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Los tres impostores, de Arthur Machen
Joaquín Torán   25/11/2007 ( 967 lecturas) Escribir Comentario
     La novela se va revelando como un descomunal engranaje engrasado sublimemente por Machen. Conjuga el terror con el misterio, marcando claramente el territorio de cada cual.
Portada de Los tres impostores, de Alianza EditorialHay individuos que parecen atrapados en un tiempo que no les corresponde. Howard Philip Lovecraft o Edward Moreton Plunkett, Lord Dunsany, podrían ser dos buenos ejemplos de este axioma, de no estar precedidos por un caso paradigmático, de cuyo influjo beben sus dos literaturas: Arthur Machen. Los tres tienen en común una serie de características lo suficientemente llamativas como para que se comprenda el papel que les atañe en el nacimiento de una nueva tendencia dentro del género del terror, el horror cósmico, etiqueta con la cual críticos y estudiosos han querido englobar esta categoría que nace con Machen, se atisba con Plunkett y se consolida con Lovecraft.
 
Los tres poseen biografías en donde el lugar de su nacimiento se impone a su fecha; los tres construyeron mundos con los que evadirse de su realidad (Plunket), su tiempo (Lovecraft) o su circunstancia (Machen); los tres sintieron la atracción por el pasado, los mitos y las leyendas de sus comarcas; finalmente, en sus tres literaturas se rastrea, en su conjunto, un trasfondo existencial que es resumen de un siglo y una época. Incluso podemos terminar de glosar estas semejanzas con una macabra coincidencia: los tres murieron en un intervalo de veinte años (Lovecraft, fallecería en 1937, de un tumor intestinal; Machen, en 1947, con más de ochenta años a sus espaldas; Lord Dunsany, en 1957, a causa de un ataque de apendicitis).

Los tres figurarán, además, en un lugar eminente en “El horror en la literatura”, ensayo determinante y definitivo sobre el nuevo rumbo que estaba tomando el terror: Lovecraft, en la triple faceta de autor, crítico e historiador, situaría en los mismísimos altares a sus dos compañeros de inquietudes. Sobre el irlandés, el “solitario de Providence”, llegaría a hacer una reflexión profunda, reconociendo que buena parte de su obra era “Dunsaniana” (es decir, englobaría importantes elementos oníricos). Su veneración por este “bardo” rozaba lo mitómano, llegando, incluso, a concebir un libro, de tintes amateurs, titulado “Lord Dunsany y su obra” (parece ser además, que, de todos sus ídolos literarios, fue el único que conocería en vida: en 1919 asistiría, junto con miembros del “Círculo de Cthulhu”, a una conferencia que éste impartía en Boston).

En el mismo capítulo dedicado a Lord Dunsany, se cita, con bastante profusión, y en términos muy respetuosos, a Machen: “Entre los creadores actuales del miedo cósmico que han alcanzado el más alto nivel artístico son pocos los que pueden compararse con Arthur Machen. Su poderosa producción de horror, a finales del siglo XIX y principios del XX, sigue siendo única en su clase y marca una época distinta en la historia de este género literario”. Tanto es así, que Lovecraft incluiría en su famoso decálogo de los mejores cuentos de terror cósmico, nada más y nada menos que ¡tres! relatos del galés: “El polvo blanco”, - o “Vinum Sabbati”- “El sello negro”, y “El pueblo blanco” (considerado este último, por unanimidad, como el más perfecto cuento terrorífico nunca escrito).

¿Quién era por tanto este escritor, encumbrado, en la década de los veinte del pasado siglo, por el mismo Lovecraft que sentía una ciega admiración hacia él?. La mejor respuesta a esta pregunta se encuentra en la acertada afirmación de que Machen era, principalmente, “un místico cristiano”. Hijo de un pastor anglicano nacido en Caerleon-on-Usk, en un condado del Gales sureño, en las cercanías del antiguo enclave romano de Isca Silorum, su feliz infancia transcurriría al abrigo de los juegos que su fértil imaginación le sugeriría por su contacto con un paisaje rico en leyendas y mitos celtas. La mezcla de paganismo y religiosidad conduciría a Machen por la senda de lo esotérico, haciendo que ingresara en la secta de “La Hermética Orden del Amanecer Dorado”, (organización en cuya nómina figuraron Bram Stoker, o Algernon Blackwood, aventajado alumno “macheniano”) y de la que extraería un componente numinoso importante (como por ejemplo, la concepción de la magia, entendida como una fuerza de la Naturaleza, incomprensible para el hombre y codificada en mugrientos, mohosos y prohibidos volúmenes arcanos). Esta conjunción explicaría, además, su predilección hacia la Edad Media, pues en esta etapa histórica tan oscurantista era posible hallar aún, hermanadas, una profunda espiritualidad y una rotunda pureza carnal y terrenal.

Para él, la Naturaleza era una entidad Divina, temible pero justa, ante la que el ser humano debía doblegarse. La agreste ferocidad de muchos de sus relatos, de un salvajismo rústico, natural y simple, emanan de esta creencia. Rafael Llopis, máxima autoridad española en materia de terror, sostendría que, en su afán por revisar el cuento de miedo y privarlo de elementos caducos (el fantasma victoriano), Machen “escribiría (relatos) a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes”. De Naturaleza descarnada y desnuda. Hablaría de hadas y gnomos en cuanto seres más próximos a la autenticidad natural, hostiles al hombre precisamente por su cercanía con la tierra salvaje. Se centraría en poderes extraños anteriores al inicio de los días y de los hombres. Escenificaría, mejor que nadie, el conflicto entre la Civilización y lo Asilvestrado, consecuencia necesaria de un conservadurismo que recelaba del Materialismo y el Progreso y que clamaba por una cierta vuelta a los orígenes. Sólo Blackwood, el guardabosques canadiense, sería capaz de seguir esta estela en su magistral “El Wendigo”.

De izquierda a derecha: Lovecraft, Arthur Machen y Lord DunsanyTodas estas pautas las encontraremos en Los tres impostores, de 1895, escrita con posterioridad a “El Gran Dios Pan”, su novela más famosa. Aunque aún faltaban cuatro años para toparse con el Machen del Golden Dawn, sus obsesiones ya se despliegan, en su inmensidad, en esta obra infravalorada respecto al conjunto de su bibliografía, que basa su mayor atractivo y su gran baza en su imperfección estructural y argumental. El mayor error que puede cometerse a propósito de “Los tres impostores” es llegar a tomarse en serio su presunta arbitrariedad, porque ni uno solo de los ingredientes que el cocinero Machen dispone en esta obrita formidable responde, ni de lejos, al puro azar. Tomemos, como ejemplo, el título del libro: “Los tres impostores”. Para el lector tradicional, remite a una novela con algún componente de suspense y algunas dosis de misterio; pero para el lector más incisivo, (y también, más avezado en el universo “macheniano”), supone una verdadera declaración “medievalística”. En efecto, el número “tres” era, en el Medievo, perfecto y completo, dado que representaba el principio y el fin, la Trinidad, que podía transformarse en el número uno, símbolo de la absoluta perfección. “Los tres impostores” es cinco veces perfecta, pues está articulada por ocho capítulos más un prólogo (es decir, nueve, tres veces tres), que contienen, a su vez, seis relatos (dos veces tres).

Cuenta con seis personajes: los dos protagonistas, Dyson y Philips, tanto o más falsos que el resto, desde el mismo instante en que de ellos sólo se conocen sus apellidos y se muestran sus encorsetadas preocupaciones y ambiciones, que tienen un cierto regusto artificioso e irreal; los tres impostores, los señores Richmond y Davies y la señorita Lally, con sus nombres ficticios y sus personalidades criminales, que se desenvuelven como pobres desamparados para enmascarar su total falta de escrúpulos, y el joven de los anteojos, caracterizado de las formas más grotescas en los delirantes embustes que cuentan nuestro terceto de bellacos, víctima de un terrible complot y del devenir de un inexorable destino predestinado (nuevo guiño a la religiosidad). La novela, en un principio lenta y con una apertura extraña, se va revelando como un descomunal engranaje engrasado sublimemente por Machen. Una obra que conjuga el terror con el misterio, marcando claramente el territorio a cada cual, atreviéndose a combinarlos cuando la ocasión lo precisa con resultados sorprendentes, no dejando cabo sin atar, resuelta con una habilidad ( y brutalidad) tan extraordinaria que deja al lector, una vez concluida, fascinado y molido. Entre otras cosas, porque Machen logra crear, paulatinamente, una sensación de impunidad que, no por menos esperada, resulta menos chocante y alarmante.

Esta sensación es alimentada por la violencia, en principio latente y luego manifiesta, que sacude a cada instante el libro. Una violencia que no es más que la consecuencia lógica del empuje de lo Desconocido o, si se prefiere, del conflicto entre el hombre y la Naturaleza. Es curioso observar cómo el mayor salvajismo tiene lugar en núcleos habitados, en los que la mano del hombre puede apreciarse con claridad, manifestando así la absoluta incompatibilidad entre lo “civilizado” (progreso) y lo “indómito” (conservación). La virulencia de esta dicotomía - fruto de la completa falta de integración que el propio Machen padeció en Londres, donde siempre se sintió extraño- acaba representándose en una cierta “escala del terror” que responde a la siguiente fórmula: a mayor salvajismo y ferocidad, mayor horror y repugnancia.

La narración, verdadero bucle, empieza con una doble presentación de los personajes que se ajusta a esa “escala”: los tres impostores protagonizan una primera parte del prólogo agresivo y feroz, que deja al recién llegado lector impotente por la fechoría que intuye, pero que aún no sabe consumada; el seguimiento por su parte, de los dos héroes casi anecdóticos del drama (protagonistas de otra novela postrera de Machen de 1924 titulada “La Mano roja”), es inocente y parece inocuo, pero el lector no puede evitar reprimir su espanto al saber que Dyson y Philips se aproximan al lugar donde acechan los tres impostores. Sólo en el capítulo final, en el que Machen retoma el prólogo justo donde lo había suspendido, el lector vislumbrará una parcela de la verdad (contemplando el terror en su absoluta magnitud), o por lo menos, de lo que podría pasar por tal (porque la gran verdad de un libro donde todo es puesto en duda, su auténtica explicación, reside en el deseo de Machen de escribir un colosal monumento al terror).

Finalmente, quería hacer un último apunte. Se percibe, claramente, que la estructura, en ciertas ocasiones forzada, fue concebida para dar cabida a los relatos que la sustentan. Esta afirmación se apoya en las ondulaciones de la trama “de relleno”, en la fragilidad de su urdimbre, nunca lo suficientemente sólida, y ni siquiera coherentemente increíble (Machen no pretende que el lector se crea nada de lo que narra; es más, juega a eso con insistencia, aunque se guarda muy mucho de resaltar, en cada página leída, su sombría moraleja acerca de la auto-condenación humana por su desafío a la Naturaleza). Parece ser que Machen escribió “Los tres impostores” tras haber ideado su primoroso relato “El polvo blanco”, en un intento por darle un cierto “empaque” del que carecería aisladamente. Efectivamente, si a este relato se llega de forma aislada (lo cual es bastante probable, pues es el mismo que, bajo el título de “Vinum Sabbati”, Rafael Llopis seleccionase para el imprescindible volumen de Alianza Editorial de “Los Mitos de Cthulhu”), la posibilidad de malinterpretarlo es tan elevada que se pierde su auténtico sentido y significado: de verdadero epicentro de “Los tres impostores” queda relegado, en su condición marginal, a un excelente, pero inofensivo, cuento de miedo. Si se cogiese por separado el otro gran hito del libro, “La novela del sello negro”, acabaría convertida en una historia de civilizaciones milenarias muy del gusto de Lovecraft, una suerte de versión mejorada de la estrepitosa e infumable “La piedra negra” de Robert E. Howard, que perdería, sin embargo, el hondo calado y la desesperanza reivindicatoria que contiene como parte de un todo.

Que nadie se la pierda. Se garantizan unas horas de buena literatura. Eso sí, a costa de estremecerse de genuino y efectivo terror.

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