Lo nuevo de los creadores de la exitosa serie alemana “Dark” está disponible en Netflix. Se trata de “1899”, cuya primera temporada consta de 8 episodios de alrededor de una hora de duración cada uno. La historia nos traslada a un barco de vapor de nombre Kerberos que viaja rumbo a Nueva York a finales del XIX, con un pasaje de procedencia y clase social dispar. El viaje da un giro cuando se encuentran con otro barco de la misma compañía a la deriva en alta mar. Este será el primero de los muchos enigmas que se irán sucediendo y que conectarán con el pasado oculto de los pasajeros.

En “1899” se amontonan tanto los interrogantes como las subtramas, mientras la serie trata de ser a la vez un rompecabezas adictivo y un drama de personajes multilingües (donde los actores hablan en su idioma natal). La intriga funciona, al menos de primeras, pero su barroquismo temático y simbólico, así como su ritmo endiablado, agotan, provocando la desconexión con el espectador.

Si la premisa parece el fruto de fusionar “Titanic” (1997) con “Perdidos”, el paso de los capítulos trae a la memoria “Westworld”, la serie de HBO, por algunos aspectos que sería spoiler desvelar. También por otros que tienen más que ver con su forma y, principalmente, por una pedantería y un pseudo-intelectualismo pretencioso bastante molestos. Las alusiones gratuitas al mito de la caverna de Platón no elevan automáticamente los guiones, lo siento.

“1899” falla, sobre todo, a la hora de hacer justicia a sus ambiciones para con sus protagonistas. El reparto, encabezado por la británica Emily Beecham en el papel de Maura Franklin, está compuesto por actores y actrices de Alemania, Polonia o España, entre otros. Por desgracia, los personajes carecen de verdadera identidad, como si de pregenerados de un juego de rol se tratase. Tienen un trasfondo resultón, unas pocas frases y conexiones entre sí, nada más. La gran mayoría no entiende nada de lo que está pasando y es un milagro si consiguen entenderse entre ellos. Hablan y hablan y hasta monologan… pero daría igual que lo hicieran con la pared cuando su interlocutor no comprende su idioma. Esto da como resultado escenas que son a la vez frustrantes y absurdas.

No son personajes de carne y hueso, sino que están hechos de papel. Y de secretos, como la propia serie, pues el argumento no es más que un planteamiento y revelación constante de misterios. Es de agradecer que se den respuestas, pero cuando éstas se suceden a tal velocidad, su impacto decae. Todo se vuelve más y más extraño, hasta que la extrañeza se vuelve cotidiana, y la información que recibimos, llena de giros y vueltas de tuerca, se apila en un rincón y ni nos va ni nos viene. ¿Por qué debería importarnos tal o cual revelación impactante? En teoría, por lo que significa para los personajes. Esos mismos personajes que la trama arrastra de aquí para allá, sin darles ningún poder de decisión, como accesorios necesarios pero nunca como verdadero eje central de la historia. Y así es como se derrumba todo el conjunto.

Difícilmente pueden unos personajes de papel soportar sobre sus hombros el peso de una montaña (o pirámide) de misterios de tal magnitud. Y sin humanidad, está por ver si un rompecabezas de ocho horas (y sus promesas de futuro) es aliciente suficiente para ganarse a la audiencia.

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