Neil Faulkner

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano se adentra en la Historia con el fin (a veces honesto, otras veces no tanto) de buscar un sentido a su existencia. Este objetivo ontológico del ser humano por intentar justificarse a sí mismo, y en especial frente a otras criaturas o entes de la naturaleza -reflejo, quizás, de cierto complejo de inferioridad-, ha llevado a que la Historia se vea muchas veces inventada, otras veces tergiversada y otros, simplemente, utilizada para servir a oscuros fines. En busca de un relato capaz de justificar lo injustificable, o de intentar normalizar lo extraordinario.

Este intento espurio de manipulación de la Historia es lo que identifica Neil Faulkner (Londres, Inglaterra, 1958) en el discurso de las élites por intentar correlacionar dos conceptos tan aparentemente distantes como “Historia” y “Orden”. Según este discurso, la existencia de una élite vendría siendo imprescindible para que, en la Historia humana, pudiese existir un orden capaz de dar seguridad al conjunto de las personas. La inmanencia de la élite justifica su existencia a lo largo del tiempo y, por tanto, la extiende en el futuro, convirtiéndola en imprescindible, inevitable… y positiva. De sus decisiones surgiría un bien común, de que puedan conseguir sus objetivos nacería el bienestar para el conjunto.

Las élites pierden no solo su inmanencia sino también su signo positivo

En “Una historia radical del mundo” (Pasado & Presente, 2019), el historiador británico utiliza el paradigma marxista de análisis para llevarnos por un viaje que, desde los tiempos más remotos de la humanidad hasta nuestros días, explora si, realmente, este discurso es así o no.

Su punto de partida es una evidente denuncia: ni la élite es inmanente, ni garantiza orden alguno, ni tiene incluso porqué resultar positiva para nada. El “relato positivo” se deconstruye a partir de la introducción en el análisis histórico de uno de los factores siempre ignorados por quiénes quieren arrimar el ascua a su sardina: las clases populares. Y se hace destacando la tensión que siempre ha existido entre el pueblo y sus dirigentes, y de cómo estas tensiones han provocado grandes cambios sociopolíticos -algunos positivos y otros no-.

El cambio de perspectiva no es baladí. Haciendo así, las élites pierden no solo su inmanencia sino también su signo positivo: que pasa a trasladarse a la tensión social, a la lucha y a la disputa entre los de arriba y los de abajo. Se observa que ha habido momentos críticos en los cuáles los pueblos han dicho ¡basta! y a partir de los cuales, fuera solo a través de movimientos populares o llegado incluso a cristalizar en revoluciones, se han experimentado cambios positivos para el conjunto de las sociedades. Esto rompe con la relación élite-orden, resquebraja incluso la estabilidad como el marco del que únicamente puedan surgir cosas positivas para el conjunto, además de poner en valor la relación dialéctica entre los distintos grupos de las sociedades como mecanismo principal para la modernidad y del cambio.

Una historia radical del mundoLos de “arriba” y los de “abajo”, las “élites” y el “pueblo”, las clases “altas” y las “bajas” son aquí la base para el análisis: se observan sus tensiones; se analizan las causas que han llevado a la rotura de su status quo en determinados momentos; y se concluye que los resultados de estas tensiones han derivado en prometedores modelos políticos, en nuevos derechos cuya consecución ha traído un mejor bienestar y nuevas oportunidades, y en un marco democrático y de progreso que tiene el potencial de traer nuevos importantes avances también para el conjunto.

Otro aspecto interesante está en cómo retrata Faulkner la relación de estas tensiones con la violencia y, en especial, con la guerra. El análisis desde el punto de vista de los grupos populares releva que al “pueblo”, a la “clase baja”, nunca le ha interesado alentar, declarar o participar en guerra alguna. Estos conflictos han sido, más bien, consecuencia de la lucha entre élites en disputa por unos recursos escasos que no tenían (desde la mano de obra esclava, los terrenos o los excedentes agrícolas, en las guerras de la antigüedad; hasta los recursos naturales orientados a su explotación industrial y a la acumulación de capital, en las guerras modernas). El pueblo ha sido aquí mera carne de cañón. Mano de obra. Y a veces, ante la evidencia, también ha tenido que decir ¡Basta!

“Una historia radical del mundo” no rehúye la tensión y la lucha

La consecuencia de este tratamiento de la guerra es que, contrariamente a lo que es habitual leer en los defensores de la élite y el orden, la guerra no es un fin inevitable. En la dialéctica entre grupos sociales (estratos, estamentos, clases…) con intereses distintos, la defensa de los intereses del pueblo excluye a la guerra como salida en las más de las ocasiones. Ello no quiere decir que se excluya a la guerra, sino que sería una alternativa bastante menos socorrida cuando el pueblo actúa que cuando lo hacen “los de arriba”. Una nota importante, creo, en nuestro análisis de lo que hemos vivido como humanos hasta hoy, y de lo que a partir de ahora nos queda por vivir.

Aún así, el ensayo no rehúye la tensión y la lucha. De hecho, como hemos visto, es inherente a su perspectiva. Pues propone un marco de análisis dónde la presunta clase social salvadora (los ricos, la clase alta, la élite) y portadora del interés general, discurso dominante en ciertas capas de las sociedades modernas avanzadas y cada vez más extendido, el análisis de la Historia nos propone substituirlo por otro donde se reivindica lo positivo de la tensión entre grupos o estamentos o clases. Haciendo así, se observa la acción social y la tensión intrasocietaria como una clave del interés general y del desarrollo colectivo, además de una mecánica sociohistórica imprescindible a la hora de explicar los principales progresos conseguidos por las sociedades a lo largo del tiempo.

En otras palabras, progresar como especie nos exige ser conscientes de la lucha de intereses que está teniendo lugar ante nuestras narices, tanto a nivel doméstico como internacional, y tomar partido a través del compromiso y la acción. En el pasado, la movilización social fue clave para conseguir importantes pasos adelante. Y en el futuro, parece que este factor tendrá una importancia igualmente capital en el desarrollo de la humanidad. Este es el reto, frente a los cantos de sirena desmovilizadores y/o conformistas, al que nos invita a sumarnos Faulkner al final de su argumentado, sólido y perspicaz análisis.

“Una historia radical del mundo” (Pasado & Presente, 2019) se va, como su propio nombre indica, a la raíz básica de los acontecimientos en la Historia de la humanidad para comprobar lo que, de verdad, lejos de relatos interesados o parciales, nos mueve. Y al hacerlo, nos lleva también a adoptar una actitud de autoconsciencia sobre lo decisivo que resulta ser plenamente conscientes de lo que está en juego dentro de las sociedades. Incluso en nuestro presente, en el seno de nuestras propias sociedades, está lucha sigue en marcha. Este excelente libro de Neil Faulkner nos conmina a ser plenamente conscientes de ello.

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