Cuando se estrenó “Bohemian Rhapsody” (Bryan Singer [y Dexter Fletcher], 2018) las salas de cine emitieron entre los tráileres previos a la película un primer avance de “Rocketman”, película que aún tardaría siete meses en llegar a la gran pantalla. Fletcher se puso detrás de la cámara (esta vez desde el principio, sin tener que sustituir a nadie) y realizó una película que, con guion de Lee Hall, recrea la biografía de Reginald “Reggie” Kenneth Dwight (nacido en 1947), conocido en todo el orbe como Elton John, desde su infancia y hasta algún momento de los años ochenta; de hecho, el film se cierra con una versión “fílmica”, clavada al original, del videoclip que se grabó en Cannes para el tema “I’m Still Stand In”, grabado en 1983. [Nota curiosa: Taron Egerton, actor protagonista de este filme, ya hizo una versión de esta canción para la película de animación “¡Canta!” (2016). Estaba destinado a interpretar a Elton John, sin duda.]

“Rocketman” es un biopic producido, por el propio protagonista de la historia que se cuenta, Elton John. Se podría decir que quien paga, manda, y que el filme de Fletcher se iba a cortar en aquellos aspectos más espinosos de la vida personal de un artista tan desaforado como es el británico; quizá, dirían muchos, nos la iban a dar con queso como con la película sobre Freddie Mercury, que apuntó (y personalmente diría que bastante más) algunos detalles sobre la vida privada de ese otro gran monstruo de la música, pero que no entró a cuchillo con ellos. Y es que tras el filme de la banda de Queen estaban dos de sus miembros fundacionales, Brian May y Roger Taylor, y por ello la imagen de Mercury quedó si no blanqueada (y no estoy de acuerdo) sí algo idealizada, aparte de que la película terminaba (a lo grande) con la participación de esta banda en el mítico concierto Live Aid de Londres en 1985.

Pues no, “Rocketman” no se corta un pelo y lo hace desde el principio: la llegada de un Elton John muy glam a una sala de terapia, en la que confiesa ser adicto a las drogas, al alcohol, al sexo… y puede que incluso a la depresión. Un Elton John que parece que ha tocado fondo y que necesita contar las cosas para poder superarlas: el desamparo (abandono, de hecho) paterno, la relación con una madre que no (siempre) estuvo preocupado por él, el reconocimiento de su homosexualidad, la sensación de dar mucho más de lo que recibe (emocionalmente), los excesos con drogas y alcohol… el vacío, en última instancia. A partir de ahí, el personaje, que a lo largo del filme se irá despojando de ese traje tan vistoso que llevaba al entrar en la sala, también irá enfrentándose a los demonios de su vida, pasada y presente; una vida que se recrea con detalle en muchos de sus episodios y que se vehicula en clave de musical.

Pues es un musical lo que vamos a ver: un musical en la gran pantalla. A diferencia del filme sobre Mercury y Queen, en el que se contaba el auge de la banda y el origen de algunas de sus temas icónicos, en este caso las canciones de Elton John – de “Your Song” a “Saturday Night’s Alright”, de “Border Song” a “Crocodile Rock” (quizá de las mejores secuencias de la película), de “Don’t Go Breaking My Heart” a “Goodbye Yellow Brick Road” y, por supuesto, “Rocket Man” (que, aun siendo un numerazo, quizá no acaba de explotar todo lo que podría haber hecho por las expectativas creadas), entre otras– se erigen en momentos con autonomía propia; en pequeñas historias que, como en todo musical, se entrelazan con la historia del personaje y llegan al espectador como hits que cantar y emocionar. Y juegan también con esas expectativas: cuando ya encarrillada la película el protagonista improvisa en el piano los primeros compases de “Candle in the Wind”, nos quedamos a la espera de que esta canción volverá a salir; e incluso, en un momento de suspense, pensamos que se arrancará a tocarla. Pero no. Fletcher y Hall han construido una película que, por muy convencional que sea con el relato –no deja de ser el viaje del don nadie que toca el cielo, baja a los infiernos y finalmente alcanza la catarsis– y por muy manidos que parezcan algunos giros argumentales (muy freudianos en algunos casos), Rocketman tiene la suficiente “originalidad” (si eso es posible en un biopic que tampoco trata de inventar nada) como para contarnos una historia que nos interesa y nos atrapa, prácticamente de principio a fin.

RocketmanA ello contribuye un Taron Egerton que se mete en la piel de Elton John. Pero, a diferencia de Rami Malek con Freddie Mercury, no se limita a interpretarlo e incluso mimetizarlo: también canta, y eso que su registro de voz no es como el de Elton, y consigue que, si te creíste a Malek como Mercury, ahora hagas lo mismo, aún más, con su recreación, que incluso en lo físico se parece, de un Elton John que no puede sino estar satisfecho con el actor galés. Y es que lo mejor de esta película está en Egerton, desde que lo vemos entrar furioso en la sala de terapia. Lo disfrutamos en cómo, a partir de Reggie Dwight, construye al Elton John que llenará estadios, con sus estrafalarios atuendos, sus mil y una gafas, sus espectáculos encima de un escenario y todo aquello que el común de los mortales asocia al músico de los años setenta y ochenta.

Junto a él, brillan Jamie Bell como Bernie Taupin, el letrista de la mayoría de sus temas hasta hoy en día (es interesante ver el método de trabajo de ambos) y uno de sus mejores amigos; Richard Madden como su mánager, John Reid, y asumiendo el papel de villano que todo héroe debe tener; Bryce Dallas Howard como su madre Sheila y Steven Mackintosh como ese padre esquivo, y Charlie Rowe como Ray Williams, su primer productor, entre otros actores de reparto. Pero especialmente destaca la cinta por la fidelidad con la que han recreado conciertos, sesiones de grabación, vídeos y algunos de los momentos de la vida de Elton John, incluyendo ese matrimonio fugaz con una productora (que, si acaso, adelantan un poco en el tiempo en el filme). Y todo ello con un tempo narrativo bien hilvanado, sin que apenas sobre metraje, dentro de lo que esperamos de una cinta de estas características; pues, por mucho que esperes, la película te sorprende dándote aún más.

El resultado es un filme que, desde luego, funciona mucho mejor que “Bohemian Rhapsody” (y eso que este es lo suficientemente sólido), puestos a buscar la comparación fácil que todos estamos pensando, y que deja muy alto el pabellón para el siguiente biopic que se quiera realizar. Cierto es que la película de Fletcher es lo que es, pero juega muy bien en esa liga y saca el máximo partido al género y al convencionalismo que lo envuelve. Nos deja una historia para seguir evocando una vez hayamos salido del cine; una historia con la que el propio Elton John parece ajustar cuentas (es su vida), sin esconderse ni ocultar nada (esencial). Una película para fans entregados, desde luego, pero que cualquiera que haya escuchado, tarareado o berreado las canciones de Elton John en un karaoke (para olvidar) también disfrutará. Una película sobre un superdotado de la música, sí, pero también sobre la propia música en sí, su creación, y sobre lo que de ella trasciende en la cultura de masas. Una película que, como la canción que le da nombre, vuela hacia las estrellas.

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