Ya anunciaba Sancho en “El Quijote” que “El que larga vida vive, mucho mal ha de pasar”. Y sí, aunque por momentos (felices) se hace corta, la vida humana en general -si algún mal no la abrevia-, es larga, trabajosa, tortuosa y llena de recovecos en los que en ocasiones corremos el riesgo de perdernos, abrumados por las circunstancias. “Quien a hierro mata” (2019), thriller dramático dirigido por el realizador valenciano Paco Plaza (1973), recientemente estrenado en los cines españoles, es la historia del paso vital del protagonista por uno de esos recovecos vitales.

En un pueblo de la costa gallega vive Mario (Luis Tosar), jefe de enfermería en una residencia de personas mayores, un lugar donde es querido y apreciado por compañeros y pacientes, gracias a su destreza en la recuperación física y mental en los casos relacionados con la demencia, y su infinita paciencia y bonhomía. Su esposa Julia (María Vázquez) es una mujer fuerte y al mismo tiempo tierna, y juntos forman un matrimonio feliz. Ella está embarazada de varios meses, y ambos asisten a frecuentes exámenes ginecológicos, mientras esperan sin contratiempos el parto.

La vida para Mario y Julia transcurre plácida hasta que un nuevo paciente llega a la residencia. Se trata de Antonio Padín (Xoán Cejudo), un narcotraficante de avanzada edad custodiado por la policía y aquejado de demencia, con severas limitaciones en sus movimientos. Le acompañan sus malencarados hijos varones, Toño (Ismael Martínez) y Kike (Enric Auquer), que aspiran a heredar los negocios familiares -los legales y los fraudulentos-, y que intentan aprovechar la enfermedad del patriarca de los Padín para sucederle.

Mario será el encargado de tratar a Antonio Padín, con el fin de ayudarle a recuperar parte de sus movimientos y ralentizar los devastadores efectos neuronales que ocasiona la demencia. Aparentemente, Mario trata a su nuevo paciente como a cualquier otro, de forma diligente, paciente y diestra, pero en su mente algo esencial se ha roto. Su pasado le asalta por sorpresa, y parte en dos su alma como un rayo. El rencor le ciega, y el odio le guiará en todos sus actos a partir de ahí, hasta llegar a anteponer la venganza a todo lo demás. Siente que no podrá descansar tranquilo hasta hacer justicia tras este giro inesperado del destino, pero aún no sabe que sus acciones le cambiarán por completo para siempre.

El antes sereno enfermero de Cambados intentará inicialmente volver a su vida presente, pero las imágenes del pasado le asaltan cada día. Revive la progresiva destrucción de su entorno y de su propia familia por el azote del narcotráfico, que se convirtió desde los años 80 en sustento y al mismo tiempo condena del litoral gallego, destruyendo familias enteras, con miembros enganchados a la droga -y muertos por su abuso- o detenidos por su tráfico. Recuerda el sufrimiento propio y ajeno, y le tumban de nuevo las mismas sensaciones que casi le destrozan la vida cuando hubo de ayudar a su propio hermano, un yonki sin remisión. Mario no puede soportar el peso del rencor, no es capaz de continuar sintiéndose feliz junto a Julia. Ni siquiera la perspectiva de la paternidad logra mitigar su sufrimiento, su estupor. Ni su odio.

Quien a hierro mata Paco PlazaMario verá en la violencia su única salida para dejar atrás el pasado. Él, un buen tipo que nunca consideró antes la venganza -quizás por improbable-, está ahora en una posición única para llevarla a cabo, quizás sin consecuencias, de forma invisible pero implacable y terrible. De hacer justicia, y poder contarle a su hermano -aunque sea en sus pesadillas- que el monstruo que le destrozó la vida ha sufrido tanto como él. Después de todo, tal vez haya finalmente paz.

“Quien a hierro mata” no es solamente un thriller dramático eficaz, narrado de forma impecable e interpretado por un gran reparto. Estamos ante una historia de personajes complejos y emociones profundas, inapelables y llenas de matices. Paco Plaza nos sumerge en las contradicciones de la naturaleza humana, capaz de sentir y prodigar amor y cuidados, y al mismo tiempo de dispensar sin miramientos la violencia más terrible, ejecutada de forma metódica, cruel y consciente. Esa dualidad espolea y destroza a Mario y a su entorno familiar, y afectará en especial a Julia, que verá con estupor cómo su marido pasa de amarla y cuidarla sin reservas, a ausentarse de pronto de su proyecto en común, dejándola en la estacada cuando más lo necesita. Pero Mario no es capaz de ver el faro de luz en la oscuridad que representa su mujer… paradójicamente la oscuridad le deslumbra.

La trama se desgrana de forma inteligente, adaptando los tempos narrativos según la historia lo requiere. Se toma su tiempo para dibujar de forma profunda a personajes y sus motivaciones, y es capaz de variar el ritmo al pasar de ahí a la acción pura y dura, como golpes al estómago del espectador. Paco Plaza es capaz de mostrarnos escenas idílicas, llenas de amor y cariño, en las que se destila lo más valioso de la vida, y otras duras, afiladas como cuchillos, en las que se dirimen odios y se ejecutan de forma inmisericorde y rapaz vidas y esperanzas.

“Quien a hierro mata” es una película honesta, que no busca hacernos sentir mejor con nosotros mismos o con las circunstancias de los personajes. Salimos del cine afectados, conscientes de haber visto algo que bien podría haber sucedido, de haber asistido a la crónica de un sufrimiento real. No estamos ante una película fácil de ver, aunque el ritmo sea perfecto y el reparto logre transmitir una impecable verosimilitud. Nos deja tocados. Y aún así la recomiendo encarecidamente. A veces al cine se va a sufrir, y merece la pena.

Quien a hierro mata Paco PlazaGalicia hoy día sigue asolada por el narcotráfico, pero de una forma más soterrada, menos pública. Los gallegos hoy día son más conscientes de los peligros de las drogas más duras, pero en los años 80 tomó a casi todo el mundo por sorpresa. Los narcotraficantes llegaron a disfrutar no sólo de un poder casi absoluto, sino también de un prestigio social como conseguidores y pilares económicos de la comunidad, que hoy día se ve de diferente manera. Antonio Padín ejemplifica el ascenso y la caída de un gran señor de la droga, al que sustituirán otros. Esta película es una de las primeras obras -junto con la serie televisiva basada en el ensayo “Fariña” de Nacho Carretero- de ficción que han tomado la suficiente distancia con respecto al destructivo fenómeno del narcotráfico gallego como para librarse de esa pátina de prestigio social de los narcos, con conexiones políticas. Consigue dibujar las consecuencias de este lucrativo negocio ilegal con maestría, vemos los cadáveres -reales y metafóricos- que dejan las drogas duras en la comunidad con toda claridad. Una película como “Quien a hierro mata” no hubiera sido posible hace quince o veinte años.

Entre el reparto hay que destacar, por supuesto, a Luis Tosar, que no necesita alardes para representar a la perfección las dicotomías de su personaje -no vamos aquí a descubrir la versatilidad y buen hacer del lucense-, pero no es el único en merecer una nota sobresaliente. Xoán Cejudo me ha sorprendido muy gratamente, en su papel de anciano aquejado de demencia; es capaz de transmitir la implacable ferocidad del narco curtido en mil batallas, y la extrema vulnerabilidad de un enfermo con complicaciones incapacitantes que encima sufre la venganza de su propio enfermero, de quien depende de forma absoluta y patética. María Vázquez también merece ser destacada, con su amplio repertorio interpretativo, más que capaz de transmitirnos la evolución vital que su personaje hace durante el metraje y su relación con Mario. Creo que Paco Plaza podría haberla aprovechado incluso algo más, se come la escena cada vez que aparece.

La bucólica y trágica fotografía de Pablo Rosso y la música de Maika Makovski cumplen con creces con el reto de transmitir la belleza y la dureza del litoral gallego, y representan un refuerzo de lujo del impecable guion de Juan Galiñanes y Jorge Guerricaechevarría.

En resumidas cuentas: una película indispensable, si somos capaces de soportar la crudeza.

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