En mi más temprana infancia dispuse de la fortuna suficiente para disfrutar de Age of Mythology, la obra que me introdujo en la mitología antigua, además de descubrirme el videojuego en ordenador. Erigí las bases teóricas sobre los mitos griegos, egipcios y nórdicos; conocimientos que continué expandiendo transcurridos los años. A lo largo de mi evolución por el medio me introduciría en la saga God of War, analizaría Titan Quest e incluso incorporaría a mi librería Jotun: Valhalla Edition, título que aún aguarda la llegada de mi figura para ser degustado. Sin embargo, fue Age of Mythology el responsable de originar mi pasión por la cultura clásica. Acontecido el decurso del tiempo, lustros posteriores a la relatada experiencia, no alcancé a sospechar que podría reiterarse la historia.

No fui advertido de la incipiente aventura en la que me embarcaría antes de comenzar este videojuego; toda una serie de vivencias serían expuestas ante mi presencia gracias a la profundización en los mitos ugrofineses, olvidados por la Europa Occidental general. Guiado por una trascendental narradora de lengua finougria, me adentré en los misterios del folclore urálico.

Asumiendo el papel de Mooseman, nos será otorgada la aptitud de divisar más allá del ojo humano, cuya condición emplearemos en atravesar los tres estratos del universo mítico: el mundo inferior, la tierra y la bóveda celeste. A lo largo del recorrido presenciaremos las leyendas asociadas a dicha cultura, representadas desde un respeto solemne que glorifica la experiencia. Se trata de una hora (aproximadamente) de indagación en una odisea de emociones extrasensoriales que conforman un tesoro singular en el videojuego. Con el objeto de cuantificar el deleite de la obra, es preciso que nos demoremos en la lectura y comprensión de los diversos mitos, lo que requerirá un extenso nivel de inglés. Asimismo, precisaremos de una intención de exploración para recopilar los artefactos: coleccionables que nos otorgarán información adicional sobre el universo envolvente de la obra. La mayoría no nos demandarán especial esmero, encontrándose ubicados en localizaciones apenas recónditas, localizándose algunos incluso en pleno escenario. En cambio, si nuestro propósito es completar la colección, habremos de mantener ojo avizor y agudizar los sentidos, revisar cualquier zona mínimamente sospechosa y tomarnos el tiempo preciso.

Asimismo, la jugabilidad luce un minimalismo mayúsculo. Las únicas mecánicas a nuestra disposición son el movimiento, ejecutado de manera sosegada a través de pasos (siendo la kinestética un componente fundamental en cualquier videojuego, abarcando este amplísimo ámbito el género 2D de scroll lateral) y la visión inherente a Mooseman, generando una dinámica fascinante en el contraste emergido a raíz de cotejar ambas perspectivas (enfatizando el uso del color blanco, ligado a los componentes intrínsecos al mundo espiritual). El potencial extraído a dichos elementos no es inferior, pues se logran concebir persecuciones y enemigos finales, involucrando sus propios sistemas internos. La jugabilidad no se erige como la prima donna de esta ópera mística, sino que se desenvuelve como un operador de focos postrado a las sombras de la función desde donde surtir protagonismo a las sensaciones originadas. La constitución rudimentaria de controles y herramientas a nuestro alcance se desvincula del hastío debido a la breve extensión temporal imperiosa para concluir el videojuego, configurándose insuficiente a fin de incrementar la cantidad de desinterés intrínseca al jugador. A modo de recomendación, opten por abolir el automatismo posibilitado en lo que respecta al desplazamiento, la travesía es merecedora de ser recorrida por los propios medios del jugador.

The Mooseman sitúa ciertas trabas a lo largo del trayecto a realizar para evadir una excesiva monotonía, no obstante, los obstáculos hacen gala de una naturaleza anecdótica (acentuándose dicho carácter al incorporarse la única mecánica desbloqueable del título; elemento acorde al pacifismo latente en la obra al exponer una índole más defensiva que ofensiva cuya presencia agilizará el avance).

La estética luce como si se tratara de un lienzo virtual en constante movimiento, envuelto en tonalidades de colores sombríos y apagados. Los artefactos, al exhibirse en multitud de colores vistosos, quebrantan la armonía general manifiesta; sin embargo, en un sentido práctico, ejecutan notablemente su función de distinguirse del acabado colectivo. De manera análoga, la música es el adhesivo garante de cohesionar la totalidad de sensaciones concebidas.

Un proyecto cuyo equipo técnico está integrado únicamente por dos profesionales (Vladimir Beletsky desenvuelto como responsable de arte y programación y Mikhail Shvachko a cargo del apartado sonoro) autóctonos de la inhóspita Rusia (país ausente de la escena internacional del medio) es benemérito de ser, como mínimo, catado. The Mooseman goza de disponibilidad para Playstation 4, Xbox One, PC, Nintendo Switch, Android e iTunes (ofreciendo estas dos últimas plataformas un precio significativamente inferior).

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