Joseph E. Stiglitz

Los liberales, preocupados durante décadas por la amenaza comunista, comienzan a dirigir ahora la mirada hacia su derecha; a sus tradicionales aliados conservadores. Los miles de millones de dólares que los millonarios neocón están comenzando a invertir, directa e indirectamente, en políticas “iliberales” (como ellos mismos las denominan) está comenzando a tener eco, ¡y ya era hora!, en las obras de los bienintencionados liberales, convertidos ahora por la fuerza del dinero y de las masas populistas que siguen a este neoconservadurismo emergente, en apetitosas piezas de presa.

‘Capitalismo progresista. La respuesta a la era del malestar’ (Taurus, 2020) es un libro donde se huele el miedo. La amenaza de una estrategia conservadora ha activado a los liberales, los ha sentado delante de los ordenadores y los ha puesto a analizar porqué el conservadurismo es una amenaza seria al bienestar de la mayoría de las personas (ellos incluidos). Y, de paso, ha conseguido algo que hace solo un lustro parecía imposible: los ha obligado a posicionarse claramente como lo que, desde un comienzo, fueron, son y seguirán siendo: una familia ideológica progresista o de izquierda.

A la vista de la reacción de Stiglitz, la amenaza conservadora debe ser percibida como seria y realmente amenazante porque, a diferencia de a lo que nos tenía acostumbrados en sus últimas anteriores obras, ha recuperado aquí su estilo analítico más profundo y mordaz, combinado con una claridad expositiva y contundencia propositiva como no le veíamos desde el siglo pasado. ¡Aleluya!

Todo esto, junto con su contenido urgente y necesario, hace que el libro nos parezca la obra más importante de Stiglitz en este s. XXI y, sin duda, una propuesta interesante a tener en cuenta. No obstante, durante su lectura, uno se da cuenta de los autores recientes de los que bebe Stiglitz en cuando a ese discurso progresista y liberal de fondo que tan claramente exhibe. En este libro hay notas claras de Paul Krugman, de Paul Mason, de Mariana Mazzucato, de Thomas Piketty, de Robert Reich… aderezados de otros autores clásicos como los omnipresentes y sibilinamente nombrados Joseph Schumpeter y John Maynard Keynes. Una base teórica que sitúa a su liberalismo en contacto con la socialdemocracia europea, sin renunciar a su “toque estadounidense” de defensa de una financiarización de las sociedades y una reivindicación del capitalismo como modelo económico viable. Una propuesta solo levemente distante del políticamente correcto “postcapitalismo” de Mason y otros.

Liberales en guerra

Los liberales se han dado cuenta ahora de que las reformas emprendidas desde la era Reagan en los ’80 eran (y son) parte de una agenda ideológica conservadora con consecuencias prácticas en todas las áreas sociales y que, en la economía, ha venido creando fuertes disfunciones que Stiglitz condensa en “crecimiento lento, pocas oportunidades, ansiedad creciente y una sociedad fraccionada.” (pag. 238). Cuatro síntomas desarrollados a partir de una gestión conservadora del poder que, más allá del respeto a las reglas comunes y los principios de la moral pública de que se creían dotadas las sociedades occidentales, ha tenido por objetivo deteriorar la confianza en las institucionales democráticas, fragmentado los electorados progresistas y dividido la sociedad alrededor de sus pilares actuales con la intención, poco disimulada, de construir otros nuevos alrededor de la agenda neoconservadora en marcha.

Portada de Capitalismo progresista, de StiglitzLa puesta en marcha de esta estrategia la ve Stiglitz en Reagan, en George H. W. Bush pero, sobre todo, en Donald Trump. Basa esta última referencia en la tendencia de Trump por substituir una desregulación de los mercados antaño orientada a la aceleración de la globalización, por otra tendente a la guerra comercial, al enfrentamiento sociocultural con los demás bloques económicos (en especial, China y Europa) y, en último término, a la desglobalización y al proteccionismo tribal y de clase. Porque esta es una guerra no de los conservadores en general sino, en concreto, del conservadurismo religioso neoconservador de raíces estadounidenses -con tentáculos, extendidos a través del dinero, a otros países, como a la Inglaterra del dúo JohnsonFarage o a la Hungría de Viktor Orban, por poner dos ejemplos próximos.

Hasta tal profundidad llega el análisis crítico de Stiglitz con su propia familia ideológica en ‘Capitalismo progresista’ que llega, incluso, a analizar su fragmentación a la hora de enfrentarse al enemigo común y, así haciendo, maximizar las posibilidades de (com)batirlo: “Por desgracia, y demasiado a menudo, los temas sociales como el aborto y los derechos de la población gay han sido un obstáculo a la hora de abordar las cuestiones básicas de la economía: esas sobre cómo podemos llegar a crecer con igualdad.” (pág. 204).

Llegando incluso a echar mano del Dr. King para afirmar que aunque “algunos sectores argumentan, por ejemplo, que centrarse en el empoderamiento y los derechos económicos desvía la atención del empoderamiento y de los derechos raciales y de género. Martin Luther King Jr. Entendió que la justicia económica y racial es indivisible (…).” (pág. 234). Se podrá estar de acuerdo o no con Stiglitz, pero por fin da voz desde el liberalismo a uno de los debates más contundentes y decisivos de la izquierda de clase en los últimos años: aquel sobre los efectos de los debates identitarios fomentados desde el postmodernismo a la lucha tradicional obrera y de clase. Sin duda, una reflexión necesaria e interesante por venir, ¡por fin!, desde el liberalismo.

Las armas liberales

Aunque pretenda dividir ‘Capitalismo progresista’ en análisis, la primera parte, y en propuestas, la segunda, no es posible analizar la realidad sin ir deslizando ya ideas de cara al presente y el futuro complejo en que estamos viviendo. Y Stiglitz realiza estas propuestas con contundencia, siendo concreto, y dejando claras sus dudas cuando no tiene clara qué postura sería la más conveniente a la hora de afrontar un tema delicado (como el combatir las mentiras de los conservadores en su siembra de la desconfianza y búsqueda de la fragmentación a través de las fake news o su puesta en duda de las instituciones democráticas fundamentales -con el gobierno, la justicia y los medios de comunicación en la punta de lanza de este discurso-).

Entre todas sus propuestas nos quedamos con algunas de las más aplicables al contexto europeo y, en concreto, al contexto español -pues este es un ensayo que, aunque identifica y analiza tendencias globales, lo hace desarrollándolas a partir de un contexto principalmente estadounidense-. Entre las más significativas en ‘Capitalismo progresista’ están las que afectan a sectores clave de nuestra sociedad y nuestra economía:

-Mejorar el poder de negociación de la clase trabajadora mejorando los salarios (objetivo en el que hemos avanzado bastante, recientemente, al situar el Salario Mínimo Interprofesional en los 950 €).
-La reforma de las leyes antimonopolio para adaptarlas a la nueva realidad económico-tecnológica a la que estamos entrando durante este s. XXI y de la cuál se derivan profundos cambios con efectos en el empleo y la capacidad de las sociedades para generar riqueza.
-La reforma del sistema tributario hacia una mayor y mejor redistribución hacia debajo de los ingresos, recuperando el impuesto a las grandes fortunas y frenando la tendencia conservadora de querer convertir (a través del poder dinero) a nuestras democracias en sociedades plutocráticas.
-Nuevas políticas de vivienda dónde se mejoren los sistemas de información de forma que se pueda mejorar el poder de negociación de las personas y reducir el poder de transacción que tienen actualmente los intermediarios y los grandes constructores; entre otras cosas reformando los sistemas de tasación o aumentando los impuestos a la tierra para los rentistas y terratenientes.
– Etc.

‘Capitalismo progresista’ (Taurus, 2020) llega en el momento justo para que despierte el liberalismo frente a la amenaza conservadora. Y aunque, a veces, es demasiado redundante con algunos puntos, y para un lector europeo puede tener unas raíces demasiado implantadas en los USA. Su análisis de la realidad global y la universalidad de la gran mayoría de sus propuestas convierte este libro en una lectura interesante, a la altura de los mejores ensayos de Stiglitz que, por fin, parece despertar de su letargo intelectual de asesor y conferenciante para tomar un papel más activo. Falta hacía.

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