Bohemian Rhapsody

Sumergirse en “Bohemian Rhapsody”, la última reconstrucción de la trayectoria de uno de los grupos más míticos del rock del pasado siglo, supone toda una experiencia mística y emocional para los fans de Queen, a pesar de las más que evidentes licencias y simplificaciones, que pueden llegar a molestar a más de uno. Desgraciadamente, la visión más comercial y blanqueada de la fuerza creativa e interpretativa de Queen se ha impuesto en una cinta que, si bien no ahonda en demasía ni en los conflictos en el seno del propio grupo -y cuando lo hace se los inventa- y en la vida personal de Freddie Mercury, ni se atreve a cuestionar los cimientos del mito, sí logra captar y transmitir la épica y la fuerza artística que lograron la admiración de millones de personas en todo el mundo.

Estamos pues, ante una película que consigue emocionar al público, sobre todo al ya entregado a un grupo que consiguió traspasar fronteras entre géneros musicales, arrollar a una crítica especializada demasiado ortodoxa, y sobresalir por encima de grupos que han marcado la historia de la música. La personalidad de Freddie y su evolución como artista dominan todo el metraje, con puntuales concesiones a la versatilidad de Brian May (Gwilym Lee) y a los constantes cambios de registro del grupo, que pasó a través del hard rock, pasando por el glam y el rock progresivo, con elementos del blues e innegables influencias pop y hasta folk, que permean toda su trayectoria.

Rami Malek logra traer a la vida a Freddie de manera magistral, casi mimética, a lo largo de las múltiples escenas en las que podemos verle actuar encima de un escenario, en particular en el Live Aid de julio de 1985. Pero también consigue dibujar fielmente al artista en el plano personal -al menos con el margen que el maniqueo guion de Anthony McCarten permite-, en su relación con la gente más próxima de su vida. La película, como decíamos, no ha querido ahondar en las profundidades de Farrokh Bulsara -el nombre que sus laboriosos padres le dieron-, más allá de algunos detalles edulcorados destinados a apuntalar el mito comercial sin provocar que los espectadores se cuestionen mucho más sobre sexo, arte o la sociedad en la que vivió el genio. Aquellos que conocemos los detalles divulgados de su trayectoria personal a lo largo de los años podemos apreciar en la actuación de Malek parte de aquello que el guion nos niega de forma pertinaz, como si el actor quisiera transmitirlos a pesar de las intenciones de la propia película al respecto.

“Bohemian Rhapsody”, como comentamos, es simplista y maniquea en numerosos detalles. En primer lugar, la formación de la banda no sucedió tal y como se nos cuenta. En ella, se nos dice que Tim Staffel, vocalista y bajo del grupo Smile -grupo antecesor de Queen- dejó la banda de forma repentina; Mercury se encuentra con el guitarrista Brian May y el batería Roger Taylor justo en ese momento y al poco tiempo le admiten como sustituto de Staffel, de forma casual, tras cantar un poco allí mismo, en la parte de atrás de un coche. En realidad, May y Taylor contactaron con Mercury para entrar en el grupo como vocalista y sólo le admitieron tras una prueba en toda regla, en la que tuvo que demostrar su talento. También, el bajista John Deacon aparece ya tocando con el grupo en 1970 en la película, y sin embargo no fue admitido en el grupo hasta 1971, tras probar con otros sustitutos de Staffel.

El personaje de Ray Foster, que aparece en la película interpretado por un Mike Myers enterrado en maquillaje, no corresponde a una persona real, y sólo está inspirado de forma lejana en el directivo de EMI Records y fan del grupo Roy Featherstone, quien apoyó constantemente a Queen durante su trayectoria, aunque sí opinaba que la canción “Bohemian Rhapsody” era demasiado larga para encontrar el éxito en la radio y entre los fans de la banda. Este detalle es aprovechado para la película, que dibuja a un avaro tiburón de la industria con nulo gusto musical y maneras patibularias, que en nada correspondía con la realidad.

La vida privada de Mercury, y en particular su aspecto afectivo y sexual, es una de las grandes damnificadas de la película. El artista declaró su homosexualidad, y en otra ocasión admitió su bisexualidad, corroborada tanto por su relación de siete años con Mary Austin como por otras más cortas con distintas mujeres. Sin embargo, la película juguetea con la homosexualidad como patrón único de forma constante y consciente, relegando a esa bisexualidad admitida incluso por el personaje a una mera disculpa tramposa ante los escarceos amorosos con otros hombres por parte de Mercury, que al final rompen la relación amorosa con Austin, aunque no su amistad. La película dibuja una relación entre ambos más cercana al ideal platónico que a algo pleno, afectivo y sexual, en lo que en realidad consistió. El personaje de Mercury intenta afirmar constantemente su amor incondicional por ella, pero el guion de este biopic se empeña en reducir y simplificar hasta la náusea. Ésto es algo que ocurre en la mayoría de escenas sexuales, apenas explícitas, hecho sin duda con el fin de rebajar la calificación por edades para mayores de 13 años.

La película tampoco acierta con su última pareja, Jim Hutton, a quien conoció en un club nocturno, y no como parte del servicio de catering del intérprete. Jim era peluquero del hotel Savoy, y convivió con Mercury los últimos años de su vida hasta su muerte, acaecida en 1991. Apenas se dedica espacio en la película a este hombre en comparación con Mary Austin, a pesar de que Mercury encontraría la felicidad con él, y a un compañero hasta el final. También él contraería SIDA y moriría de cáncer en 2010, información que no se incluye en los créditos finales.

La enfermedad y muerte de Freddie, marcadas por el SIDA, son tratadas de puntillas en la película, sin dramatismos ni imágenes que puedan socavar el icono que representaba el cantante y compositor. Como mucho, muestras blanqueadas del desenfreno del artista durante sus extravagantes y tumultuosas fiestas -con sus compañeros horrorizados, algo bastante distinto a lo que ocurrió en realidad-, un pañuelo manchado de sangre durante una grabación y una escena en la que anuncia a sus compañeros de Queen la terrible noticia. Nada del padecimiento de Freddie durante años, de su cuerpo cada vez más debilitado y de su lucha para mantener la dignidad pese a todo. En este sentido, eché mucho de menos la poderosa canción “The Show Must Go On”, compuesta por Brian May para Mercury durante sus últimos meses de vida -y lanzada como sencillo seis semanas antes de su muerte-, y que resume a la perfección el espíritu luchador del artista.

La supuesta separación de Queen es metida de rondón como otras cosas en esta película, con una oferta a Mercury para grabar dos álbumes en solitario que rompe a la banda. En realidad, Queen jamás se separó, y Roger Taylor, miembro del grupo, había grabado varios años antes dos álbumes en solitario sin el menor conflicto. La película nos cuenta que hubo una separación traumática de tres años, durante los cuales cada uno exploró su carrera en solitario, y se reunieron tras hacer las paces para tocar en el Live Aid de 1985. Nada de éso sucedió; es más, el año anterior habían publicado su álbum “The Works” y hacía poco que habían finalizado una gira mundial para presentarlo.

En fin, podríamos mencionar otras inexactitudes -algunas de ellas concebidas para agilizar la trama, otras con intenciones espurias-, pero a pesar de los fallos de planteamiento de este biopic, como fan de Queen confieso que he disfrutado de lo lindo durante el metraje, no sólo por el valor en sí de la música de Queen, presente en todo el metraje -en especial en el vibrante y maravilloso Life Aid final- sino por la capacidad que el propio guion tiene para mostrarnos una versión parcial de Freddie que reúne algunas de sus esencias. Y un poco de éso es mucho.

Se trata de un buen homenaje, aunque queda un sabor agridulce, a oportunidad perdida. Supongo que la vida de Freddie era demasiado controvertida para estos tiempos de mercachifles. Lástima.

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