La objetividad que se presume que debe tener cualquier reseña se va al traste cuando conectas al 100% con una novela. Ante una situación así, no puedes más que rendirte ante ella y recomendarla a ojos cerrados. Algo así me ha sucedido con “Asesinato es la palabra” de Anthony Horowitz (Stanmore, 1955), publicado por Catedral. No puedo (ni quiero) ser excesivamente sesudo, análitico o similar: la primera entrega de la serie de Hawthorne es una completa delicia, una investigación de un crimen muy británico, rompiendo la pared entre realidad y ficción, entre escritor y lectores, partiendo de una intrigante premisa: ¿quién prepara su propio funeral apenas unas antes de morir asesinada en extrañas circunstancias?

El argumento.

Anthony Horowitz, escritor, se convierte en un personaje de su propia novela cuando Daniel Hawthorne, ex policía, con quien había colaborado en documentaciones para series de televisión, contacta con él para que escriba una novela basándose en la investigación que está llevando a cabo. La señora Cowper ha contratado su propio funeral por la mañana y la han encontrado muerta, asesinada, en su casa por la noche. ¿Sabía que iba a morir o pura coincidencia?

Horowitz, escritor inglés curtido en series de libros juveniles como Alex Raider, guionista en series de televisión como “Poirot”, “Foyle’s war” o en su reciente etapa como escritor de misterio para lectores adultos, se convierte en el personaje principal de su propia creación, en un juego de espejos que recuerda al estilo que Conan Doyle imprimía en las novelas de Sherlock y Watson. No en vano, los herederos del Conan Doyle eligieron a Horowitz para continuar las aventuras del detective con “La casa de la seda” (Suma, 2011) y “Moriarty” (inédita en castellano). Horowitz se transforma en una especie de Watson, narrando la historia desde su punto de vista, jugando con los lectores y sufriendo la genialidad de Hawthorne, el Sherlock moderno.

Narrador, personaje y escritor.

Horowitz narra el libro en primera persona, con algunos episodios escritos desde una perspectiva más literaria para ambientar los asesinatos que conforman la novela. Establece una relación directa con los lectores, completando la narración con referencias a series, películas y una entretenida historia recurrente, también entre realidad y ficción, con Steven Spielberg, Peter Jackson y un guión para “Tintin 2”. Horowitz es el perfecto Watson: cercano, cordial, con gran habilidad para exponer de manera atractiva los hechos a los lectores. Todo Watson necesita un Holmes, y ahí entra Hawthorne en escena.

Delgado, estirado, extraño, deambulando entre la genialidad y el mal humor, Hawthorne es un Holmes moderno y el arquetipo de personaje ideal para no poder soltar el libro. Su misterioso pasado como policía y sus innegables habilidades como investigador, además de una hermética concepción de su vida personal, hace que investigar a Hawthorne sea tan entretenido como el misterio que rodea al asesinato principal.

“Asesinato es la palabra” es un triunfo, una novela moderna de aires clásicos, efectiva, llena de ritmo, giros interesantes y con una dupla de personajes excelente. Recomendar “Asesinato es la palabra” es una tarea sencilla, casi gratificante, un acierto seguro donde dejarse llevar por la novela no requiere ningún esfuerzo. Una victoria rotunda.

El misterio sobre el que se sustenta el argumento del libro no resulta nada fuera de lo normal. Quizás ahí radica parte de su éxito: es el típico misterio a la inglesa, que parte de una premisa extraña, extravagante, como la situación de que una mujer de mediana edad, acomodada y sin problemas económicos ni personales aparentes, decida contratar su propio funeral por la mañana y aparece asesinada, ahogada con el cordón de una cortina, por la noche. Como marcan los cánones de los murder mysteries mas clásicos, la historia no resulta tan sencilla como parece en un primer instante, y la resolución será compleja. Horowitz es un buen escritor, conocedor de su oficio y de los entresijos de la literatura de misterio, rozando el best sellerayudado por su labor como guionista en series inglesas de misterio.

Todos los elementos de la novela trabajan de manera acorde al espíritu del que el escritor quiere dotar a la serie. No sobra ni falta ni una palabra, escena o explicación, detalles muy a tener en cuenta al tratarse de un género literario tan propenso a dar vueltas y rellenar páginas y capítulos con tramas y personajes que no van a ningún sitio. En “Asesinato es la palabra” todo suma, con mayor o menor intensidad, permitiéndose algunas bromas privadas entre Horowitz, como narrador principal, y los lectores, sobre algún personaje empeñado en contar su vida en un país extranjero y que poco aportaría a la resolución del asesinato.

En definitiva:

“Asesinato es la palabra”, primer libro de la serie de Hawthorne, se puede interpretar, de primeras, como un juego de Horowitz, el autor convertido en personaje que, a su vez, muta en narrador e investigador. Con el transcurrir de las páginas se descubre un proceso de transformación, un intento de modernización de los clásicos misterios de Conan Doyle y autores similares. Donde Watson contaba anécdotas sobre su experiencia médica o militar, Horowitz añade sus anécdotas sobre literatura o la televisión y cine. El ritmo, ágil y rápido (para ser una novela de más de 400 páginas) no decae en ningún momento y la resolución final convence, sin ser demasiado artificiosa u original. A pesar de ser la primera entrega de una serie, su final es cerrado ya que el interés de las futuras entregas recaerá en los dos personajes protagonistas.
Hawthorne es otra de las bazas ganadoras del libro: un personaje misterioso, eficaz y que con cada intervención demuestra detalles de su pasado y de sus procesos mentales.

“Asesinato es la palabra” es un triunfo, una novela moderna de aires clásicos, efectiva, llena de ritmo, giros interesantes y con una dupla de personajes excelente. Horowitz conoce el campo del misterio a la perfección, estableciendo un interesante juego entre la novela, su triple rol como escritor, narrador y personaje y los lectores. Al conjunto se añade un misterio eficaz con una buena solución. Al igual que las novelas de misterio y el Sherlock de Conan Doyle, por el libro se pasean referencias de las series policiacas, preferentemente inglesas, del estilo del Poirot de David Suchet, “Los asesinatos de Midsomer” o “Endevour”, series basadas en investigar el asesinato de turno, donde los protagonistas tienen una dinámica propia muy particular. En ese espejo es donde Horowitz, guionista de alguna de esas series, se basa para la relación entre su alter ego en el libro y Hawthorne.

Recomendar “Asesinato es la palabra” es una tarea sencilla, casi gratificante, un acierto seguro donde dejarse llevar por la novela no requiere ningún esfuerzo. Una victoria rotunda, que deja con una ganas enormes de volver a encontrarse con Horowitz y Hawthorne, como si se tratasen de unos viejos amigos a los que acostumbras a ver cada cierto tiempo. Catedral, previsora, lo ha solucionado: “Muerte es la sentencia”, segunda novela de la serie, ya está en librerías.
Estáis tardando en haceros con ellos.

Aprovecho la ocasión para pedir que alguna editorial nos acerque las traducciones de las novelas de la serie “Magpie murders”, la recreación de Horowitz del estilo de Agatha Christie.
Puestos a pedir…

 

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