Diarios de campo

El océano. Creo que debo abordar este tema, tarde o temprano. En cierto modo creía haberlo hecho ya. Siendo uno biólogo marino, se pasa los días con las palabras «mar» y «océano» en la boca. Pienso que esa es la razón de que en mi mente se hubiera forjado el recuerdo de hablaros de él.

¿Y qué tiene que deciros nadie respecto al océano? Bueno, a no ser que seáis investigadores añejos en el tema, hay muchas cosas que se pueden decir de él.

Sin embargo, una lleva tiempo causándome picazón. La de la piscicultura y el comercio de organismos marinos para la acuariofilia. Voy a dar con el tenedor de las palabras en el hueso más indolente y duro del esqueleto de la indiferencia.

Los peces, ¿acaso sienten dolor? ¿Están tan vivos como los animales terrestres que, de pronto, nos parecen a una escala superior de sensibilidad solo por compartir el medio con nosotros? Ni siquiera son mamíferos marinos, o tiburones gigantes. ¿Por qué habrían de importarnos los peces?

Pez de aguas profundas con la vejiga natatoria protruyendo por la boca tras sufrir cambios bruscos de presión. A mí no me dolería. Crédito: ResearchGate.

Bueno, biológicamente hablando, no deberían importaros. Claro que, biológicamente hablando, no deberían importaros muchas cosas por las que, me apuesto los tatuajes  de la nuca, algunos ejercéis un twitter-activismo intensito. De esos que dan ganas de preparar unas cuantas cubas de tila y distribuirlas aquí y allá.

Así que puestos todos en esta modernez de la moral, la ética, la justicia (que buena gracia me hace a mí este personaje de DC) y la conciencia, no está de más destinar una porción a ese medio -el océano, leñe, lo dice más arriba- sin el cual no seríamos tantos, y más que probablemente no seríamos.

Estoy seguro que si le planteara uno el tema a Yuval Noah Harari, historiador israelí metido a gurú de todos esos críos ya crecidos que nunca prestaron atención a las clases de historia y mucho menos se les ocurrió agarrar un libro por iniciativa propia, tendría para componer otro escrito mesiánico del estilo de las obras que lo hicieron célebre.

Así que como alguien le vaya con el cuento, le mando una maldición gitana. Bastante tuve durante años con el acoso de los libritos de turno -si el lector desea los títulos se los busca por sí mismo, que hoy Google no cobra-, como para encima verlo venir a componer otra obra con más obviedades.

Planteado ya el asunto del vínculo del hombre con el océano.

Estoy seguro de que muchos de vosotros diréis que os encanta, que os despierta sentimientos místicos, que os retrotrae a no sé dónde o que os distancia de la realidad (insertar adjetivo) que nos envuelve.

La magia del océano. Crédito: Mundiario.

Y eso sin haberlo visto entero, sin visitar sus profundidades, sin quedarse sin aire en él, sin haber sido atacados por alguna de las muchas bestias que lo pueblan -el hombre la principal- o sin ser testigos de las enormes islas de contaminación, crueldad, brutalidad y descomposición activa que lo enmarcan.

Y no tenéis por qué. Pero es importante tener presente eso. Que el océano, no tiene nada de místico, de mágico. El océano es un medio hermoso, salvaje y tan despiadado como cualquier otro, que agoniza más rápido que nadie mientras sus últimos estertores se ven salpicados por las heces de unos homínidos que, sin necesidad de que el señor israelí de arriba lo venga a confirmar, estuvieron a una tirada de dados de quedarse en fósiles.

Porque en el océano hay vida, y hay muerte.

Todos lo asumimos. Todos hemos visto documentales -he pactado con mi yo prepotente no hablar de lo que uno ha visto en solitario, y procurar limitarme a experiencias compartidas-. Pero en las últimas décadas, los océanos que nos son comunes, y a los que les somos comunes también, albergan demasiada muerte. En órdenes exponenciales en comparación con la vida que contienen.

Y unos de los principales responsables en ese sentido, son los señores implicados en comerciar con la vida que alberga en ellos. Porque luego están aquellos que perforan el fondo, que les instalan terribles decapitadores de aves llamados molinos, o que invaden los abismos con cables de telecomunicaciones que hacen posible que un biólogo marino pueda estar escribiendo esto mientras vosotros dormís en las tierras del Quixote. Y que cuando uno tenga pegados los párpados ya podáis leer estas reflexiones.

Unas reflexiones que, ahora que lo escribo, y como me dijo Alejandro Palomas, no deberían contener tanta acidez. Que si alejan al lector de lo que cuento, que confunden el mensaje, y convierten un buen contenido en uno desatendido…

Y lo estoy logrando en aquellos temas que me tocan de una forma no tan cercana. Pero uno es de Murcia, ha crecido a base de morder limones de la huerta y vinagrillo. La acidez me corre por las venas en una tasa tan alta que me sorprende que mi hemoglobina siga deseando abrazar las moléculas de oxígeno -chiste de biólogo, me se disculpe-.

Sí, volvamos al tema.

Cría de peces para la alimentación humana y captura de organismos marinos para los pijos que se gastan la pensión de manutención en instalar parodias absurdas de ecosistemas en los que albergan a criaturas con los instintos y las habilidades suicidas más efectivas e imaginativas que uno haya visto jamás.

Así que, por orden, empecemos por las granjas de gorrinos del océano. Las piscifactorías. Qué nombre tan horroroso. Es como si hubiéramos llevado la industrialización al territorio de Poseidón, o Aquaman, qué sé yo. Uno no conoce hasta qué punto está el lector familiarizado con estos templos del horror. A grandes rasgos, son jaulas flotantes en el océano, no en océano abierto, sino cerca de la costa, en las que se ceban acumulaciones obscenas de animales de una misma especie. Vamos, una granja del siglo XXI de toda la vida de dios.

Hay maltrato animal, hacinamiento, suciedad, periodos de vida cortos, medicamentos, hormonas, alto índice de ecto y endoparásitos, malformaciones, dejadez en el cumplimiento de las leyes y en los análisis veterinarios, y opacidad en la aplicación de las leyes por las autoridades competentes.

Si es que con esto sé yo que tampoco os voy a sorprender. En breve iré con algo que quizás os interese. Pero dejad primero que os construya un relato ordenado en la medida en la que el TDHA y el punkie de Arvo Pärt me dejen.

El problema con un conjunto de granjas flotantes situadas cerca de la costa -puntos estos donde se acumula más biomasa y biodiversidad en el medio fluido, pues el «océano abierto», lo que queda más allá de la plataforma continental, vamos, es un erial- es que todo lo que en tierra queda recluido a unas cámaras del terror, se difunde para todos lados.

Las heces, los alimentos no consumidos, los cadáveres en descomposición, los antibióticos líquidos y sólidos, los ejemplares fugados, todo acaba en el ecosistema. Con consecuencias catastróficas.

Algunas de las especies más cultivadas en todo el mundo -me voy a limitar al océano, pues el Panga (Pangasianodon hypophthalmus) da para un artículo entero en sí mismo- son la dorada, la lubina, las ostras, los mejillones, el engorde de atunes, las gambas y el salmón. En concreto el Salmón Atlántico (Salmo salar), que será la especie modelo para nuestro pequeño cuento del terror.

Piscifactoría de salmón contaminando las aguas prístinas de la Columbia Británica, Canadá. Crédito: The Maritime Executive.

 

Venga, animaos, que viene jaloumas… digo jalogüín.

Que decían hace unas semanas la FAO, la OMS y to cristo que el salmón es una de las fuentes de alimentación más sanas y seguras, así como fáciles de obtener. Es obvio que a esta gente les han untado con tanto dinero que ya no se escuchan.

El salmón del Atlántico, que poco o nada tiene que ver con el salmón del Pacífico (género Oncorhynchus), es una especie considerada extinta, o cerca de espichar la pata del todo, en su medio natural.

En tiempos pretéritos, con menos barcos, menos poder de pesca, nada de motores, y nada de máquinas de refrigeración, el rango de distribución de este animal se extendía por todo lo que da de sí el Atlántico en el hemisferio norte. Sí, hasta en España y Portugal los teníamos. Hoy en día quedan cuatro, endogámicos, enfermos, y mal contados, en su hábitat natural.

Mientras tanto, se extiende feliz como una especie invasora en el Pacífico, a donde llegó como especie para la cría, y las abundantes fugas en tiempos de mala mar les permitieron acomodarse tranquilamente.

El hecho de que hubieran sido seleccionados para crecer más deprisa, hacerse más grandes y reproducirse antes, no favoreció a la especie endémica de salmón del Pacífico.

El que el aumento de la agresividad inter e intra-específica fuera una característica secundaria e indirecta de dicha selección, tampoco ayudó a las distintas especies de salmón nativas. Por último, supongo que los juegos de las empresas salmoneras con la genética, para hacerlos todavía más grandes, más resistentes al frío y más, y más, y más, los convirtió en algo así como en los supervillanos del mundo piscícola en muchos lugares.

La cría de salmón constituye actualmente la segunda mayor industria de países como Noruega y Dinamarca. Los nórdicos tienen prohibida la cría de salmón en aguas abiertas, y deben hacerlo en recintos recluidos en tierra con estrictos controles en las aguas. Pero nada les ha impedido extender su industria a otros lugares, y exprimir sus recursos naturales hasta que ya no dan más de sí. Entonces se mudan a nuevos países, donde su mala fama es acallada con dinero aquí y allí, con ricos salmones y, cómo no, con el pensamiento generalizado de «el océano puede con todo», «solo son peces», y blablablá. Zoquetes.

La industria del salmón, en manos de empresas nórdicas, desde las patentes de los huevos de los animales, hasta las de los piensos y los antibióticos, así como el culo de los científicos a los que sobornan, es una bestia de muchas cabezas y un apetito voraz.

Quiero abordar el asunto siguiente, y el tema del salmón me daría para largo. Por algo escribí un artículo científico sobre el asunto tras evaluar más de 300 artículos escritos al respecto. Que esto no os llega de mi imaginación. Os cuento la conclusión: el mundo científico, en lo relativo a la industria del salmón, está comprado y amedrentado. Es prisionero del dinero. Por eso vamos a seguir escuchando lo sano que es. Seguiréis viendo filetes de animales de no más de nueve meses de edad, transportados en costosos vuelos, expuestos en cualquier supermercado. Por eso no me creeréis.

Países como Irlanda, Reino Unido, la costa Oeste de Estados Unidos, la costa Oeste de Canadá, Chile o Nueva Zelanda, son algunos de los lugares escogidos para vender su riqueza natural, para convertir sus maravillosos ecosistemas en pocilgas, a cambio de billetes.

Pero el salmón no solo trae lo que vulgarmente llamamos contaminación. No. También trae parásitos como piojos marinos y virus -sí, sí, virus; a ver si con esto del coronavirus queremos entender que cuando se perturba el ecosistema hasta extremos de espanto, tenemos todas las posibilidades de que el caos generado nos regale una nueva cepa de un bicho incapaz de morir, simplemente porque ya ha evitado todas nuestras barreras-.

Salmón del Atlántico en una granja en Canadá. Crédito: ExpediTom.

Actualmente, no existen vacunas para las enfermedades que aquejan a los salmones de granja; las bacterias y los virus ya se han hecho resistentes a todas ellas, y campan a sus anchas, colonizando especies salvajes.

Además, esta bella industria está siendo responsable de la extinción de uno de los ecotipos de orcas residentes del Pacífico Noroeste -podéis leer más sobre ecotipos en otro de mis artículos-; las estamos matando de hambre. Y por último están los asuntos de violaciones de derechos humanos, como los que se producen en las reservas de Nativos Americanos en Canadá, o en las factorías de Chile, con condiciones de semi-esclavitud, miseria y acoso laboral.

Los salmones de granja presentan altos niveles de mutaciones, acumulan los medicamentos que les administran y luego nos los metemos al cuerpo.

Salmón atlántico de granja con catorce piojos marinos visibles. ¿Apetecible? Crédito: Intrafish.

Pero ellos sufren una vida horrible y miserable. Los hemos convertido en un patético reflejo de una especie fuerte, feroz, que se enfrentaba a las corrientes, a los ríos, las cataratas, los depredadores y que inspiraba canciones, leyendas e incluso el zodiaco norteamericano; enhorabuena a aquellos nacidos en agosto, sois Salmones.

Cuando una granja de salmones termina con un área geográfica, sus especies nativas se han extinguido o se han marchado por la contaminación de las aguas y la desaparición de sus presas; el fondo acumula desechos, cadáveres en descomposición, lodo, y una pestilencia que cala el fondo del alma.

Pero la FAO, la OMS y la prensa dicen que el salmón es seguro y una fuente viable para producir alimentos.

Entre tanto, la industria del salmón empieza a extender sus redes. Actualmente posa su ojo de Sauron en algunos de los reservorios de agua más puros del planeta, los depósitos subterráneos de los Everglades. Ya han comenzado a extraer millones de litros del subsuelo para su modelo de cría en tierra, y poder repartir salmones como si fueran naranjas. Esto, dicho por ellos. Mientras los Everglades se secan, los sistemas costeros de Florida experimentan una eutrofización como la del Mar Menor. Y nosotros nos miramos el ombligo y pensamos que el coronavirus es algo malo. Ignoramos que lo peor está siempre por llegar.

Hasta aquí el castigo del salmón. Nos tocan los acuariófilos. Dije que íbamos a hablar del océano y los peces. Y hoy no se libra ni el tato. Así me salga un artículo de proporciones bíblicas.

Eso sí, debo poner límites. Voy a limitarme a los acuarios marinos, puesto que los de agua dulce requerirían más espacio del que dispongo.

Os cuento de qué va el pastel. Tener peces marinos es una afición muy cara, muy delicada, y requiere una gran inversión en tecnología. Mantener a esos animales con vida es… bueno, algo imposible. Como imposible es -o demasiado caro, que vienen a ser sinónimos- su cría en cautividad. De este modo, cada vez que alguien reclama un pez para su acuariete hay que secuestrar al pobre animal de su medio natural.

Nos lo contó Nemo, ¿recordáis? Paradójicamente, la película de marras condujo a un auge en la compra de peces y a una captura de especies exóticas que dejó los ecosistemas coralíferos tiritando.

Vosotros veréis belleza. Lo que hay en realidad es muerte. Crédito: Reef2Reef.

Los tontos de turno querían pescaditos de colorines, y como a los bichos no se les suponen las capacidades de sufrimiento que a los chuchos, a ello que se entregaron con un fervor consumista que ya les daba yo con una pala en to’l hocico, ya.

El proceso de capturar a estos animales es poco complejo, es bastante similar al que vierais en la película ya citada. A los peces los localizan en los arrecifes de coral unos pescadores asiáticos en condiciones de pobreza -esto no sale en la película, ¿a que no? Tampoco finjamos que le importaría a nadie-, drogan a los peces, los meten en bolsas, botellas o el invento que tengan para transportarlos y se los llevan a unas instalaciones la mar de imaginativas donde exponen a los animales a diversos antibióticos, de los más baratos, y a un proceso de «aclimatación». Lo que viene siendo no estresar mucho al bicho pa’ que no palme antes de tiempo.

No solo es el cambio climático. Crédito: CBS News.

Luego los venden a precios escandalosamente altos a países de contribuyentes de panza gorda, y los envían cagando leches.

Una vez allí… bueno, unos van directo a los acuarios particulares y otros a tiendas de peces con un personal más cercano a la incompetencia que los community managers de los políticos estos que festejaron los premios de «El Español» en el Casino de Madrid. Muchos mueren, el resto son vendidos sin ningún tipo de escrúpulos a gente que apenas sabe alimentarse a sí misma, cuanto menos a unas especies que hace menos de dos semanas eran salvajes.

Una vez en los tanques de cada uno, los peces suelen… a ver cómo lo digo, tener querencia por el suicidio. Saltan fuera del tanque con regularidad, encuentran cualquier hueco para hacerlo, se meten entre las hélices de los generadores de olas si estos no están bien sellados, se pelean entre ellos, acosan y son acosados, y bueno, así hasta que su promedio de vida de 3 meses se cumple y a sacar otros pobres desgraciados del mar.

Entre los problemas de su mantenimiento está que la gente los quiere como quieren un móvil, que entienden de ecología y de dinámica de poblaciones lo que una rana a un loro, y que los peces no se acumulan como los libros; dos del rojo, tres naranjas, y un par azules.

Que lo dicho sirva también para los corales. No olvidemos que son animales. No olvidemos que los necesitamos. Entre otras cosas, no los olvidemos, pues ya los podemos dar por perdidos.

Pero nos faltan los «Nemos» contemporáneos. Los Youtubers, estas criaturas sin dos dedos de frente enganchadas a los likes como un australiano a los opiáceos.

Hay cientos de canales, que acumulan millones de seguidores entre todos ellos, donde gente sin ninguna formación compra tanques, equipos y graban especies exóticas.

Todo para que detrás de las pantallas un grupo de unicejos con anomalías masturbatorias decidan imitarlos. Y engorden los bolsillos de la industria de los peces ornamentales, y la demanda siga aumentando.

Lo gracioso es estudiar a estos aspirantes a influencers, cómo dicen que desean enseñar el océano, inspirar a protegerlo, a conservar sus especies. La misma historia que nos cuentan y contaban las instituciones obsoletas de los parques zoológicos. Entre tanto, ellos mezclan especies incompatibles, en unos microecosistemas mal diseñados y peor mantenidos.

Pasado un tiempo, de estos animales, a los que se refieren como objetos, no se vuelve a saber nada.

Os presento a Paul Cuffaro, un saco de…. amante de los… Youtuber de peces de los mencionados. Mirad cómo acaricia a ese pez. Está protegiendo el océano. Crédito: Starsgab.

Por último, tenemos la modalidad del Youtuber de peces estadounidense, que mantiene lo que ellos llaman «monstruos acuáticos» en piscinas hinchables.

En esos barrizales decorados con «Dora la exploradora» por fuera, acumulan especies depredadoras de todas partes del planeta, especies cuya tenencia es ilegal. Y graban vídeos que les reportan decenas de miles de dólares practicando todo tipo de barbaridades con estas criaturas.

YouTube es muy «family friendly«, pero le importa tres pijos que se suban vídeos de maltrato animal. Una de las piscinas del terror, con un susodicho presto a grabar cómo devoran a más de un pez vivo. Por cuidar el mar y eso. Crédito: YouTube.

Es incluso más preocupante que no les salga ni una voz en contra, que todo sean halagos, comentarios necios e imitadores. Es alarmante la falta de inteligencia entre la especie humana. Pero lo es aún más la carencia de empatía que nos inunda.

Me gustaría que el lector me contara si aún ve los océanos de nuestro planeta como un lugar tan mágico. Y si realmente los peces merecen un maltrato sistemático como al que nosotros, los verdaderos monstruos, los exponemos.

Devolvemos la conexión.

Emilio José Serrano Loba
Marine Biologist, Writer, Bartender, Spirits Businessman... Looney Tune at part time.

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