alimenten de ese atún que os ponen en el sushi pijo, ni de las sardinicas u otros peces.

Las orcas en cuestión están hambrientas, desorientadas, no saben cazar, y carecen de miembros adultos en su manada. Su destino más probable es la muerte.

En vistas de lo último, seré sincero, no me quita el sueño la mala fama de las orcas. No entre una sociedad que no puede hacer nada para protegerlas y que tiene la responsabilidad, sin saberlo, de mantener a cientos de ellas en cautividad, así como de la desaparición de varios grupos familiares de estos animales de forma permanente debido a la brutal estrategia usada en el pasado para capturarlas.

Una desaparición que, en el caso de las orcas, animales que viven en manadas y en grupos ecológicos donde el intercambio genético es más raro que un político competente, representa el empobrecimiento de diversidad genética. Esto equivale a enfermedades congénitas, malformaciones físicas y defectos cognitivos. Como los de los señores de… ¡ay, Manolín, que te me pierdes!

Salgamos ya del tema “orcáico“.

Quizás lo que más me preocupe sea encontrar enfoques simplistas similares a aquellos ya planteados en muchos otros ámbitos. Y entre mis compañeros científicos. La presencia de visiones antropocéntricas, además de robóticas, y faltas de sensibilidad, a la hora de analizar las vidas de los organismos en estudio, es responsable de la pérdida de millones de euros en proyectos vanos, de la muerte de animales de forma innecesaria e insultante, así como del afianzamiento de una narrativa en la que el ser humano posee un lenguaje y una sensibilidad, y el resto de “bichos”, de “cosas” otro ajeno al nuestro pero común entre ellos. E incluso inexistente.

Y uno de verdad que deja de creer que esta sea una era de iluminación, de avances, de entendimiento. La única luz nos llega de las pantallas y los combustibles fósiles. ¡Ni a los muertos los dejamos descansar, que los quemamos para matar más y mejor!

¿Qué es lo que falla en los seres humanos a la hora de interpretar las acciones de otros animales? ¿Tenemos un ombligo intelectual tan grande? El ejemplo de los falsos expertos y las orcas no me trajo la ira que hubiera empañado a un yo más joven, dedicado a estudiar a fondo a todo gran vertebrado marino existente, y a participar en operativos de activismo intervencionista.

En su lugar me lleno de tristeza. Punto.

La ciencia se empeña en no “antropomorfizar” a los animales. Los falsos expertos dicen lo mismo. ¿A qué se refieren?

Bueno, pretenden que no asignemos emociones o motivaciones humanas a las acciones de los animales.

Esto es comprensible hasta cierto punto. Pero pervertimos el fin último. Lo que en realidad se hace con este término es despojar a los seres vivos de cualquier tipo de emoción, sentimiento o consciencia. Hace una semana se publicaba un artículo que “demostraba” que los gatos tienen consciencia de sí mismos. Imagino a cualquier lector gatófilo de este artículo elevando una ceja y riendo. ¿Qué necesidad tenemos de que vengan a contarnos ese cuento?

Pero así es. Lo hemos visto en España con los toros. Donde filas infinitas de zopencos -entre ellos filósofos y veterinarios- han aseverado idioteces tales como que los toros no son conscientes de sí mismos, que no pueden sufrir dolor porque no tienen un concepto del mismo, o que su capacidad neuronal para sentir las brutales estocadas es inferior a la humana. En fin, Maripili, qué te voy a contar.

Somos una especie tan oscura que necesitamos recurrir a perversas teorías pseudo-filosóficas para justificar nuestra maldad.

No solo estamos logrando extinciones de proporciones siderales, sino que necesitamos reducir al nivel de cosa todo lo que no sea humano. Aunque tampoco es que con los de nuestra misma especie destaquemos por nuestra empatía, compasión y bondad. A muchos solo les preocupa comer, sus orgasmos -en esta época tan avanzada los orgasmos pueden ser desde sexuales hasta ludópatas- y matar el tiempo.

¿No seremos nosotros acaso la primera especie necesitada de uno de estos diseños experimentales?

¿Nos vendría bien quizás? Una serie de esas pruebas soporíferas y ridículas para determinar que aún somos conscientes, que tenemos empatía, que podemos reconocer la existencia de otros. La clase de tonterías que les plantean a delfines, gatos y leones marinos, solo que con influencers, futbolistas y políticos. Por poner un ejemplo. Que el pueblo elija.

Hace unos días, el periodista Xavi Ayén publicaba en La Vanguardia un reportaje sobre el escritor Alejandro Palomas y cómo su viaje a Tierra del Fuego le sirvió para escribir un poemario.

Una flor nunca es solo una flor. Y estos emperadores, anidan siempre en tu corasón. Enga, gente, dadme un premio de poesía de esos. Crédito: DPReview.

En el mismo, el autor mencionaba la colisión entre la visión del artista y la del científico derivada de la observación de pingüinos junto a una experta bióloga en ese campo. Cómo la visión del primero concibe a este animal, y el modo prediseñado en que el segundo piensa en el pollo del hielo. Para él, esto son dos lenguajes diferentes: el del autor animalista y el del científico esclavo del método científico (los calificativos son de yo).

Pero servidor va más allá. Creo, como científico, escritor y en ocasiones músico y/o artista plástico, según la píldora que me tome o me deje de tomar y la cantidad de años en mi whiskey, que me lo puedo permitir. La visión de un artista como Palomas, su lenguaje, es algo dinámico, original, propio de un ser realmente vivo y consciente. Es lo que muchos artistas compartimos en mayor o menor medida, con una paleta infinita de colores, a pesar de las diversas posiciones con respecto al bienestar animal que se puedan tener.

El artista se esfuerza en ver la vida, en desnudarla y en reinterpretarla con su propio lenguaje en su formato, sea este cual sea.

Pero siempre, antes de deformarla y reconstruirla, la habrá observado con ojos puros, con una mirada limpia en la que, de un modo u otro, quedará algo de esa verdad. Y ya luego vendrán las perversiones de cada uno a construir la obra que el creador se haya marcado como objetivo. Y quede claro que no todo el que escribe es escritor. Esto lo vengo diciendo desde que era un criajo, y mi querido Antonio Gala me da la razón. Así que los demás a callar.

Pero el científico, por el contrario, suele ser un cuerpo entrenado para sistematizarlo todo. Un cerebro con la costumbre de concebir a los demás sin emociones y con el vicio compulsivo de ordenar, categorizar y justificar el mundo, el inmenso universo, bajo un conjunto limitadísimo de reglas y de un método científico más viejo que el ca… deposicionar. Un científico siempre se hace, por suerte no nace.

Mas debería decir que un científico es un ser que se deshace para así poder deshacer a otros y contribuir a  un relato de conocimiento constreñido a la percepción humana.

Pictograma de la tontería estructuralista que nos vienen repitiendo desde que eramos rayones en educación elemental. Nada de ciencia y arte en el mismo individuo. Herejes. Crédito: Dental Tribune Latin America.

Este proceso de transmutación de las mentes responsables de proporcionar avances a la sociedad en máquinas de pensamiento complejo, acciones automatizadas y límites que no perciben, ¿no es un reflejo perfecto de la la raza que ha logrado desandar el camino evolutivo y tornarse ectoparásita?

Que no me diga el lector que no es una bella metáfora, una triste analogía, una aliteración final de la historia de una macro-extinción ya anunciada.

Se supone que estos sean los diarios de campo de un joven científico. Pero como están destinados a que sean leídos por alguien más que mi loquero, es debido proporcionarles una coherencia mínima. Siempre me sorprende de qué modo algunas de las lecturas y pensamientos errantes de la semana son capaces de ordenarse y construir un relato con sentido.

Una redacción que me lleva a concluir y afirmar que nos iría mucho mejor en una sociedad dominada por científicos crecidos en floristerías, con miradas de artista y consciencia de cuanto existe más allá de sus propias necesidades.

No hay que preocuparse de antropomorfizar a los animales. Lo que debe inquietarnos es la imposibilidad biológica y filosófica de acercar al ser humano al nivel de consciencia de cualquier animal. Quien fuera mejillón.

Soy un tipejo engreído y cargante metido a mejillón. Y este es mi conciencia. Me está devorando. Crédito: Catalunya Vanguardista.

Nota al pie: Las ideas abruptas e inoportunas que se convulsionan a ratos en mi mundo onírico son responsables de que la serie de artículos sobre la evolución se retrasen una semana.

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