Stephen Chbosky (Pensilvania, 1970) inicia su novela de terror “Amigo imaginario”, recién estrenada en bolsillo por Booket después de su paso por tapa dura, con una lista de agradecimientos.
Los típicos agradecimientos de una novela, a amigos, familiares, alguna celebridad como la actriz Emma Watson con la que colaboró en “Las ventajas de ser un marginado” (2012), adaptación de la novela de Chbosky dirigida por él mismo, y la versión de imagen real de “La bella y la bestia” (2017) para Disney… y un sentido gracias a Stephen King.
Ese agradecimiento a King, después de leer las 800 páginas de “Amigo imaginario”, se queda pequeño. La novela de Chbosky bebe de todos los manantiales abiertos por el escritor de Maine, picando de una novela y otra, casi sin disimular ideas y referentes. Lo que podría haber sido un sincero homenaje termina siendo un corta y pega sin personalidad y con una parte final que no ayuda a rematar la lectura.

El argumento.

Christopher tiene 7 años.
Christopher acaba de llegar a la ciudad.
Christopher tiene un amigo imaginario.

Kate Reese es una madre soltera que escapa de una relación de abuso para empezar desde cero en el pueblo Mill Grove, junto a su hijo de siete años, Christopher. Pero Mill Grove no resulta ser ese lugar seguro que cree: Christopher desaparece en un bosque cercano, donde hace cincuenta años tuvo lugar otra desaparición similar de un niño que nunca fue resuelta.

Seis días después de su desaparición, Christopher aparece, sin un rasguño, pero no es el mismo. Guarda un secreto: una voz en su interior le alerta de una tragedia que está a punto de ocurrir y que sacudirá todo el pueblo. La voz de este nuevo amigo también le dicta una misión: construir junto a sus amigos una casa en un árbol en el bosque, que le permitirá a este amigo escapar de la prisión donde lleva encerrado muchos años.

Sin saberlo, Christopher, Kate y resto de los habitantes de Mill Grove están destinados a jugar un papel en una batalla entre el bien y el mal que los llevará a luchar por sus propias vidas.

La premisa tiene su intriga. Christopher, recién llegado a la cotidiana Mill Grove, con problemas aprendizaje y un pasado familiar traumático, desaparece durante seis días. A su vuelta todo es aparentemente normal, salvo por su mejora académica, varios golpes de suerte y una misión: debe construir una casa en un árbol del bosque. Su amigo imaginario (una bolsa de plástico en una rama…) le insta a ello para detener una catástrofe inminente. Christopher irá comprendiendo que su mundo no es tan limitado como cree y que, justo al otro lado, hay un plano de existencia donde diferentes fuerzas luchan por su control.

Ideario Kingiano.

Resulta interesante, sobre el papel y circunscrito al género de terror que tanto me apasiona. Quizás un terror comercial, pero terror, al fin y al cabo.
La novela funciona al inicio: frases cortas, realidades que cambian, personajes atormentados y bastantes guiños a lectores constantes de King que pueden resultar hasta graciosos. Durante las 150 primeras páginas el ritmo es alto y la lectura ágil: típica y tópica, pero fluida.
Después se suceden una serie de fases aisladas, algunas haciendo uso del imaginario de terror más disfrutón (una pesadilla en el aula, una fuga nocturna por el bosque…) y ya. Poco más.
De la mitad hasta el final nos encontramos un clímax alargadísmo (puede superar las 250 páginas), un batiburrillo de ideas, confusión, idas y venidas inexplicables de personajes y lo más inesperado, que puede ser considerado spoiler así que podéis huir de las siguientes líneas: una mezcla de conceptos religiosos católicos, que transforman la lectura en un retelling de partes de la tradición cristiana con un resultado, digamos, poco logrado.

Stephen King es el eje central de las ideas de “Amigo imaginario”, al igual que para muchos escritores de terror comercial de los últimos 25 años. Hay guiños a, prácticamente, todas las obras cumbres del maestro del terror: “Carrie”, “Apocalipsis”, “Salem’s Lot”, el ambiente general de “La cúpula”, el díptico “Desesperación”/”Posesión”

Algunas referencias forman parte de la estructura de la novela como el tono general de “El talismán”, una oportuna gripe apocalíptica, el ya clásico “pueblo pequeño, infierno grande” demasiado extendido en su bibliografía, el grupo de niños protagonistas (entre “It” y “Cuenta conmigo”) o los problemas de una chica criada en el catolicismo más recalcitrante (con menos cubos de sangre y venganzas que “Carrie”, claro).
Otros guiños adornan la escritura, estableciendo puentes extraños entre “Amigo imaginario” y el universo King: un chiste recurrente con pedir un MerLOT (así, con esas tres mayúsculas), un tétrico payaso que aparece en un breve capítulo o el número 217 (resplandeciente número), repetido en habitaciones de hospital y horas a las que pasan extraños sucesos.

“Amigo imaginario” es un título de terror genérico cimentado sobre un fanfic de la obra de Stephen King. Y no es lo peor del conjunto. La absoluta decepción de “Amigo imaginario” es que no sea capaz de construir una identidad propia a partir de las ideas que atesora: ni como novela de terror ni como homenaje al universo King.

Todo ese conjunto de ideas y referencias, vertidas en un libro de 800 páginas, dan como resultado un ambiente de fanfic (con todos mis respetos a los fanfics y sus autores), un pastiche Kingiano, que en vez de dejar aflorar una sonrisa cómplice en el lector, llega a exasperar.
El estilo narrativo tampoco ayuda. Una novela tan larga, con algunos giros rápidos y otras fases lentas y machaconas, no puede sustentarse en frases tan cortas y directas. No llega a crear una ambientación o un ritmo preciso. La galería de personajes, a pesar de tratar una población entera, se siente pequeña, siempre girando en torno a un grupo limitado de ellos y dejando al resto como meras sombras desdibujadas (hay un personaje principal que aparece durante cientos de páginas con la mera referencia de el sheriff. Páginas y páginas llenas de “el sheriff esto y el sheriff lo otro”). Se resienten hasta algunas escenas más cercanas al terror, que no consiguen la atmósfera necesaria.

Y luego, el final.
Ese remate no llega a funcionar, por lo menos para mi, y algunas de las conclusiones finales no encajan con el resto de la novela, haciendo que se desmorone el castillo de naipes. Una moralina final que no conduce a ninguna parte.

En definitiva.

“Amigo imaginario” es un título de terror genérico cimentado sobre un fanfic de la obra de Stephen King. Y no es lo peor del conjunto. La absoluta decepción de “Amigo imaginario” es que no sea capaz de construir una identidad propia a partir de las ideas que atesora: ni como novela de terror ni como homenaje al universo King.

Tampoco ayuda su excesiva duración (a ratos parece que no ha pasado por las manos de un editor), su estilo narrativo lleno de frases cortas sacadas de un guion cinematográfico y con una parte final alargadísima que termina por destruir todo lo anterior, llena de una moralidad y unos intereses religiosos nada acertados.

No me gusta que (perdón por la repetición) no me guste una novela. Intento sacar lo mejor de cada lectura, sus partes positivas. Y me desespera más que me suceda con una de terror. Quizás “Amigo imaginario” sea recomendable para lectores ocasionales (“de verano”) que busquen una novela de terror comercial para las horas muertas al sol, sin más pretensión. O para los lectores que comulguen con los valores religiosos de la obra.
Pero, si te gusta el terror y la obra de Stephen King, hazte un favor: este Stephen no es para ti.
Por lo menos para mí, y muy a mi pesar, no lo ha sido.

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Criatura de la noche. Redactor en Fantasymundo.com

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