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       Artículo de literatura

Las sendas púrpuras, de Ángel Torres Quesada


Jaime Santamaría   05/07/2010
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     Torres Quesada usa su inventario habitual y recurre a algunos ingredientes tradicionales de la CF y una sorpresa del final (incluye videoreseña).
Portada de Las sendas púrpuras, de Ángel Torres QuesadaEs julio, predominan la buena temperatura y los días de sol. Aún muchos no tienen vacaciones, pero ojo, quien más, quien menos, ya estamos soñando con el verano. Sólo resta que llegue tu turno de vacaciones en la empresa en la que estés para otros. Sea como fuere, la piscina, el monte, la playa, el pueblo, la carretera,... o quedarte tranquilo en tu ciudad libre de ruidos y carreras son los pensamientos que germinan en nuestras mentes por encima de los agobios diarios. Pues bien, me adelanto y sin más rodeos, os recomiendo que en vuestra mochila/maleta hagáis un hueco para meter este libro. Es la típica lectura más que recomendable para el tiempo estival, donde las narraciones invernales, sesudas, recogidas, de salón y chimenea, como me gusta definir a mí, ceden su espacio a otras más ligeras, entretenidas y, en definitiva, evasivas.

Sí, acabo de desvelar claramente mi entusiasmo por este título. Paso a detallaros por qué.

No sé si dará pie a una continuación o no, pero desde luego lo que sí podéis dar por seguro es que Torres Quesada no defrauda, es fiel a su estilo, y si se suele usar el término “CF clásica”, aquí tenéis un claro ejemplo de ella.

Normalmente hago un preámbulo donde me detengo en el autor. Hoy debemos hacerlo con más énfasis si cabe, no sólo para entender mejor los pormenores de esta obra, sino para quitarnos el sombrero ante quien es uno de los Maestros de la CF española. Me refiero a D. Ángel Torres Quesada (Cádiz, 1940), “otro andaluz” de los muchos apellidos que ha parido aquella tierra para lustre de nuestro género favorito. Estamos hablando de medio siglo de obra literaria, testimonio vivo de otra época, casi diría yo que de otro mundo, que ha sabido plasmar en sus aventuras escritas cómo se veía la realidad desde la CF en cada momento histórico y con qué se especulaba.

En 1963 publicó su primera novela, “Un mundo llamado Badoom”, y posteriormente pasó a trabajar para la mítica editorial Bruguera bajo el pseudónimo de A. Thorkent. Fue en esta época en la que produjo más de cien obras; estamos hablando de esa nebulosa temporal donde brillaron con luz propia los llamados bolsilibros, o novelas de a duro. A los más jóvenes os diré que un duro era la forma popular de llamarle a cinco pesetas, el equivalente a tres céntimos de euro con los que hoy en día no se puede comprar nada, pero que en otras épocas daba para mucho, en especial para estas pequeñas joyas que llenaron horas y horas de entretenimiento de jóvenes con pantalón corto de una España que ahora sólo te imaginas gracias al Nodo o a la serie “Cuéntame”.

De entre estas obras, destaca la saga de aventuras espaciales “El Orden Estelar”. La oferta de ocio de aquella época no era comparable a la actual, por lo que coger uno de estos pequeños libros era lo mismo que un pasaporte hacia la fantasía más desbordante. Éste que os escribe ha tenido la oportunidad de hacerse con toda la saga gracias a la edición que hace poco realizó Ediciones Robel. Pequeños libros que incluyen cada uno dos títulos. Sólo he podido leer hasta el número 11, pero... ya desde el número 1 quedé enganchado a este estilo literario sencillo, llano, plagado de capítulos cortos, de esos que te dan el pie para el siguiente, diálogos abundantes y un culebrón en toda regla que te empuja al final. Una mezcla de tecnología punta con la fantasía más tradicional. Se nota que la vocación de Torres Quesada se vio alimentada por las lecturas de los clásicos de aventuras y que muchos pasajes de sus libros están sacados de los títulos que el cine procedente del glamoroso Hollywood ofrecía en aquella época. Se creó, pues, una serie atemporal que hoy en día se puede leer perfectamente siempre y cuando seáis cómplices del espíritu que encierran esas novelas: pura y simple aventura. Si buceáis un poco en la Red, veréis que hay multitud de ensayos que os acercarán a aquella época dorada perdida ahora en las arenas del tiempo, pero que podría encontrar cierto paralelismo con las abundantes franquicias que hoy se explotan, bien vinculadas a videojuegos, películas o comics.

Con este bagaje a sus espaldas, Torres Quesada aborda en los ochenta una escritura más sólida, una CF más acorde a aquellos tiempos, iniciándose la publicación de “La Trilogía de los Dioses”. Algo más tarde llegaría su obra cumbre, “La Trilogía de las Islas”, que ha recogido desde entonces éxito de crítica y público y que reconozco que es mi asignatura pendiente a la espera de poderme hacer con un ejemplar.

Los vientos del olvido”, “El círculo de piedra” (ganador del UPC de novela corta), “Los sicarios de Dios” o “Las grietas del tiempo”, son otros de sus títulos a tener en cuenta.



El título de hoy ha sido finalista del Premio Minotauro, por lo que este autor ya acumula en su haber dos veces esta mención.

En definitiva, y es importante que lo sepamos, abordamos la obra de alguien que ha vivido muchos años de evolución del género, que empezó a escribir cuando el lenguaje tenía “otro estilo”, principalmente motivado por el formato compacto que se trataba, y en el que gracias a él llegaba hasta estos lares un modo de CF que alimentó a otros tantos autores hoy consagrados.

Sabedor de esto, afronté la lectura de “Las sendas púrpuras” (Grupo AJEC, disponible en FantasyTienda) y confieso que el autor sigue fiel a su forma de escribir e imaginar. Si me dicen que este libro lo escribió hace diez, veinte o treinta años, me lo creo; y no por ello pierde valor, porque como os decía, este texto es fiel a su autor y a esa esencia de aventura de la que os hablaba al principio.

Se podría utilizar la siguiente analogía: si la saga “El Orden Estelar” (y perdonad que me reitere sobre ella, pero es la que mejor conozco y con la que con más propiedad puedo hablar) fuese una especie de serie regular de TV, un folletín galáctico con sus episodios, mejores o peores, que suelen seguir un patrón parecido y que quizá se suele acabar agotando al final, este libro, “Las sendas púrpuras”, sería como un largometraje. Y es que he encontrado que detrás de este texto se encuentra el indiscutible estilo de Torres Quesada, inspirador de muchos escritores (entre los que, confieso, yo me encuentro) y cuyas historias por entregas podéis encontrar en más de una web.

Aquí encontramos todo lo que os he detallado que es característico del autor: una historia con trama que engancha, personajes cuyos perfiles bien diferenciados acaban siendo identificados perfectamente por el lector, sentido de la maravilla, planetas, viajes estelares, batallas, toque romántico e incluso erótico, aromas fantásticos, visos aquí y allí de un maestro que sabe bordar este tipo de... llamémoslo culebrón espacial. Pero, ¿qué queréis que os diga? A mí esto me encanta, y... sin ser el único tipo de lectura al que uno se debe dedicar, os aseguro que en verano (bueno, me vale cualquier época, tampoco me cojáis la palabra) sienta tan bien como una sangría con una paella.

Dejadme que os hable un poco del argumento. Un hombre, Yolden Abasi, rescata a su pequeña hija abandonada en el planeta Wuffan. La niña (ya nos enteraremos por qué) deambulaba sola y sin su madre (también nos enteraremos por dónde anda ésta) en medio de los oscuros y siniestros peligros de un planeta que sufre el castigo del aislamiento impuesto por la Cúpula, máximo órgano de gobierno de la parte del espacio denominada El Ámbito. Este tal Abasi consigue, pues, huir con su hijita, Giselle, no sin antes enterarnos nosotros que a este hombre, aquellos de los que escapa, sólo le saben dedicar adjetivos tales como asesino o ladrón. Curioso todo esto cuando después de estos hechos asistimos a lo que podría denominarse todo un padrazo que compra un idílico planeta, Sahon, para criar y educar a Giselle. No obstante, el misterio empieza a envolver a este hombre y ni nosotros mismos sabremos qué pensar, lo mismo que le ocurre a la niña, que pasa por convertirse en una adolescente y finalmente en una joven muchacha que sabe valerse por sí misma.


Dos son las premisas que utiliza el escritor para darle personalidad propia a este universo. Por un lado está la Malla; un entramado de “sendas púrpuras” que permiten navegar a través del espacio sin los efectos relativistas de un viaje subluz. Pero, claro, este tipo de viaje sólo lo pueden dominar aquellos que sean súbditos de los purpurados, los regentes del Ámbito, aquí asociado con el orden frente al Borde, que vendrían a ser los planetas sumidos en el caos, el primitivismo y la barbarie. No obstante, esta zona del espacio representa una clara amenaza para los todopoderosos purpurados, de entre los cuales sobresaldrá una mujer, Saldrach, arquetipo de mala malísima que maneja los hilos desde su posición de poder, y su mentor, Geshla, quienes harán todo lo posible para que la Cúpula siga reinando sobre todos y todo.

Por otro lado, está el dominio de la Fuente. Descubriréis que una fuerza todopoderosa es capaz de ser manejada con la mente (a modo de acceso a la sabiduría completa) y que ésta materialice aquello que deseamos.

Ángel Torres QuesadaComo os digo, estas son las dos características más llamativas, y, obviamente, con ellas se jugará durante todo el texto para que la historia tenga contenido y la trama, enrevesada en ocasiones pero en la que no te pierdes nunca, avance hasta su final.

Os dije que Giselle es educada por su padre. Pues bien, éste no estará sólo en su cometido. El viejo filósofo, Hesperis, será nombrado tutor y protector de Giselle, aunque ésta muestre sus reticencias al principio. El tal Hesperis ha fallecido hace mil años, por lo que el personaje que aquí encontramos es una imagen, una representación capaz de ser generada por esa Fuente de la que os hablaba antes. Un hombre a quien se le concedió el privilegio de almacenar sus recuerdos para ahora ser una conciencia de pleno derecho, pero de cuerpo etéreo. No he podido dejar de acordarme de tres personajes similares a este Hesperis. Uno sería el holograma que aparece en el remake cinematográfico de “La máquina del tiempo”. Una imagen que alecciona al protagonista gracias a acumular todo un compendio de saberes en plan biblioteca universal. Otro sería el doctor interpretado por Robert Picardo en la serie de TV “Star Trek, Voyager”, un personaje holográfico, pero tan real en ocasiones como uno más. Por último, no he podido dejar de sonreír al entrever similitudes con un personaje que yo mismo creé para mis primeras novelas, me refiero a Árshenas D´umont, antepasado de Judith que luchó en las Guerras imperiales.

Hesperis, pues, jugará un papel muy importante, conformando un triángulo protagonista junto a Giselle y un tal Lhotar, un joven fugitivo que se incorporará a la gran aventura que le va a tocar vivir a nuestra heroína.

En medio, desfilarán las situaciones y el habitual coro de personajes secundarios de este tipo de historias: el rufián Radsat, la niña rica Loray Oriah, los hermanos Gerdon y Taulo Akkra, una guerra entre dos planetas, Tracia y Mazun, una nave fabulosa, la Sombra Oscura, servos, escudos deflectores,...

Torres Quesada usa su inventario habitual y recurre a algunos ingredientes tradicionales de la CF (como es el caso de las líneas que se desglosan en la página 242) y una sorpresa del final.

Ya no cuento más; ¿os he convencido para que os embarquéis en esta odisea? No sé si dará pie a una continuación o no, pero desde luego lo que sí podéis dar por seguro es que Torres Quesada no defrauda, es fiel a su estilo, y si se suele usar el término “CF clásica”, aquí tenéis un claro ejemplo de ella, esa space opera que muchos dicen que está agotada, machacada, falta de ideas, que ya no atrae salvo en imágenes y que difícilmente puede imantar a nadie para que invierta varias horas en leerla. Quizá la heroína sea un poco blanda frente a otros ejemplos que podemos encontrar en otras sagas, la historia no es compleja en exceso y deambula entre pasajes en ocasiones de color rosa, ausente de gore o hard fiction; quizá la recubra una pátina de polvo nostálgico de cómo se pintaban antaño los paisajes exóticos. La estructura y la sintaxis de la narración pueden parecer simples casi en exceso. “Un artículo de consumo rápido debería presentarse en un formato de igual administración”, podría pensarse.

“Estas aventuras en letras han sucumbido por una presentación más... multimedia”, cabría decir también. Pues, craso error, pienso yo y creo que he coincidido con los responsables del Premio Minotauro; a los recién llegados les va a servir para leer una historia bien construida sin artificios confusos o trucos a tutiplé, descubrir una sencillez elegante y una manera blanca de imaginar otros mundos, coqueteando con palacios, aristócratas y villanos que se dan la mano con lanzaderas, láseres y robots. Buena letra sin borrones.

Permitidme que me despida públicamente del Sr. Torres Quesada:

A usted le dedico esta reseña y le agradezco de corazón este libro con el que nos ha deleitado y demostrado que, después de más de cincuenta años, su ojos aún retienen sus audaces visiones de juventud, y que su mente sigue sembrada sin nubes en el horizonte de sentido de la maravilla. Sus textos me iluminaron, inspiraron y animaron a embarcarme en la redacción de mi trilogía “Escena Final”, y, ahora que preparo la saga “Galaxia Bidena”, no escondo que pretendo emular y alcanzar aquellas series que usted y otros grandes clásicos elevaron a cotas de arte sublime. ¿Exagero? Siempre se hace cuando se habla de algo que se quiere. En este caso, la parcela que dentro de mí adora las aventuras espaciales es gracias a genios como usted, Don Ángel. Ojalá algún día pueda estrecharle la mano y decirle esto personalmente, aquí en la Tierra o si no, quizá, en algún otro paraje muy, muy lejano, donde las aventuras de ayer, hoy y siempre brillan con luz propia como las estrellas del firmamento.




(R) Jaime Santamaría de la Torre, mayo de 2010.
info@escenafinal.com
http://www.youtube.com/user/LanarkMcKlaor
http://galaxiabidena.blogs.scifiworld.es

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