Esta semana se celebra la Cumbre del Clima, o como se la quiera llamar, en Madrid. Cientos de personajes controvertidos y muy preocupados se van a reunir para soltar palabras huecas, que los diarios reflejarán en la medida en que les aporten visitas. Se harán pactos. Acuerdos. Compromisos. Todos vacíos. Nadie hará nada. Y al terminar, después de comer bien y gratis, a subirse en otro avioncito para volver, cada uno, a su cubil.

Algunas de las grandes empresas, las que ya poseen tanto capital que han sobrepasado la idiotez de la avaricia y poseen ahora la astucia de la codicia, planean medidas para reducir su huella candente de desperdicios en el planeta de todos. Esto guarda relación con el próximo diario, sobre la Teoría de los Comunes, una idea muy interesante desarrollada por un señor muy nazi, qué le vamos a hacer.

Pero, regresando al estamento nobiliario del capitalismo, lo hagan por tratar de no matar a la gallina ponedora, o con el único propósito de mejorar su imagen pública, estas medidas son tan útiles como no hacer nada. Farli no sabe por qué, pero le recuerdan, las empresas estas, a Franco cebando al pueblo en la boda de su hija, o a cierto pasaje de Los Santos Inocentes…

Sea como fuere, los señoritos, amigos, siempre serán señoritos. Y los demás, deberíamos dejar de confiar en estas estructuras y gentes para que nos resuelvan la vida. Esta reflexión no se adentra en términos políticos, pues si hay algo de lo que Farli abomina aún más que de un filósofo, es de un político. Es una mera observación, como la de que una pedrada en la cabeza mata, y Farli tampoco es médico.

La Cumbre del Clima no debería reunir a cuatro políticos ineptos en ciencia y muy aptos para embaucar. El presidente de españa, y no me da la gana de poner lo uno ni lo otro con mayúscula, es un buen ejemplo de ello. Mírenlo soltar discursos con cara cariacontecida, como si supiera distinguir metano de butano, permafrost de congelador, o biodiversidad de abundancia. Este señor, que recorre la diminuta península ibérica en avión, que asiste a bodas en helicópteros Super Puma del Ejército del Aire, no está cualificado intelectualmente para soltar discurso alguno. Pero es que tampoco lo está moralmente. Calma en el hemiciclo. No se agiten las izquierdas, las derechas, los centros, los purpurina, los nacionalistas, y demás movimientos que os inventéis. Para Farli son todos lo mismo. Excesos de producción de la fábrica de la maternidad humana.

El utilitario de Pedro Sánchez.

Podría escribir líneas mucho peores dirigidas al alcalde de Madrid. Pero, honestamente, Farli no merece ensuciarse de semejante modo.

El Cambio climático no es de todos. Pero sí nos concierne a todos.

Son los ciudadanos del mundo los que deberían poder reunirse. Y consensuar. Tarea, la segunda, aún más imposible que la primera. Porque para detener, -qué digo detener, esto, queridos, es ya imposible-, el ascenso de la temperatura global, no basta con que miremos mal al sector industrial, a la emisión de los automóviles… En fin, son tantas las medidas estériles con las que los políticos y los dirigentes de marketing de turno deciden fingir, o incluso creer, que combaten algo, que no es objeto de estas líneas enumerarlas.

Redes sociales. Consumismo medido y desmedido. Dependencia psicológica de series y de producciones cinematográficas. Dormir en Tailandia, sacarse unos selfies y desayunar en el aeropuerto de Barajas con una tostada con jamón y tomate. Hamburguesas de un euro. Smartphones de cuidado diseño. Merchandising. Ídolos de masas. Climatización. Comida rápida. Sobrepeso. Reparto desigual de la riqueza. Pescado fresco en cualquier momento del día. ¡Marisco por Navidad! Disney-Marvel. Cultura de masas. Fitness world. Que si Navidad, San Valentín, Black Friday… Todas las comodidades y drogas blandas con las que nos hemos ido adobando la vida en estos tiempos post-industrialización, fuera.

Somos de extremos, pero de los suavecitos.

Eso, querido lector, eso tan extremo, es lo que debemos hacer para combatir el cambio climático. Todos nosotros. Pero no, ¿a que no? Mejor reciclar un poquito, criticar en Twitter, llevarse las manos a la cabeza, notar ese gustirrinín interno de cuando a uno le remuerde la conciencia al ver un cachalote muerto y relleno de plástico; porque, al fin y al cabo, ¿no demuestra eso que tenemos conciencia? Pues ea, qué bueno, a celebrarlo con una pizzica o un shushi, la cervecica, y a entretenerse un ratito con el streaming que nos llena el alma y las falsas endorfinas que los likes y followers nos proporcionan.
Si quisiéramos disminuir el ascenso de la temperatura global, y toda la retahíla de consecuencias que lleva tras de sí…

Vaya, está mal formulado. No queremos. No queremos modificar ni cambiar nada. Lo más extremo a lo que llegamos es al veganismo, hinchándonos de especies vegetales exóticas importadas o cultivadas a grandes costes para el medio ambiente. Y esto, el más que respetable y envidiable veganismo, es lo máximo.

Hay quienes creen que combaten el calentamiento global. Como los hippies-taxistas de esa niña valiente que ha tenido la suerte de poder gritarle al mundo su dolor y rabia. Pero eso, vivir en un catamarán bien caro, perdidos a intervalos en medio del mar, desconectados de las malas noticias y obteniendo ingresos de su papel como influencers, no es ecologismo, no es activismo. Es escapismo. Uno tan inteligente y eficiente que a Farli le dan buenas ganas de imitarlo.

Creemos que podemos combatirlo todo, y ganar. Como San Jorge y el dragón. Afilamos las lanzas en la Cumbre del Clima. Mas la verdad es que no, no podemos. Hemos perdido. Estamos acabados. Oh, no, no hay nada apocalíptico aquí. Esa gente lleva sombreros de aluminio, y a mí me arañarían la calva con sus aristas inclementes. Lo que hay es rabia. Ya se sabe, que las palabras con rabia, sobre todo si se ha enfriado y afilado, son las que llevan más verdad.

¿Quién nos dijo que fuéramos San Jorge en la historia? Alguien debía ser el dragón.

Arriba, la Naturaleza, enarbolando un palito bien majo sobre nuestra testa.
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