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La Luna es una cruel amante (¡He aquí la crónica de la revolución lunar!), de Robert A. Heinlein
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| José Luis Valcarce 08/06/2010 |
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Pese a ser una obra cautivadora y entretenida, tiene un fondo de prédica política, a veces contradictoria. |
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Publicada en 1966 (yo he manejado la 2ª edición de la Factoría de Ideas de octubre de 2009) y Premio Hugo en 1967, "La Luna es una cruel amante" (The Moon is a Harsh Mistress, disponible en FantasyTienda), es, en mi opinión, una de las mejores novelas de Robert A. Heinlein; una verdadera crónica de la revolución lunar que mezcla a partes iguales acción y política y que aguanta sorprendentemente bien el paso del tiempo, resultando verosímil y actual en muchos puntos. Es, salvando las distancias, el equivalente en sci-fi de "Diez días que estremecieron al mundo", aunque Heinlein no sea John Reed, ni le gustase la comparación.
En la novela conoceremos la historia de la independencia de la Luna narrada por uno de sus principales artífices, Manuel (Mannie) O'Kelly, un contratista de la Autoridad Lunar que por casualidad, y pese a su aparente individualismo, acaba metido en un movimiento revolucionario y llegará a ser uno de los héroes de la independencia.
El espacio crea la estructura social y Heinlein nos presenta una sociedad adaptada a esas condiciones, destacando especialmente las extrañas modalidades de familia y la absoluta ausencia de leyes, porque no hay más ley que la del más fuerte.
A través de los ojos de Mannie, Heinlein nos muestra un proceso revolucionario como es el periplo de la Luna hacia su independencia; un periplo personal y colectivo, en el cual Mannie estará acompañado por Wyoming Knott, el profesor Bernardo de la Paz y Mike, el ordenador de la Autoridad Lunar que toma conciencia de sí.
Empecemos por Mike, absolutamente entrañable. ¿Es como un niño pequeño o es realmente un niño pequeño? Que juzgue el lector qué es un ordenador que acaba de ser consciente de sí mismo y que necesita entender lo que le rodea, y, como un niño, juega para aprender. A mi juicio, Heinlein tiene en Mike una idealización del niño que quiere aprender y aprehender todo. A lo largo de la novela va creciendo, evolucionando e involucrándose en un proceso, la independencia, en el que entró como un juego más, como una broma más.
De hecho, si analizamos el cuarteto principal de personajes (Mannie, Mike, Wyoming y el Profe) sólo hay dos revolucionarios auténticos: Wyoming, mujer independiente, de carácter y que representa el arquetipo del revolucionario de acción; y el Profe, viejo revolucionario teórico, planificador, en el que cualquier acción es el fruto de un proceso de maduración, de un discurso coherente sustentado en profundas convicciones y reflexiones.
Esos son, a grandes rasgos y dejando por el camino mucho de lo que verá el lector, los personajes principales de esa trama colectiva; personajes que son parte de un paisaje y un paisanaje lunar harto curioso al tiempo que verosímil y fascinante.
Y es que por un lado el espacio físico de la Luna es muy incómodo y lleno de limitaciones. La Luna es un lugar claustrofóbico, limitado, subterráneo; con aire enlatado, escasez de agua, etc. Lógicamente, el no vivir en el paraíso tiene sus consecuencias en el plano sociológico y psicológico, por lo que el paisanaje, los habitantes de la Luna, la sociedad lunar, presenta unas peculiaridades acordes a esa realidad física. El espacio crea la estructura social y Heinlein nos presenta una sociedad adaptada a esas condiciones, destacando especialmente las extrañas modalidades de familia y la absoluta ausencia de leyes, porque no hay más ley que la del más fuerte. El más fuerte es, aparentemente, la Autoridad Lunar, símbolo del poder estatal que cercena la capacidad de los individuos de organizarse libremente y que es uno de los muchos elementos que hacen que el libro sea una obra política y pueda enmarcarse, en muchos aspectos, dentro de posiciones anarquistas libertarias.

Así, Heinlein crea un paisaje prerrevolucionario a través de evidentes similitudes históricas, empezando por el hecho de que la Luna, en su condición de colonia penal, es un trasunto de Australia. Nos muestra una Luna que bajo una aparente desregulación está sometida a la explotación de la Tierra a través de la Autoridad Lunar, y cuyos habitantes, además de sometidos a la Autoridad están limitados por la escasez de espacio físico y recursos naturales. No es de extrañar que con ese caldo de cultivo prerrevolucionario los selenitas amenacen con volverse lunáticos (el juego de palabras es algo burdo, lo admito) y la más pequeña chispa encienda un gran incendio. En el fondo Heinlein construye una revolución tan verosímil porque sigue a pies juntilla la teoría marxista: la cantidad se transforma en calidad y un suceso pequeño o nimio en sí mismo es la chispa que enciende la llama, el catalizador del motor revolucionario.
No deja de ser curioso que Heinlein, quien siempre se consideró un libertario, en el sentido norteamericano del término, acabe plasmando en su novela elementos que son claramente vinculables con el análisis marxista. A modo de anécdota, cabe recordar que Isaac Asimov en sus "Memorias" lo consideraba conservador y, en muchos aspectos, reaccionario.
Curiosidades aparte, lo cierto es que dentro de esa estructura “marxista” (tomemos el término con la debida reserva) Heinlein es capaz de introducir muchos elementos próximos al anarquismo y al individualismo, especialmente al anarquismo libertario, entrando por momentos dentro del campo del anarcocapitalismo. Buena muestra de ello es el curioso lema y expresión lunar NEEAG, acrónimo de "no existe el almuerzo gratis", una frase que es una declaración política en toda regla que resume a la perfección el pensamiento heinleiniano.
Y es que pese a ser una obra cautivadora y entretenida, tiene un fondo de prédica política. Heinlein quiere vender su producto, su tesis política, y el problema es que resulta contradictoria en muchos momentos. Personalmente tengo mis dudas de que se pueda ser liberal, defender las bondades del individualismo y al tiempo ser asambleario y solidario. Es más, es bastante contradictorio ser anarquista y al tiempo centralista democrático o ser individualista y demócrata. Como estamos ante una novela, se puede perdonar que el discurso político sea hasta cierto punto incoherente o inconsistente, ya que lo que importa, al final, es pasar un rato agradable leyendo.
Así que lo que menos importa es si el discurso político del autor es coherente; no ganó el Hugo en 1967 por sus opiniones políticas, sino por haber escrito una de las grandes novelas de la ciencia ficción, una obra emocionante que narra con maestría una epopeya colectiva absolutamente real. No dejéis de leerla.
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