Charles Darwin. Selección Natural. Cuántas ideas preconcebidas contienen este nombre y el concepto, esta cosa que se ha vuelto deidad para millones de científicos. Qué útil nos resulta para explicar fenómenos naturales de forma rápida. Sin necesidad de entrar a las profundidades de  “cómos” y “porqués”. La Teoría de la Selección Natural facilita la comprensión de la aparición y desaparición de especies, la fijación de caracteres, es un puente para el común del público; también es responsable de tornar a varias generaciones de científicos en una banda de haraganes intelectuales e incapaces mentales. No exagero, que es lo que el lector puede estar pensando. Ojalá.

El panorama científico, el biológico, en el que se usa la Selección Natural como causalidad suprema, como escalera de color, se presenta deprimente y aterrador.

Con este artículo inauguro una serie que nos acompañará las próximas semanas. Nos desviaremos momentáneamente de Farli y la línea de artículos previos, con vuestro visto bueno. El objetivo primario son los males endémicos del mundo académico; se ramifica posteriormente en un análisis de por qué la mala salud de la investigación afecta de forma directa a la relación de la especie humana con el medio ambiente.

La explosión de una epidemia que la ciencia es incapaz de explicar, a pesar de poner en ello todos sus legendarios recursos, materiales y humanos, ofrece el panorama perfecto a un joven biólogo para reflexionar. El mundo se detiene, las becas desaparecen, los docentes, tutores y jefes de departamento se relajan en sus funciones. Todo adquiere el relieve desdibujado de la distancia. Los silenciosos laboratorios devuelven un eco viejo, que uno no reconoce ni respeta.

Laboratorio cualquiera vacío y con lágrimas ectoplásmicas esperando experimentos.

La ciencia está en evidencia, sus “mejores mentes” están en evidencia y no dejan clara otra cosa que no sea su ineptitud. Es momento, y se hace imperioso por causas ecológicas, morales e intelectuales, de analizar los cimientos de nuestro anfiteatro científico. Pues incomoda la sensación de sostenerse sobre pilares huecos. Es ineludible desafiar al canon, tarea de la que toda nueva generación de científicos es la única responsable. A pesar de los siglos que esta actividad hibernó cómodamente.

A muchos nos vendrá bien hacer un repaso del panorama intelectual evolutivo.

¿Que por qué a todos y no sólo a los pocos científicos que nos dedicamos a esto? Pues porque si bien en el pasado dios era la ley suprema y el ser humano su creación preferida, la Selección Natural  suplantó esa posición, y el ser humano continúa ocupando el lugar privilegiado como “criatura mejor adaptada”. Esto a pesar de la afirmación de Charles Darwin de que su teoría arrebataba al ser humano la posición de joya de la corona en el reino animal, y lo tornaba un igual con el resto de criaturas. Ja, pobre. En esto, como en muchas otras cosas, el hombre fue un iluso.

Así es, que el público no se soliviante. Acabo de llamar iluso al señor de las barbas ese cuya caricatura adorna, aún a día de hoy, la etiqueta de anís del Mono. Se idolatra y tilda de genio a un hombre que, a día de hoy, hubiera perecido por, según su propia teoría, una incapacidad crónica para adaptarse; y un incesto sostenido durante generaciones.

Darwin mono. Darwin barbas.

Antes de continuar, aclararé que soy una de las escasas personas que se ha tomado el trabajo -o placer, esto va en función de los anti psicóticos que necesites al día- de leer todo lo que Charles Darwin escribió. Tanto en español como en inglés. Los escritos disponibles para el público. Y los que solo están al alcance de las personas con acceso a las bibliotecas de la Universidad de Cambridge, el Imperial College o la biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford.

Mi pasión es conocer, entender la vida, desde sus más básicas partículas, hasta las formas más complejas. Con ello, aspiro a emplear el conocimiento para ofrecer una panorámica de la aparición y la desaparición de especies, y ejercer de cronista de las extinciones masivas causadas en el antropoceno por una plaga de simios venidos a más. Y para ello, conocer al hombre, derribar al ser mitificado, es primordial.

Y pese a este trabajo de desmitificación, o más concretamente debido a él, puedo afirmar que admiro a Charles Darwin.

Me he tomado mi tiempo para conocerlo, y entenderlo tan bien como puede uno entender a un fantasma. Pero independientemente de mis emociones debo emitir mi juicio: fue un hombre incompetente para la mayoría de las funciones sociales, dotado de un pensamiento particularmente lento aunque afilado y de una aguda capacidad de observación. Tampoco estaba falto de defectos más serios como el machismo, racismo o una cobardía incansable que le jugaba malas pasadas a su salud.

Charles Darwin fue tan solo un hombre. Una criatura que vivió en una serie de encrucijadas sociales, políticas, religiosas y económicas, que le colocaron en el camino perfecto para formular sus teorías. Comprender esto es crucial para abordar sin prejuicios los artículos que vendrán, y es por ese motivo que inauguro la serie de la Evolución con mi naturalista preferido. Con perdón de Mendel, a quien sigo sin considerar otra cosa que un monje con mente de matemático metido a botánico.

Seis son los factores que, a grandes rasgos, justifican el nacimiento de la Teoría de la Selección Natural de la mente de Charles Darwin: posición social, economía, suerte, contexto social, familia y círculo de amigos.

No voy a ahondar con esto en la propia teoría, eso es algo que dejo para el siguiente artículo. Tampoco voy a profundizar demasiado en ninguno de estos aspectos de la vida personal de Darwin, llevaría cientos de páginas. Y uno conserva algo de sensatez. Me voy a limitar a señalar cómo cada uno de los determinantes citados jugaron un papel imprescindible en la formulación de una idea que a día de hoy se ve reflejada en todos los ámbitos. Desde el científico, pasando por el conservacionista, el económico, hasta llegar a las mismas redes sociales.

El ser humano del siglo XXI ha construido su vida como un panal de barro alrededor de una serie de paradigmas que, ilusos de nosotros, consideramos inviolables.

Charles Darwin nació en una familia acomodada. Con un padre cirujano, Robert Waring Darwin, y la muerte de su madre, Susannah Wedgwood, a temprana edad, fue criado por sus tres hermanas. Hasta que más adelante sus actividades pasaron a estar bajo la estrecha y estricta vigilancia de su padre. Descendiente de una familia de intelectuales y naturalistas -su abuelo paterno, Erasmus Darwin, fue uno de los responsables de asentar los pilares de la teoría de la transmutación o de la Selección Natural-, el nivel de exigencia al que se vio sometido fue siempre elevado. Sin embargo, el joven Darwin era introspectivo, de salud delicada y dado a contrariar a su padre.

Darwin y los pinzones que arrumbó en una caja como zapatos viejos.

A los 16 años, en 1825, fue enviado a estudiar Medicina a la Universidad de Edimburgo.

En esta universidad, considerada un refugio académico para revolucionarios políticos e intelectuales, algo que en la época iba de la mano, entró en contacto con las corrientes de pensamiento alternativas procedentes de Europa. Allí, en la salvaje Escocia, adquirió sus escasos conocimientos sobre zoología, botánica y geología, mientras dejaba de lado las áreas pertinentes a la medicina humana. Las cirugías de la época, especialmente sanguinolentas y con abundante casquería, llenaban de horror al joven aspirante a cirujano, que solía marearse, vomitar e incluso perder el conocimiento.

Transcurridos dos años, fue enviado por su padre a la Universidad de Cambridge, a estudiar Teología. Si el muchacho no servía para sanar, al menos podría rezar. Pero estos horizontes quedaban lejos del interés de un joven que disfrutaba analizando cada detalle de las flores, los estratos rocosos o la distribución de los insectos.

Se pasó la mayor parte del tiempo montando a caballo, bebiendo en los pubs de la ciudad y dormitando en las apacibles orillas del río Cam; una actividad que yo mismo he practicado y no puedo reprochar. También tuvo contacto con los enfoques naturalistas de la religión. Aquellos según los cuales dios creó a todas las criaturas tal cual existen, inmutables en su apariencia, así como en distribución geográfica, ¡todas inmutables, Marisol! Como una hamburguesa de un euro. La aparición de nuevas especies, o su extinción, era totalmente impensable. El joven naturalista no sintió gran simpatía por estos postulados y solo se llevó de la Universidad de Cambridge una sólida formación botánica.

Rio Cam con sus pertigueiros, y al fondo el King’s College.

La vida de Darwin no iba por buenos derroteros y su futuro era cada vez más incierto con un padre profundamente decepcionado con él.

La buena fortuna quiso que, gracias a la recomendación de uno de sus mentores, e inspirado por las narraciones de Alexander von Humboldt, fuera contratado como naturalista del HMS Beagle. Su capitán de 26 años, Robert Fitzroy, un aristócrata profundamente atemorizado por la perspectiva de soledad en un bergantín tripulado por rudos e ignorantes marineros durante cinco años, se dejó engañar por quienes le presentaron a Darwin como un prodigio. Sin embargo, la verdad era que Darwin carecía de la estricta formación como naturalista que exigía el puesto, amén de que su agudeza mental pronto le granjeó la antipatía del capitán. Razón por la cual, aparte de sus constantes mareos en alta mar, Charles Darwin pasó tan solo dieciocho meses a bordo del barco.

Dedicó el resto a recorrer Sudamérica, y otros territorios, a pie. Aquí jugaron un papel fundamental la suerte y las buenas relaciones de Darwin, pues si bien el objetivo del viaje era evangelizar a los salvajes de Tierra del Fuego, contaba con una libertad inusitada al tratarse de un naturalista. Se suponía que, durante su viaje, Charles Darwin debía recoger ejemplares de todas las especies vegetales y animales que se encontrara para enviarlas a Londres.

Foto del HMS Beagle en el estrecho de Magallenes tomada por el capitán Fitzroy para su Instagram.

La realidad fue bien distinta, pues Darwin siempre fue bastante inconstante en sus obligaciones, y se comió la mayoría de los animales que capturó, acumulando el resto de mala manera, sin etiquetar de forma adecuada los cuerpos conservados de forma incompleta. Un trágico error cuya magnitud comprendió años más tarde cuando pensó que debían de existir muestras únicas de adaptación entre los especímenes recogidos en su viaje. Pero apenas disponía de archivos a los que recurrir.

Son famosos los pinzones de Darwin y las tortugas de las Galápagos. Permítame el lector sacarle de la confusión. Darwin se comió las tortugas, y nunca fue capaz de emplear los pinzones de las Galápagos para ninguno de sus proyectos. El responsable de dar con una correlación entre picos y nichos tróficos fue el ornitólogo John Gould.

Los pinzones de Gould.

A su llegada a Londres, la figura de Darwin se vio impregnada de fama y prestigio. Esto fue en parte a sus diarios, publicados poco después, y en parte a la labor de sus amigos, que siempre cuidaron de engrandecer y cuidar la imagen social del naturalista.

No obstante, Darwin sufría a menudo el problema que hoy conocemos como síndrome del impostor. No en vano todas las correlaciones paleontológicas a partir de los fósiles por él recolectados recayeron en otras mentes. Mentes que, no obstante, no fueron capaces de ver la relación entre presiones selectivas y la aparición y desaparición de esas especies. Hay que tener presente la negación de las extinciones en aquella época. Fue Darwin quien supo ver la constante lucha que conlleva la existencia.

Así mismo, fue el responsable de identificar la presión que las adversidades ejercen en la fijación de caracteres ventajosos y la eliminación de los débiles. Se vio inspirado en buena parte por las obras del economista Thomas Malthus, según el cual la población se incrementa geométricamente, mientras que la abundancia de alimentos lo hace aritméticamente. Esto es, siempre habrá demasiadas bocas que alimentar, por lo que siempre habrá individuos más débiles que serán descartados por selección natural. Una vez más, la mente de Charles Darwin fue la pizarra en blanco donde el resultado del trabajo de terceros cobró un sentido unificado.

En 1838 Darwin contrajo matrimonio con su prima-hermana, Emma Wegwood. Esta era un práctica habitual en la sociedad británica, cuya crítica era tabú, puesto que la misma Reina Victoria estaba casada con su primo. El dinero de su esposa, sus propiedades, y más tarde la herencia del padre del naturalista, le libraron de la onerosa necesidad del trabajo.

En 1842, Darwin se mudó con su familia a la casa de su mujer en la villa aislada de Downe, en Kent. Fue en este lugar donde llevó a cabo su trabajo con pichones y plantas. En estos dos animales, y puntualmente en Anélidos -lombrices de tierra-, Darwin basó sus observaciones para redactar “El origen de las especies”. Si alguno de los lectores se aproxima a esta obra esperando profundas cavilaciones ilustradas con ejemplos recogidos en Sudamérica, Australia o Nueva Zelanda, se llevará una decepción al toparse con un tratado de estilo casi filosófico sostenido en las observaciones de la cría de pichones y perros de caza, obtenidas por Darwin de los granjeros de toda Gran Bretaña, y por él mismo de sus propios animales.

Una vez más, el mito resulta ser falso.

Y no podemos culpar al naturalista, sino a la pobre educación recibida en colegios y universidades. Se presta más atención a forzar con colador un par de frases en la mente de los estudiantes, y los profesores ignoran su obligación de enseñar hechos con métodos prácticos. Los alumnos pobremente educados se convertirán algún día en profesores, y la farsa perdurará. Tal y como sucede con la selección artificial, por la que una característica como, por ejemplo, las arrugas de los perros Shar-Pei, es favorecida, a pesar de cegar a los animales; selección esta que inspiró a Darwin mucho más de lo que pudieron hacerlo sus incompletos diarios de viaje a bordo del Beagle.

A pesar de la magnitud de sus hallazgos, Darwin se sentía temeroso de publicarlos. Atentaban contra dios, la religión, la Corona y la misma sociedad victoriana. No era infrecuente en la época condenar al ostracismo a cualquiera que amenazara estas instituciones.

Sin embargo, en la vida de Darwin, hubieron de suceder una serie de desgracias que le darían el impulso necesario para autorizar a su defensor en los círculos sociales Thomas Henry Huxley, la publicación de la primera edición de “El origen de las especies”. Uno de sus hijos, Charles Waring Darwin murió poco después de nacer con malformaciones físicas y deficiencias cognitivas. Además, su hija favorita, aquella que siempre le ayudaba en el invernadero, y con la recolección de muestras, murió en 1851. Esto supuso para Darwin un golpe terrible. Su salud, siempre débil, empeoró muchísimo. Comenzó a tener delirios en los que aparecía su hija muerta.

Le acosaba su creencia de que la consanguinidad era responsable de fijar características negativas y producir descendientes débiles. Como él mismo, como sus hijos eran ejemplo.

El propio Darwin, y su esposa, descendían de una familia donde la endogamia era tradición. Por último, recibió una carta de un zoólogo británico, Alfred Russel Wallace, en la que le informaba de sus avances con una teoría extremadamente similar a la que el propio Darwin llevaba años desarrollando. Temeroso de perder la primicia, y sintiendo que era un modo de compensar la muerte de su hija, lo que sentía una irresponsabilidad al casarse con su prima-hermana, autorizó a Huxley la publicación de su obra. A pesar de lo cual el autor se ausentó de la presentación oficial y de los acalorados debates en la sociedad londinense; ejerciendo Huxley el papel de defensor, tarea que emprendió con gusto por amistad y motivos propios.

La obra de Darwin tuvo una acogida desigual. Fue aplaudida por los naturalistas más jóvenes y alternativos. Mientras que la prensa se burló del autor, y la iglesia anglicana se distanció de su familia. Aún quedaba mucho trabajo para desarrollar la Teoría de la Selección Natural que hoy conocemos. Serían necesarias aportaciones posteriores del mismo Darwin y de otros naturalistas tras su muerte.

La teoría de Charles Darwin dio la vuelta al mundo. Tanto fue así que en España, una joven marca de anís, usó la caricatura del naturalista para ilustrar sus etiquetas. Y aún a día de hoy perduran.

Así mismo, Darwin incluyó conjeturas erróneas, como la de la fijación de un carácter somático hipertrofiado en la descendencia. El Lamarckismo de toda la vida: es decir, si usas mucho el brazo derecho a lo largo de tu vida, y este te sirve para destacar frente a tus competidores, tus hijos tendrán también un brazo derecho hiperdesarrollado. No hay que culpar a Darwin ni a Lamarck, el payaso de la evolución, pues de algún modo esta conjetura se ha probado cierta en algunos casos extremos.

Lamarck y Darwin. Tenemos befas y mofas para todo Cristo.

Tras la muerte de Darwin, su teoría fue relegada al olvido durante años. Fueron necesarias las aportaciones de Mendel, un señor de estos cuya capacidad mental abrumaría a Darwin, y la de otros ecologistas, para colocar la Teoría de la Selección Natural en la posición que merece. O merecía, porque descubrimientos logrados con el uso integrado de matemáticas, física y biología, llevan años demostrando que eso de la evolución es más complicado de lo que parece. Que Darwin hizo un trabajo titánico a pesar de sus cuitas, y que es hora de seguir su ejemplo desafiando el dogma imperante, y ofrecer una explicación del origen de la vida, y de su desaparición, más exacta cada generación.

Paradójicamente, de no ser por el dinero familiar, por la simpatía que su agudeza mental y buen talante despertaba en sus coetáneos, Charles Darwin hubiera muerto sin llegar siquiera a escribir una sola página.

Es obvio que no estaba preparado para ser seleccionado positivamente por la naturaleza para transmitir sus genes ni para llegar a la edad adulta. Aún así lo hizo, gracias a la burla constante que la sociedad humana hace a la Selección Natural, y con ello demostró que la Selección Natural no tiene nada de perfecta y cuán lejos está de ser divina. Una lección que, me temo, es necesario recordar a millones de científicos. Quizás así comiencen a pensar como criaturas independientes y sin adoctrinar. Para que los balidos de borregos altamente formados en técnicas y teorías abandonen nuestras universidades, y sean sustituidos por la fresca brisa del pensamiento libre.

En el próximo artículo, podremos abordar de forma específica la Selección Natural, armados con el conocimiento de quién fue realmente su descubridor.

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