La autora, Alba Carballal.

AVISO: esta crítica va con mucha mala baba. “Tres maneras de inducir un coma“, de Alba Carballal, por poco no me aplana para siempre mi vago electroencefalograma.

Mala baba por el hastío que me causa el mundo editorial convertido en factoria capitalista. Maniquíes con la nariz alta traficando con trabajos literarios de calidad paupérrima.

Baba mala por la paciencia que he necesitado para terminar el librito dichoso; yo, acostumbrado a leer cientos de páginas de una tacada mientras veo la tele y escucho música, literalmente.

Y una baba muy mala, ponzoñosa, como la secretada por la rana dardo. Y es que uno está ya hasta las gónadas siderales de mi yo extradimensional de tener que tragar todo lo que unos señores sin la menor idea de arte deciden promocionar; seguramente de rendimiento económico sí tengan conocimientos, o quizás sea que para vender a una sociedad de encéfalos bovinos no haga falta más formación que la de ser capaz de mugir las vocales. En órden, eso sí.

El cebo: autores vendiendo los libritos de sus colegas

Tres maneras de inducir un coma” se presentaba hace meses envuelto en su respectiva bandita roja. Como la que le pondríamos a una reina de la belleza con muchas cirugías. Nunca, jamás, leo estas “recomendaciones”, pero me llamaron la atención los nombres de quienes la avalaban -al parecer consideran este libro y a su autora una peculiar joya. Todos tienen en común esto: me resultan autores aburridos, innecesarios y sobrevalorados. Así que la usé de marcador para comparar impresiones al llegar a la última página.

En esto del mundo literario, las personas que osan denominarse escritores han visto numerosas reposiciones de Karate Kid. Llevan grabado a fuego en el seso eso de “dar sera, pulir sera”.

Pero yo soy más simple. Y solo distingo entre libros de calidad y tomos merecedores de una buena pira inquisitorial.


Portada de “Tres maneras de inducir un coma” con su banda de reina de la belleza.

Popurrí

Procuraré avanzar en la crítica de forma ordenada. Pero son tantos los puntos débiles en “Tres maneras de inducir un coma“, que es más probable que termine desvariando como un viejo que pelea consigo mismo.

En primer lugar, el supuesto humor presente en la obra, el cual destaca Eduardo Mendoza, se debió perder en mi volumen;  lo más parecido a una carcajada que me causó fue un bostezo… bandadas de bostezos. Lo digo siempre, un libro debe aportar algo nuevo o al menos entretener para merecer la ingente cantidad de papel que se destina a su edición.

Me retrotraía a una de las películas de Torrente, esos papeles higiénicos cinematográficos que, mediante el esperpento y la vulgaridad, hacen evidente la incapacidad de un creador -en este caso me refiero a Alba Carballal y a Santiago Segura- para poner la lupa de sus cerebritos en cualquier otro aspecto digno de mención de la sociedad española. Dejemos aquí la parte del humor, creo que es suficiente.

Para Muñoz Molina, este libro y el “Buscón” son primos hermanos

Por otra parte, Antonio Muñoz Molina encuentra “una mirada ácida y crítica sobre la realidad del presente transformado en brillante literatura…” buag. Señor Muñoz Molina, no sé en qué realidad española vive usted, desconozco, por fortuna, los círculos en vías de extinción por los que medra, pero si “Tres maneras de inducir un coma” guarda alguna relación con el presente, usted o yo estamos tomando un ácido muy potente: habitamos  realidades sociales bien distintas. Aparte de esto, la acidez y la crítica se encuentran, sí. Pero tienen la acidez de un limón pasado, y una crítica que sigue unas vías más pisoteadas que las antiguas cañadas reales, ya casi olvidadas, como este libro de mi memoria, y eso que hace solo un mes que lo terminé -no he reunido ánimo para ponerme a señalar sus evidentes faltas hasta ahora. A continuación, el respetado académico de una institución que despedaza el idioma para adecuarla a una sociedad analfabeta, se atreve a relacionar este libro con “nuestra” -¿acaso existe otra, señor Muñoz Molina?- tradición picaresca. Nada más que añadir sobre este punto. Solo carcajadas y un abandono de la sala.

¿Sabe el lector esa crítica recibida de un pariente o un amigo? Esas que no hay que dejar que pasen de los tímpanos. Bien, ese nicho lo ocupa la opinión de Darío Adanti. Voy a ser directo contigo, Adanti, ya que aún no llevas el tiempo suficiente en el ámbito escrito como para recibir las líneas destinadas a los otros dos osados recomendantes: vómito. Eso es lo que me sale cada vez que leo tu recomendación. Gracias, por cierto. Me estás ayudando a adelgazar.

Lo que yo veo

En “Tres maneras de inducir un coma” encuentro una obra leída y releída, corregida -según la acepción cubana de “corregir” también- hasta la saciedad. Y ya. No hay errores. Alba Carballal sabe conjugar. Y aburrir. Desconoce la lírica, la música de la literatura, la capacidad de ser entretenido y crítico -pues esta es en parte su intención.

Los personajes son puro cliché. Estereotipos. Artificiales. Anodinos hasta en sus peculiaridades. No dudo que era su intención. Pero, querida, se pueden criticar y retratar ciertos sectores sociales sin necesidad de recrear personajes tan obvios y rígidos. Personajes que, tu buen esfuerzo te habrá costado, se expresan de forma diversa, incluso en su vocabulario, el oral y el introspectivo. Y esto lo valoraría, de no ser el repertorio del lenguaje y las fórmulas empleadas las mismas de las que se valdría cualquiera que quisiera hacer una mala imitación de una persona trans, retrograda o “estudiada”. Su vocabulario, igual que su personalidad, es puro léxico de manual. Mira, te lo resumo, un coñazo. Y es que se te ve la pluma, amiga, se te ve la pluma cuando la forma de articular las oraciones, los conectores y el sistema de razonamiento mental, lo que viene siendo la estructura cognitiva de estos personajes tuyos, es idéntica en todos.

El intento de Alba Carballal por crear personajes representativos de diversos grupos sociales y darles una potente individualidad queda en un soberano fracaso cuando la única variante que la autora introduce se recoge en adjetivos y verbos.

Las personas no son adjetivos y verbos, las formas de sentir, de percibir y actuar, no se pueden representar solo con oraciones. Aquí es donde debería haber entrado el lirismo, el poder de la literatura para crear cualquier cosa imaginable a través de un léxico comparativamente limitado frente a las infinitas posibilidades de una imaginación única. Claro que, desde mi punto de vista, este es el pilar podrido que derrumba todo lo demás.

Pues a la hoguera de San Juan le vino como anillo al dedo

Señores lectores, la novela no ha muerto. Nunca morirá. Son los escritores quienes mueren, sus cerebros llegan atrofiados a la hora de crear. Y para poder avanzar en el acto de crear nueva literatura, es necesaria una mente que funcione como un motor a reacción. No el motor a pilas que creó “Tres maneras de inducir un coma“.

Dicho todo esto, la novela es aceptable. Para dejarla en tu ordenador. Para una publicación humilde. Pero, por favor, necesito que alguien me explique a qué vienen tantos aplausos por este librito que, sed sinceros, ya casi se ha olvidado, y en un año caerá al olvido.

Adiós, librito, y buen viaje sin retorno.

Por cierto, no lo he mencionado todavía, pero la editorial responsable de traer este libro a nuestras casas es Seix Barral -ni hipervínculo ni nada. Uno se cansa de sermonear a las editoriales. Así que adelante, sigan ustedes llenándonos las librerías de ofertas pobres, de una calidad incluso peor que esta y con recomendaciones como las que he mencionado de otros autores.

Todos sabemos que hay un inmenso engranaje en la burguesía de la literatura. Una clase dominante que debería deberse más a los lectores que a los amigos. Renueven el mundo literario español, por favor. Dejen de dar asco. Me empieza a costar rescatar obras del siglo XX en retrospectiva.

¿Y de la historia qué?

Es fácil apreciar que no he aportado análisis alguno respecto al contenido. La historia. Esto tiene su explicación articulada en dos puntos. El primero, la historia no tiene nada de interesante, carece por completo de detalles que merezcan una descripción. El segundo punto, y el principal, es que nunca abordo la historia a no ser que las formas la hagan merecedora de ello. Cuéntame cómo cae una hoja de un árbol, pero hazlo de modo que se me erice la piel, y estaré meses pensando en ello. Dot point.

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