El día 21 de octubre del año 1600 la lluvia y una espesa niebla cubren el valle de Sekigahara, donde dos grandes ejércitos se preparan para la que será la última batalla por la unificación del Japón feudal. El ejército del Este liderado por Tokugawa Ieyasu llega al valle por la mañana, al mismo tiempo que el ejército del Oeste, liderado por su rival Toyotomi Hideyoshi. La niebla se levanta poco a poco y una unidad de caballería del este, los demonios rojos, ataca uno de los flancos, iniciando una sangrienta batalla que acabará con la victoria para ellos y Tokugawa Ieyasu declarado como Shogun.

Entre las fantasías que nos permiten vivir los videojuegos, la del «general» siempre ha sido una de mis favoritas. Desde pequeño me vi atraído por los juegos de estrategia desde mis escarceos con Age Of Empires o Civilization. Sin embargo, ninguno de estos títulos acababa por satisfacerme. Los RTS similares al primero tienden a tener varios problemas recreando la experiencia de una batalla realista, mientras que los segundos se centran más en la gestión de una civilización que de la vida militar que la rodea.

Y en una colina en medio del campo de batalla que es el mercado de los videojuegos se alza el trono de Total War. Y Total War Warhammer 2 es la última encarnación de la saga en sentarse en él cómodamente, como si estuviera hecho en expreso. Y esto es algo que aún no deja de sorprenderme tras jugarlo.

No os mentiré: aunque me guste la saga Warhammer, sin llegar a ser un gran fan, acabé pasando del primer Total War Warhammer, ya que no consiguió venderme la idea de traer la fantasía a esta particular saga. Mi primer Total War fue el Medieval II, un juego que me hizo interesarme por la historia real, siendo algo que me ha pasado en cada Total War. Esta saga para mí ha sido como una ventana al pasado, a la historia; y un vehículo que consiguió que ya desde joven me interesara por ella.

Aun con todo, Total War Warhammer 2 ha conseguido meterme en el papel. He ganado batallas sin perder ni un solo hombre; he perdido algunas de maneras desastrosas; y he experimentado todos los deliciosos puntos medios que se puedan imaginar. Si hay algo en lo que Total War Warhammer 2 mejora con respecto a sus antecesores es con respecto a las batallas en tiempo real.

Para los que no conozcáis la saga, las grandes peculiaridades de esta son las siguientes: parte del juego se realiza sobre un mapa global del mundo, con muchos elementos del subgénero de la estrategia 4X. Sin embargo, cuando dos de nuestros ejércitos se enfrentan, el juego pasa a la perspectiva de la batalla, mostrándonos un mapa donde enfrentaremos nuestro ejército contra las fuerzas enemigas.

Y este último es el punto fuerte de Total War Warhammer 2. Al controlar las unidades no de forma individual, sino como grupos tendremos que pensar mucho sobre el posicionamiento de nuestros destacamentos y los del enemigo si queremos alzarnos con la victoria. Tendremos diferentes tipos de unidades con sus ventajas y desventajas; el movimiento de estas es generalmente «lento» si lo comparamos al de otros RTS, por tanto tendremos que tener muy en cuenta los movimientos a realizar. Además, nuestras unidades tienen moral además de cansancio y se acabarán retirando según la situación, con lo cual la mayor parte de batallas se decidirán no con la total aniquilación del bando contrario, sino debido a estos factores.

Y comparado con otros Total War, esta es la parte que ha mejorado ampliamente con respecto a los anteriores. Pocas veces he sentido que tener ventaja numérica o de fuerza relativa al contrario me ha llevado a la victoria. Me ha ayudado, claro, pero he perdido y ganado muchas más batallas por el correcto manejo de las tropas y del terreno que por la fuerza bruta que tenían estas.

Siguiendo con la comparación, es muy interesante cómo los elementos típicamente de fantasía se han utilizado de forma brillante para realzar las posibilidades tácticas en el campo de batalla. Nuestros ejércitos están liderados por Señores, unidades poderosas con habilidades únicas que perfectamente pueden enfrentarse por su cuenta a uno e incluso a varios destacamentos, y que además tienen distintos rasgos y características que dan diferentes bonus al ejército con el que están. Sin embargo, si perdemos a nuestro héroe por la batalla, nuestras unidades no se reagruparán y las cosas se pondrán muy difíciles para nosotros o para el enemigo en caso de que pierda al suyo. Los señores también irán ganando niveles y equipo completando niveles y aventuras que les harán más poderosos.

Además, tendremos héroes. Estos funcionan como los diferentes agentes en anteriores ediciones. Por tanto, pueden moverse de forma independiente para reforzar nuestros asentamientos o sabotear ejércitos enemigos, por ejemplo, tratando de asesinar a un señor contrario; o pueden unirse a un ejército dotándolo de diferentes mejoras según el héroe y permitiéndonos controlarlo como una poderosa unidad independiente en el campo de batalla como lo haríamos con nuestros señores. Sin embargo, estos no pueden liderar ejércitos propios.

Sin embargo, hay algo que me habría gustado que hubiera estado más presente en esta faceta en el juego y me refiero a los asedios. Aunque estos son interesantes y mejoran con respecto a ciertos títulos anteriores (te estoy mirando a ti, Total War Shogun 2). Aún sigo deseando que llegue un Total War que trate mejor a esta clase de batallas, con ciudades más grandes y usos más interesantes de las armas de asedio.

Y ahora tratemos el aspecto más 4X y general del juego, porque ha cambiado bastante con respecto a otras ediciones. En general todos los sistemas del juego se han construido de forma que sean más sencillos de utilizar, y en esto Total War Warhammer 2 mejora mucho. Cuando juegas al título notas cómo la intención era que esta parte del juego fuera importante, pero no un estorbo en las batallas. Al fin y al cabo, esto es el universo de Warhammer, un universo constantemente en guerra.
Cabe destacar entonces algunos de los cambios, para bien y para mal. Aunque es más fácil aprender a manejarse en esta nueva encarnación de la saga, es cierto que la simplificación de muchas mecánicas implica una pérdida de ángulos diferentes de los que preocuparse. Por ejemplo, en lugar de tener varios tipos de agentes solo tenemos uno, los héroes, y estos no tienen tantas opciones como antes. Resultan en general menos útiles que antes en mi opinión y personalmente muchas veces he decidido utilizarlos junto a mis ejércitos en lugar de manejarlos de manera independiente.

Aspectos como las finanzas, tecnologías o el desarrollo y gestión de asentamientos o provincias, que son agrupaciones de varios territorios con poblaciones, pierden por tanto interés. Al final el foco ha cambiado para centrarse en los héroes y señores.

A pesar de todo, también hay algo muy positivo en este aspecto del juego. Debido a las diferentes civilizaciones jugables provenientes del universo de Warhammer, se dan mecánicas y unidades muy distintas entre las unas y otras, algo que dota de gran valor de rejugabilidad al título, que aún me queda por explorar y que con gusto dedicaré parte de mi tiempo durante este nuevo año. Ayuda a esto que cada campaña sea diferente y tiene objetivos variados para finalizarla con éxito, cosa definitivamente novedosa en la saga y que provoca decisiones interesantes a tomar (que no necesariamente hubiera tomado en anteriores títulos).

El aspecto visual del juego cambia mucho también. No solo los gráficos mejoran, sino que el aspecto artístico del juego pasa a ser más colorido definitivamente, transportando el aspecto fantástico a esta saga generalmente centrada en el realismo. Esto le sienta bien hasta cierto punto, aunque he de decir que a nivel personal sigo prefiriendo la apariencia más centrada en la realidad de los anteriores.

Como conclusión, Total War Warhammer 2 es un título que he disfrutado y seguiré disfrutando durante aún mucho tiempo. Todavía me quedan campañas por finalizar y gustosamente ajustaré mis merecidos galones mientras llevo a mis tropas a la victoria. O al menos, eso espero hacer.

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