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       Artículo de literatura

La naranja mecánica, de Anthony Burgess (Clásicos Minotauro)


Alejandro Serrano   11/02/2008
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     La naranja mecánica es en sí misma un tratado sobre la violencia vista desde el lado de la maldad más pura, más perversamente insensible, cuyas intenciones están enfatizadas por el uso indiscriminado de un léxico, el nadstat, que sólo se incluyó a partir de la edición estadounidense.
Portada de La naranja mecánica, de Anthony BurgessAnthony Burgess publicó La naranja mecánica ('A Clockwork Orange') en 1962, pero no fue tan conocida hasta la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick, que la convirtió en una pieza literaria de culto, aunque eliminase el último capítulo de la trama, al seguir la edición estadounidense del libro. Minotauro publicó en septiembre dentro de sus Clásicos esta novela incluyendo el vigésimo primer capítulo, esencial para entenderla de forma completa, y que en su primera edición de 1976 había obviado.

El título por sí solo es una declaración de intenciones: “ser más raro que una naranja mecánica” era una expresión típica cockney de los viejos londinenses, que ya lo eran en la época en la que Burgess escribió el libro, y significa “ser más extraño que cualquier otra cosa”. Según el mismo autor de la novela, el título obedece a “la aplicación de una moralidad mecánica a un organismo vivo que rebosa de jugo y dulzura [...] por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien o el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda”.

La naranja mecánica es en sí misma un tratado sobre la violencia vista desde el lado de la maldad más pura, más perversamente insensible, cuyas intenciones están enfatizadas por el uso indiscriminado de un léxico, el nadstat, que sólo se incluyó a partir de la edición estadounidense, y que parece cumplir parecida función de la neolengua de la novela 1984 de Orwell: impersonalizar y resumir las emociones mediante la aplicación de una lengua destinada a alienar a quien la usa. Aunque no fuese idea de Burgess, sino una propuesta interesada de su editor estadounidense, ayuda a describir con precisión al protagonista y al mismo tiempo dificulta su lectura en un inicio. Esta edición de Minotauro incluye un diccionario nadsat-español, confeccionado con la ayuda de Burgess, y como el lector puede apreciar, las palabras de este léxico están fuertemente influenciadas por el ruso.

Alex y sus drugos (amigos), Pete, Georgie y el Lerdo, se dedican a ejercer la ultraviolencia por los barrios cercanos, y apalean, violan y humillan por doquier a quienes encuentran en su camino, preferentemente mendigos, personas de cierta edad y mujeres. No reparan en ningún tipo de consideración moral, si desean algo lo consiguen, pero sí tienen una cierta organización jerárquica con Alex como jefe, y la suficiente precaución como para “fabricarse” coartadas para que la policía no les vincule a ninguna de sus fechorías. Roban y vejan como un ejercicio de poder absoluto y puro: lo hacen simplemente porque pueden; no conservan apenas botín de sus intervenciones, y en muchas ocasiones ni bien se hacen con él lo gastan rápidamente y en cualquier cosa, aunque no les sea necesaria. Su objetivo no es nada material, sino la autoafirmación de su propio poder sobre otros, y lo ejercen con brutalidad inmisericorde. 

Fotograma de la adaptación de La Naranja Mecánica, de Stanley KubrickAlex ejerce de narrador, y es al mismo tiempo su principal defensor y crítico. Conocer de primera mano el carácter y alcance de unos impulsos violentos tan acusados es interesante, al mismo tiempo que estremecedor. La tranquilidad con la que es capaz de describir escenas brutales diarias, siempre refiriéndose a sus víctimas de modo despectivo, como si fuesen animales de compañía necesitados de correctivo, es escalofriante, y consigue, con el paso de las páginas, insensibilizarnos del mismo modo en que lo está él mismo. Tras unos cuantos asaltos, el lector deja de torcer el gesto y asombrarse, tras comprender la repulsiva lógica que guía los instintos de Alex.

Pero el idilio de Alex con sus drugos no dura mucho, y éstos lo traicionan en mitad de un asalto. La policía lo atrapa y da con sus huesos en la cárcel, donde recibe un tratamiento experimental contra la ultraviolencia que invade las calles del país. A partir de entonces, Alex no es el mismo, y comienza a cobrar sentido el significado del título de la novela tal y como lo definíamos al principio.

No estamos ante una novela complicada de leer ni comprender, no más allá del uso indiscriminado del nadstad, al que pronto nos acostumbramos. El lector pronto identifica sus reacciones con las de Alex, pasado el impulso inicial de rechazo. La perversa lógica del violento se dibuja a la perfección aquí, y la también perversa intervención del Estado nos lleva a apreciar otros aspectos de la relación entre el individuo y la masa. Del Alex violento pasamos al conformista desprovisto de todo impulso individual, que rechaza cualquier tipo de violencia, incluso a la más sutil o vinculada a la propia supervivencia. Este cambio artificioso, interesado e innatural de conducta, alejado de la adecuada evolución de la educación más básica, encarnado en un tratamiento instantáneo que utiliza a la propia arma del enfermo como palanca, es la clave de la novela.

¿Qué nos hace ser violentos, dónde está el límite de lo permisible? En la sociedad occidental, tan políticamente correcta, toda violencia es vista hoy en día como una manifestación de la irracionalidad, de los impulsos más básicos. Pero en todo mundo, un saludable grado de violencia, al menos verbal, se hace necesario para liberar nuestra mente de las tensiones diarias. Una discusión a tiempo, la práctica del deporte o una voz más alta que otra de vez en cuando ayuda a evitar explosiones incontroladas de violencia destructiva. Al fin y al cabo, el ser humano ha de encontrar el necesario equilibrio entre el respeto absoluto hacia otros y la cordura. Nadie es absolutamente bueno ni malo, no hay blanco ni negro, tan solo una saludable y amplia gama de grises. Hay que recordar que no somos más que animales evolucionados, y la violencia ha sido siempre usada por el ser humano para dirimir diferencias o establecer jerarquías, es consustancial a nosotros, y toma distintas formas. Cambiar esto de la noche a la mañana (o en unos pocos siglos, que es lo mismo) o pretender erradicarlo de forma absoluta, no es ni sencillo ni totalmente recomendable.

Fotograma de la adaptación de La Naranja Mecánica, de Stanley KubrickEl personaje Alex personifica la peor de las violencias, no vinculada a ninguna de sus formas saludables de expresión humana. Es destructiva, de motivación aleatoria y en absoluto natural. Pero lo interesante de La naranja mecánica viene tras el tratamiento gubernamental, tras su desesperado intento de control de la mente enfermiza de Alex. Más horrible aún que el despliegue destructivo del protagonista es el uso que hace de ello un gobierno en horas bajas y necesitado de instrumentos propagandísticos de primera categoría. Nuestro protagonista es víctima de la política, en una horrible forma que despierta por vez primera la simpatía del lector -¡quién nos lo hubiese dicho!-, despertando a éste a una nueva forma de violencia, más sutil y refinada pero igual de demoledora: el control emocional. Ahora es Alex el agredido, el ciudadano desprovisto de capacidad para decidir sobre su vida y actos. No es capaz ni siquiera de defenderse del mínimo ataque verbal, ni de llevar la contraria a otros... la violencia se convierte para él en su propio infierno personal y su ausencia en el único leit motiv de su vida. Y es a través de esta pesadilla, a la vuelta del viaje iniciático de Alex, cuando Burgess nos revela su auténtica intención.

En fin, una novela original que debería ser un clásico y sobrevive por su fondo, más allá de su forma, por otra parte bastante limitada. Muy recomendable, si uno logra sobreponerse al léxico nadsat...

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Fotograma de la adaptación de La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick
Fotograma de la adaptación de La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick
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