Diarios de campo

Ultradarwinismo. ¿Soy el único que experimenta escalofríos al leer esa frase? Un prefijo de extremos, característica de seres irracionales, pegado a las malas al apellido de uno de los padres de la biología moderna.

Entre los científicos también es conocida esta interpretación de la evolución como neodarwinismo. Es menos agresiva, enmascara esos comportamientos más propios de una religión sectaria que acompañan al neodarwinismo.

No, no estoy exagerando. En el mundo académico moderno, la tendencia a seguir los preceptos de esta interpretación agrupa la gran mayoría de universidades y de grupos investigadores del mundo.

¿El motivo? No es apropiado retratar a una comunidad compuesta por decenas de miles de personas en unas pocas líneas, pero una de las razones que justifica el triunfo del ultradarwinismo frente a interpretaciones alternativas es su sencillez. Es fácil de entender. Y esto es crucial. Pues lo cierto es que el grueso de la población científica no es tan lista como creen y, esto importa más, como les gusta hacer creer a la sociedad.

Uno tiene permitido seguir, o buscar explicaciones, según las guías de las otras dos teorías alternativas. Pero en silencio. Sin decirlo en voz alta. Y en caso de hacerlo, más vale que estés armado con una buena cantidad de experimentos y hechos cuasi-irrefutables. De lo contrario, te arriesgas a no ser tomado en serio. No sufrirás linchamientos, ni habrá ataques abiertos. La academia procura mantener una atmósfera civilizada. Pero repentinamente se formará a tu alrededor una calva social en la que no arraigará nada. Las becas volarán. Tu opinión dejará, sutilmente, de ser tomada en cuenta.

Serás la sardina loca que abandona el cardumen.

Para explicar la inmensa diversidad de organismos, un solo precepto los guiará a todos. Crédito: Colegio Oficial de Biólogos de la Comunidad de Madrid.

No, esto no lo ha sufrido el que teclea. O quizás sí y no me he enterado. Suelo apuntalar todas mis intervenciones con toneladas de pruebas y referencias. Pero conozco bien esa técnica para eliminar al diferente que reina en los ambientes pasivo-agresivos. Comulga o perece.

Sin embargo, al igual que no todo el monte es orégano, tampoco está lleno de chinches. Y una interpretación de la evolución que acoge los trabajos de tantos investigadores, que nos ha proporcionado importantes avances, y que, por tanto, forma parte de la historia de la biología, debe ser explicada. Todo lo detalladamente que me sea posible, pues siempre me preocupa aburrir al lector con textos excesivamente largos.

A pesar de su nombre, el ultradarwinismo no se resume en los postulados de Charles Darwin. Viene a ser un acatamiento estricto de la teoría sintética. Esto, la teoría sintética, abarca los principales descubrimientos en materia biológica de los últimos siglos.

Integra la evolución de las especies por la selección natural de Darwin, la teoría genética de Gregor Mendel como base de la herencia genética, la fuente de variación sustentada en las mutaciones azarosas y, por último, la genética de poblaciones.

A pesar de todos estos componentes, la historia sigue siendo la misma: la supervivencia del más adaptado. En esa olla gitana tenemos Darwin, y todo lo demás son los pilares que a Darwin se le pasó establecer para sustentar su obra. Pocos los entienden, pero siempre se puede recurrir a ellos para defender una teoría que ahora es más difícil contravenir.

La lentitud. Los cientos de millones de años son clave para los neodarwinistas.

Pero tenemos ejemplos que los ponen en serios aprietos. El hecho de que los odobénidos, los miembros más jóvenes de la superfamilia Pinnipedia, tengan apenas unos miles de años que no justifican, de ninguna manera, su distancia genética, fenotípica y biogeográfica con las familias de los pinnípedos y los Fócidos con quienes comparten el árbol filogenético.

Hablando claro, Odobénidos = morsas, Pinnípedos = leones marinos, fócidos = focas.
Me pregunto a qué hubiera llegado esta especie de no ser por nosotros. Crédito: Crónicas de Fauna.

Es más, el ritmo de evolución y aparición de nuevos caracteres en las morsas era tal que, de no ser por este fenómeno del cambio climático que va a terminar con la especie, nos habrían continuando sorprendiendo con un nivel de aparición de nuevos caracteres que tumba con facilidad uno de los puntos clave del ultradarwinismo. Ese que sostiene que la aparición de nuevas características y especies es fruto de cambios lentos y progresivos.

Otro ejemplo lo tenemos en las orcas o los atunes rojos. Las primeras se reproducen únicamente con ejemplares con los que compartan tamaño, presas y rango de distribución. Con tan solo 750.000 millones de años, estos animales ya presentan diferentes adaptaciones fisiológicas (el tamaño de la cabeza, las aletas o la posición de los ojos) y etológicas (se comunican en frecuencias de sonido distintas, tienen presas diferentes y el tamaño de sus grupos familiares no se parece entre los distintos ecotipos).

Por parte del atún rojo, en la actualidad contamos con dos poblaciones, la del Atlántico norte y la del Pacífico sur, que llevan separadas un periodo de tiempo tan corto que en cierto modo ni nos dimos cuenta del momento en que quedaron separadas. No obstante, ya presentan diferencias en el tamaño, en la tasa reproductiva y en la distribución de tejidos clave para ellos, como el adiposo.

Atún rojo. El ferrari del mar. Crédito: El mundo.

A todo esto, se le llama evolución. Y los periodos de tiempo mencionados, por mucho que abarquen más que cualquier estirpe humana, son tiempos cortos en términos de la evolución.

Lo que implica que uno de los pilares del ultradarwinismo, el cambio lento y progresivo, funciona solo en lugares con estabilidad climática y abundancia de recursos. Cuando el medio ofrece dificultades a los organismos, estos demuestran, en ocasiones, la capacidad de desarrollar adaptaciones bruscas que llegan para quedarse e incluso dar origen a nuevas especies.

Quiero hacer una excepción por el tema que estamos abordando en este artículo, y definiré la Evolución según el lenguaje de los ultradarwinistas. Con ello no solo ayudaré a comprender su postura, sino también el punto hasta el que llegan sus extremos.

La evolución es el cambio de las frecuencias alélicas en una población. En cristiano, evolución es el cambio de la frecuencia con la que se transmiten los genes que determinan la aparición de distintas características en las nuevas generaciones.

Si insisto en profundizar tanto en este campo no es por otra cosa que por la importancia que tiene en el día a día de la ciencia. Desde médicos, biólogos hasta veterinarios, en todos los ámbitos, usan estos enfoques para aproximarse a los experimentos e interpretar los resultados.

El tratamiento de un paciente, el diseño de vacunas o medicamentos, o las medidas para proteger una especie, son tomadas desde la misma perspectiva. Una perspectiva que, cada vez más, demuestra estar anticuada.

Y cuando el ultradarwinismo se emplea para cosas tan importantes como evitar que se agoten las sardinas, que se genere una vacuna frente al SARS-CoV-2 o para desarrollar terapias más efectivas frente al cáncer, la comunidad científica está en la obligación de evaluar los pilares de su formación teórica y determinar que tal vez sea momento de ampliar el horizonte por el bien de nuestros “clientes”.

Como ya abordamos en una entrada anterior, el ultradarwinismo se caracteriza por ser realista, reduccionista y teleólogo-causalistas. Además, todo rasgo es una adaptación. Porque todo, desde una verruga en el culo, hasta el ángulo del empeine en el pie, está ahí para algo. Esta teoría de los años 30 echaba de menos a dios en sus planteamientos. O al menos a la facilidad que a nivel ontológico representa tener una explicación siempre disponible.

Si eres más bien tontico, el ultradarwinismo sería tu más favorita disciplina.

No hay necesidad de calentarse la cabeza, porque sea lo que sea lo que se esté estudiando, si está ahí será para algo. Nada de recurrir a complejos algoritmos o a teorías que coquetean con la física cuántica para justificar el patrón en la coloración de las alas de una especie de ave del paraíso.

Al igual que la frase recurso de Steve Urkel, “¿he sido yo?”, los ultradarwinistas disponen de su propio gancho.

En cierto modo, las principales características del ultradarwinismo parecen diseñadas por un niño pequeño y con tendencia a las rabietas.

El realismo implica que somos capaces de predecir el comportamiento de un fenómeno y de comprender perfectamente el funcionamiento del universo. Porque nuestro cerebro adaptado para engordar gorrinos es perfectamente capaz de percibir la realidad tal cual es. Vamos, que si no damos una en las predicciones climatológicas, o si no podemos determinar si un meteorito impactará contra la Tierra en el año 2027 es porque no queremos.

Nos vienen a decir eso y que la discusión sobre la Teoría de Cuerdas es una tontunada de los físicos que no saben que hay por ahí unos biólogos que consideran a Feynman un señor medio lelo, y que con el mero uso de su mente podrían resolver los mayores enigmas. Antes de creer que exagero, pensad que este pensamiento es el responsable de diseñar los fármacos que tomáis o tomaréis. El niño de arriba llamaría a esto: “Lo sé pero no te lo digo porque no quiero”. Pedorreta, gesto obsceno y mirada esquiva.

El reduccionismo es seguramente la parte favorita de nuestro niño hipotético. Si no entiendes el comportamiento del hámster, desármalo cuanto puedas hasta que des con el mecanismo que lo hace funcionar. Un fenómeno no es más que la suma de sus partes, la cual no influye en su funcionamiento en sentido alguno. Si entiendes cómo respira una célula, podrás comprender la respiración a nivel pulmonar. Pero cualquiera que recuerde sus clases de la adolescencia de biología, comprenderá que estos dos procesos no tienen nada que ver.

Teleólogo y causalista. Es la dos cosas al mismo tiempo. Aquí el niño interviene para responder a todo “porque sí”, gesto de desesperación y se encoge de hombros, enfurruñado; porque todo sigue un objetivo prefijado. Pero los señores del ultradarwinismo empezaban a sentirse avergonzados y decidieron aportar un granito que consideraron de lo más sesudo. Es decir, que todo lo que pasa, lo hace como consecuencia de las condiciones iniciales a las que se vio sometido. El genio humano no conoce límites.

Estamos cercanos a terminar esta tortura, tranquilos. Pero pensad que si perturbo vuestras mentes con estas informaciones cargadas de retintín, es con la esperanza de implantar un pensamiento más crítico con la ciencia, y una certeza de que la simple descripción de una persona como “científico” nunca ha de ser aval suficiente para no dudar de sus afirmaciones.

La duda es nuestra principal y más eficiente arma.

Un representante en el mundo académico de esta corriente de pensamiento no es otro que Richard Dawkins, autor entre otros libros de “El gen egoísta”. Este es con seguridad uno de los libros que más daño ha hecho a la ciencia.

Este libro lava cerebros con la maestría de un programa de la CIA. Crédito: Amazon.es.

Su autor representa a la perfección la personalidad de niño inmaduro atrapado en un señor mayor del que hablábamos antes. Su argumento favorito es el teleológico; o sea el de “porque sí”. El libro mencionado se ha vendido como churros en todo el mundo, y rara es la persona aspirante a pseudo-intelectual que no haya leído al menos dos capítulos del mismo.

Para el señor Dawkins, el rey del ultradarwinismo, somos prisioneros de nuestros genes, que compiten entre sí DENTRO DE NUESTRO CUERPO, para transmitirse a la descendencia. Los genes son inmortales, nosotros no tanto. Por este motivo, debemos desconfiar de la existencia del libre albedrío, del azar o la voluntad. Sea lo que sea que hagamos, desde correr rápido, levantar mucho peso, escribir artículos absurdos o matar gente, esto está determinado y escrito en nuestros genes. Porque al fin y al cabo no somos más que bolsas de carne mal empaquetada con mucha información escrita en nuestro interior que determina cada acción en nuestra vida.

No exagero si os digo que este etólogo considera que hasta el número de pelos de la nariz tienen un cometido destinado a facilitar la reproducción.

Richard Dawkins es ateo. Se burla abiertamente de la religión. Un mal vicio que le ha traído problemas. Pero al burlarse de la religión, se está burlando de sí mismo y del trabajo de su vida. Pues si uno lo piensa, este señor ha cambiado a dios por los genes y la selección natural, y ha abrazado ciegamente aquello de que todo tiene un lugar en los planes del señ… genoma.

Richard Dawkins, con su traje de los domingos. Crédito: Pinterest.

El problema es que es muy buen escritor, conoce a su audiencia y sabe vender su producto. Por este motivo, sus obtusos libros corretean felices por el mundo causando más mal que bien a la formación científica de la humanidad.

Y hasta aquí llega esta columna sobre el neodarwinismo. Como veis, es descorazonadoramente burdo y arcaico; parecido a las viejas religiones. El ser humano, al colocar esta corriente intelectual en primer lugar, parece empeñado en no avanzar jamás. A pesar de lo que se enseñe en los colegios y se repita en la prensa.

Quisiera aclarar que Darwin, ese señor del que esta rama de la biología evolutiva toma nombre, admitió la existencia de múltiples mecanismos evolutivos. Para Darwin, la naturaleza era plural y difícilmente cognoscible. En cambio, los neodarwinistas, afines a esa necesidad propia de movimientos unicistas, cultivan -y no hay mejor palabra para describirlo- la exclusividad de la selección natural como mecanismo de cambio.

Como leemos en “El Quijote“, <<en todas las casas se cuecen habas; y en la mía, a calderadas>>.

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