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La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving |
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Descubramos la leyenda de aquella pacífica región a la que en tan alta estima tenía Irving, donde danza con sus secuaces el demonio de la pesadilla. |
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La película que Tim Burton estrenara en 1999 sobre Sleepy Hollow ha tergiversado y eclipsado el relato original que Washington Irving (1783- 1859) ideara cientosetanta y nueve años antes. El imaginativo director estadounidense encuentra en este pequeño tesoro literario un motivo para representar su siempre rico mundo interior, ofreciendo una historia de fantasma decapitado que se basa, libremente, en el trasfondo de esa Leyenda de Sleepy Hollow que hoy nos ocupa. Aunque su trama sobrenatural sea solamente un elemento más de los muchos que pueden destacarse, está tratada de una forma tan eficaz como para erigir este primitivo testimonio de las letras estadounidenses en un cuento de miedo incontestable. Burton y los antologistas (véase, por ejemplo, el volumen que le dedica Valdemar) han contribuido, en muy buena medida, a resaltarla.
Pero vayamos por partes. "La leyenda de Sleepy Hollow" no hubiera sido jamás posible de no mediar el espíritu inquieto y curioso de Washington Irving. Bautizado así en honor del general que derrotó a los ingleses en la Guerra de Independencia, posterior primer Presidente electo del país, por quien los padres del escritor sentían una ciega admiración, nació en el seno de una familia muy numerosa -era el menor de once hermanos- y con recursos, decantándose por el periodismo y la escritura de forma temprana, al comprobar el poco entusiasmo que en él despertaban sus estudios de derecho. Su consagración literaria tendrá lugar en 1809, con sus satíricas "Historias de Nueva York"; anteriormente, había destacado como periodista en el rotativo neoyorquino "Morning's Chronicle", empresario (a las órdenes de uno de sus hermanos) y viajero por Europa (1804- 1806). El shock que le produjo la muerte de su prometida Matilda Hoffman en el mismo año de la publicación de su primer libro, terminaría por formarle como persona. Con un bagaje más que considerable, incrementado por una fructífera y prolongada estancia en Inglaterra en 1812, escribirá su "Libro de apuntes" (1820), estupenda miscelánea considerada como la primera gran obra literaria debida a un estadounidense. Será allí donde publique, junto con el espléndido "Rip Van Winkle", el relato que es la base de este artículo. Su carrera como autor no había hecho más que empezar.
En 1826, se produce un punto de inflexión en su vida al ser invitado por su amigo Alexander Everet, embajador en España, para que traduzca una biografía que sobre Cristobal Colón -personaje que le fascinaba- circula en ese país. Inicia, de esta manera, la historia de un flechazo: el que experimentará respecto a las gentes, los paisajes, el pasado, de esa tierra de acogida que le recibirá, primero como turista y luego como jefe diplomático. Con la ayuda de la marquesa de Arco Hermoso, la brillante Cecilia de Böhl-Faber, recorrerá la península de punta a punta, convirtiéndose, con el permiso de Hans Cristian Andersen, George Borrow o Ernest Hemingway, en su mejor cronista extranjero. El embrujo que experimentará por "el legado andalusí" le llevará a componer, en 1832, su obra culminante, "Leyendas de la Alhambra", selección de mitos fruto de su inigualable interés antropológico e histórico.
Moriría en 1859. Sería enterrado muy cerca del valle de Sleepy Hollow, poniendo así un maravilloso epitafio a quien fue una de las más ricas personalidades del siglo XIX.
El lector se habrá hecho ya una precisa idea de la intencionalidad de este comentarista al reseñar, de forma nada inocente, estos breves detalles sobre la vida de Washington Irving. "La leyenda de Sleepy Hollow", al igual que los otros relatos que componen el "Libro de apuntes", estaban destinados a crear una particular identidad literaria estadounidense, rescatando, a modo de historiografía, los mitos que, por aquel entonces, abundaban en un país que todavía seguía siendo de inmigrantes. Estos relatos contribuyeron a crear un auténtico "corpus", un modelo a partir del cual se pudo empezar a hablar de una cultura estadounidense propiamente dicha. Debe quedar claro este afán mitológico, tanto en Irving como en otros pioneros, por las repercusiones que tendrá en Edgar Allan Poe, de quien ya habrá ocasión de hablar en un próximo reportaje.
Busquemos ahora una respuesta a la siguiente pregunta: ¿qué es lo que hace a "La leyenda de Sleepy Hollow" un cuento de terror?. La clave se encuentra en la genial combinación de tres factores: estructura, atmósfera y superstición. La propia narración se ajusta a lo que Fernando Savater, en el sublime estudio que destina al terror en "La infancia recuperada", explica como el mayor acierto del género: su condición colectiva, su capacidad para despertar reacciones en compañía, como transposición de esos relatos a la lumbre de una hoguera, en la más absoluta oscuridad, a los que tan bien se presta el cuento corto. Aunque estamos aún lejos de su perfección (ésta llegará de la mano del gran genio de Baltimore), Irving conseguirá aquí un excelente ejemplo del poder de sugestión y fascinación que estos textos breves despiertan en el lector. En todo momento se potencia esa sensación narrativa, esa impresión de que lo que se está contando pertenece al ámbito de la oralidad. El tono fluctúa según la situación y el estado de ánimo de Ichabod Crane, el protagonista de esta maravilla (en las antípodas, por cierto, del arrogante sujeto creado por Tim Burton), estallando en una alegría incontenible cuando más ilusionado está el maestro de escuela y descendiendo hasta el nivel del susurro en los instantes más pavorosos del drama. En la mente del lector se consigue perfilar perfectamente la figura de este narrador al albur de una vela, entre las sombras, contando una historia de miedo. Creo que sólo Guy de Maupassant llegará a lograr, en "El Horla", un efecto similar.
Washington Irving alcanza este objetivo gracias a la atmósfera que describe en Sleepy Hollow. Ya en este nombre se percibe algo de vulnerable y de terrible, un sopor que se asocia a una niebla y al más indefenso estado del hombre: el sueño. Tiene la narración un regusto a ensoñación que encandila al lector y que adormece sus sentidos, dejándose transportar por el arrullo del viento, el correr del rio o el bullir de las gentes de la comarca, posibilitando una mayor sorpresa y un gran terror cuando hace acto de aparición ese fantasma sin cabeza, vuelto creíble por ese ambiente lóbrego y a la vez idílico que subsiste en esa campiña americana. La Historia, puesta al servicio de la leyenda, torna todo cierto y posible: el espectro es identificado en esa cañada de trigos, pastos y bosques. En lo cotidiano subyace un enorme componente de misterio al que la racionalidad no puede buscar una justificación, aunque sí dotar de un contexto. Esa parece ser la moraleja de este cuento con fantasma explicado, que también se aprovechó, para su consolidación, de la coyuntura favorable de la época, proclive a un gótico literario que gustaba de introducir tramoyas y espíritus falsos en aras de un racionalismo absorbente e irrechazable, cuya batuta servía para marcar, mal que les pesase a sus exponentes, toda manifestación artística imperante.
Precisamente ligada a esa atmósfera se encuentra la superstición, marco que admite lo imposible al considerar lo íntimo (el miedo, "lo numinoso" en palabras de Rudolph Otto, citado por Rafael Llopis) como probable. Abriéndose paso en la imaginación, desafiando a todo vestigio de realidad, la superstición, representada por un surtido abanico de mitos y leyendas (perceptibles ya desde el mismo título del relato), forma parte de la vida cotidiana de Ichabod Crane y del valle de Sleepy Hollow . De no existir esta circunstancia, el cuento de Irving ni tendría sentido, ni efecto alguno, pues su auténtico encanto radica en ese mundo crédulo y fantasioso donde campan a sus anchas banshees y fornidos fantasmas sin cabeza, mitificación de lo que una vez fue inexplicable o quedó poco claro. La imaginación popular que convierte a ese jinete decapitado en una maldición, tiene un poso de verdad terrible, pues él representa anónimamente a todos los mercenarios alemanes que lucharon del lado inglés en la guerra por la Independencia. Además, Irving tensa la cuerda de la superstición al hacer a Crane objeto y sujeto de la misma, no ya sólo por su credulidad, sino también por su fomento -y fermento- al referir los truculentos casos extraídos de su "Historia de la brujería de Nueva Inglaterra" del funesto Cotton Mather, inquisidor a quien se le atribuyó la persecución y posterior eliminación de veinte personas durantes los tristemente célebres Juicios de Salem. Queda reflejado lo que tanto le sorprendiera a Alexis de Tocqueville en su libro "La democracia en América": la profunda religiosidad de los estadounidenses, pilar de su carácter asociacionista y democrático, ejercida con fervor, contundencia y una pizca de sinrazón. "La leyenda de Sleepy Hollow" está, por tanto, saturada de iconografía tanto católica (el cementerio salvador), como pagana ("la hora de las brujas").
Sirva este artículo para demostrar cómo el terror ha prosperado y se ha sostenido reiventándose constantemente. Y de paso, para reivindicar a Washington Irving y su leyenda de aquella pacífica región a la que en tan alta estima tenía, "donde danza con sus secuaces el demonio de la pesadilla".
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