Yona, princesa del amanecer está siendo una de las apuestas fuertes de Norma Editorial. El famoso shojo de Mizuho Kusanagi aterrizó en nuestras estanterías con jugosas promociones (como los dos primeros tomos a mitad de precio), que continúan hasta este cuarto volumen, que salió a la venta el pasado 21 de marzo y que trae un posavasos magnético de Hak (el cual tengo en mi estantería porque me parece una afrenta poner una taza encima de esa cara).

Fangirleos aparte, si no conoces este manga te aconsejo ir a la reseña de los dos primeros tomos (sin spoilers), ya que el análisis de este cuarto volumen podría destriparte detalles importantes de la trama.

En el cuarto tomo el grupo de Yona continúa su viaje en busca de los cuatro Dragones. Con Ki-ja ya en el equipo, atraviesan las tierras del Clan del Fuego para encontrar al Dragón Azul en un viaje en el que el Dragón Blanco muestra su fuerza legendaria y sus inseguridades.

Pero la aldea del Dragón Azul no se parece en nada a la de Ki-ja. Ocultos en el interior de una montaña, sus habitantes reciben al grupo sin demasiado entusiasmo y niegan la existencia del dragón a pesar de que Ki-ja es capaz de percibirlo. ¿Qué secretos se esconden detrás del hermetismo de sus gentes?

Después de la facilidad con la que el Dragón Blanco se unió a ella, el viaje de Yona empieza a complicarse. Los Dragones adquieren importancia en la trama, de la que son protagonistas en este tomo: por un lado Ki-ja, como nuevo miembro del grupo, se siente un poco inseguro respecto a su papel y su utilidad. Mientras que por otro se inicia el arco del Dragón Azul, del que conoceremos su oscura y triste historia, y llegaremos solo a intuir el inmenso poder que se oculta tras sus ojos. Uno de los personajes que a nivel personal más me gustan de Yona, princesa del amanecer.

Por otro lado, con la llegada de un nuevo integrante al grupo de Yona las cosas cambian un poco: la rivalidad entre Hak y Ki-ja, desesperados los dos por ser los protectores de la princesa, deriva en un constante y muy divertido pique entre ambos, que se convertirá en habitual. Por otro lado, los momentos a solas entre Yona y la Bestia del Trueno se ven reducidos, aunque su relación mantiene la (muy adictiva) tónica de él lanzándole indirectas muy directas mientras ella no se entera de nada.

La trama del manga se pone cada vez más interesante al tiempo que amplía su elenco de personajes carismáticos, a los que vemos evolucionar de forma paulatina y natural. Yona comienza a definirse como una verdadera líder y Hak empieza a darse cuenta de sus sentimientos.

El estilo visual de Mizuho Kusanagi recuerda al clásico manga shojo, con caras algo más redondeadas y ojos gigantescos. La mangaka sabe captar bien el movimiento, así como reflejar los sentimientos de sus personajes con una gran variedad expresiva. No suele dar demasiada importancia a los fondos, difuminándolos u omitiéndolos en muchos casos, aunque es capaz de dibujar escenarios con mucho detalle cuando es necesario. En resumen, una obra visualmente muy agradable y equilibrada.

Parece, también, que la traducción ha mejorado un poco con respecto a los anteriores tomos (han desaparecido las confusiones con los títulos de cortesía y los molestos “señores”), y ahora se siente más natural y amigable con el lector.

Como ya he dicho en anteriores reseñas, nos encontramos ante uno de los shojos más populares tanto en Japón como fuera de sus fronteras. Una obra que mezcla fantasía, histórica, humor y romance con un viaje de búsqueda de identidad y superación. Con una trama que engancha y unos personajes con los que el lector empatiza muy rápidamente. La aventura de Yona, princesa del amanecer solo acaba de empezar, y recomiendo a todos los amantes del buen manga que la sigan antes de que le pierdan la pista, pues no se arrepentirán.

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