Con la erudición de un tratado y la elocuencia de una homilía, este opúsculo del siglo IX es una muestra de lucha contra la superstición recurriendo a la razón y no solo a la religión, omnipresente en la sociedad medieval.

 

Quienes vivimos en el norte de España hemos sufrido un verano atípico en lo metereológico, con fuertes lluvias, abundante nubosidad, nieblas persistentes y bruscos cambios de temperatura. Cultivos como los de la icónica faba asturiana se han visto afectados por ese clima, impropio de estas fechas, con tierras de cultivo inundadas de agua que pudrieron raíces y falta de insolación que impidió el normal desarrollo de las plantas. Mala cosecha.

Si esto no deja de tener su impacto en la sociedad del siglo XXI, ya casi totalmente industrial y de servicios, no es difícil imaginar lo que suponía la climatología para la sociedad medieval del siglo IX, eminentemente agrícola, cuando del tiempo podía depender, literalmente, la supervivencia de las familias.

Es en ese contexto donde hay que enmarcar esta deliciosa curiosidad editorial que ha publicado recientemente Ediciones Siruela, dentro de su colección Lecturas Medievales de su serie Libros del Tiempo.
«Sobre el granizo y los truenos», con introducción, traducción y comentarios de Juan Antonio Jiménez Sánchez, acerca por primera vez a los lectores españoles un texto cuyo autor, Agobardo de Lyon, fue obispo de aquella diócesis desde el año 816 hasta el 840.

Una creencia superticiosa, extendida entre los habitantes de su diócesis en el siglo IX, culpaba de las tormentas de granizo que malograban sus cosechas a unos personajes fantásticos: los tempestarios.
Estos magos estaban al servicio de la imaginaria región de Magonia, desde la que llegaban a tierras lionesas navegantes aéreos a bordo de barcos prodigiosos capaces de navegar sobre las nubes de tormenta. Desde ellos, sus tripulantes se apoderaban de los frutos y granos cosechados por los lugareños que el granizo hacía caer.

La obra de Agobardo fue redescubierta en el siglo XVII cuando un erudito rescató un códice manuscrito en pergamino con sus textos, que estaba a punto de desaparecer bajo la cuchilla de un encuadernador.

Para proteger sus cosechas, los lioneses recurrían en ocasiones a unos brujos, los defensores, quienes supuestamente eran capaces de alejar las nubes de tormenta de los cultivos. Pero esta protección no les resultaba gratis a los campesinos, sino que debían hacer un pago canónico a cambio. Un pago en el que se escudaban a menudo para no pagarle a la Iglesia el obligado diezmo.

Ante esa situación, y decidido a combatir tales supercherías, alzó su voz el obispo Agobardo con el sermón del que trata este libro.
(Y cuyo detonante fue, según se cuenta, la captura por parte de los campesinos de unos extraños a los que tomaron por aeronautas y que, de no ser por la intervención del obispo, hubieran sido linchados)

El lector actual asiste -entre divertido y admirado, tanto por las diferencias como por las similitudes entre aquella sociedad y la actual: la naturaleza humana no ha cambiado tanto- al erudito despliegue de argumentos que emplea el obispo para erradicar la superstición de las mentes de sus feligreses.

Como es esperable, dado el papel preeminente que desempeñaba la religión en el medievo, recurre en primer lugar a la incuestionable autoridad de las Sagradas Escrituras. Agobardo las rastrea en busca de fenómenos metereológicos presentes en esos textos sagrados. Busca probar que su control solo corresponde a Dios, quien no toleraría que unos supuestos magos tempestarios se lo disputasen.

Pero también -y es ahí donde el lector del siglo XXI se puede reconocer, en cierta medida, próximo al erudito del siglo IX- recurre a argumentos alejados de la religión y próximos a la razón: de la observación de la naturaleza al cuestionamiento de los testimonios de supuestos testigos.

El mundo de la ufología ha vuelto a poner de actualidad el texto de Agobardo, queriendo ver en Magonia y en las naves que surcaban el cielo un testimonio medieval de la llegada de visitantes de otros mundos.

De las ciento sesenta páginas del libro, solo veinticinco corresponden propiamente al sermón de Agobardo. El resto se reparten entre una extensa, completa e imprescindible Introducción, una erudita sección de Comentarios, un detallado apéndice de Abreviaturas, una completa relación de Fuentes y una exahustiva Bibliografía.  

Encuadernado en cartoné, Gloria Gauger ha elegido como ilustración de cubierta un fragmento de un bello grabado de finales del siglo XVII , que muestra a unos personajes admirados por la llegada de una flota de barcos que surcan el cielo entre las nubes.

 

Agobardo de Lyon (c.779-840) fue obispo de esa ciudad francesa entre los años 816 y 840, y uno de los personajes más importantes e influyentes del reino franco durante la primera mitad del siglo IX.

Figura destacada del Renacimiento Carlongio, desplegó una incansable labor pastoral, fue oponente de Félix de Urgel y del adopcionismo, denunció el culto a las imágenes, las prácticas litúrgicas sin base bíblica e intervino en los conflictos dinásticos que enfrentaron a Luis el Piadoso con sus hijos.

Su producción literaria es abundante y de carácter diverso, y habitualmente toma la forma de epístolas y sermones.

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