En los últimos años se ha reactivado el debate alrededor de la legalización (o no) de las drogas. Personalmente, jamás albergué esperanzas de que pudiese volver a ser posible. Tenía la impresión de que este era ya un debate lo suficientemente contaminado por los clichés, los bulos y falsos mitos, y sobre todo por el ingente negocio organizado alrededor de su prohibición y persecución, como para que la espita volviese a abrirse civilizadamente algún día. No obstante, así está siendo. Lo reconozco. Me equivoqué. Estrepitosamente.

Todo pasa por algún motivo. Un debate tan aparentemente decantado como éste no vuelve a la palestra, así como así. Y, en este caso, la causa está en los avances de la medicina y la de la psicología, en los nuevos enfoques terapéuticos, y en cómo los estudios más recientes en psicofarmacología han ido destruyendo mitos y avanzando nuevas esperanzadoras certezas.

De entre ellas, una destaca sobre las demás: algunas drogas hasta ahora denostadas, como el LSD, pueden contribuir de igual o mejor forma a la buena salud mental que los antidepresivos y otros fármacos al uso. Drogas más baratas, tratamientos más eficaces y un nuevo enfoque terapéutico centrado en el bienestar del paciente.

Dentro de este cambio de perspectiva, sobre todo en lo que al LSD se refiere, ha sido clave un hombre: James Fadiman. Aunque lleva años divulgando y trabajando sobre el aspecto positivo de las drogas psicodélicas, no ha sido hasta una de sus últimas obras que ha conseguido respeto y reconocimiento. Estamos hablando de The Psychedelic Explorer’s Guide.

Esta obra ha sido el estímulo clave para el experimento de treinta días que ha afrontado, y registrado en su último libro, la abogada y escritora Ayelet Waldman (Jerusalén, Israel, 1964). En Qué día más bueno. Tomar LSD en microdosis me cambió la vida (Reservoir Book, 2018; publicado originalmente en 2017) tenemos no solo una recogida de sensaciones y emociones mientras avanzaba en este tratamiento experimental (e ilegal), sino también un análisis periodístico y un ensayo sobre cómo las últimas investigaciones han llevado al debate sobre las drogas a cobrar nueva vida.

Estas dos dimensiones, la del testimonio y la de la investigación, son la base fundamental del texto. A esto debemos sumar el contexto de la autora, claro.

No podríamos valorar cuán de relevante y de positiva ha sido su evolución tras la ingesta del LSD, sin conocer antes también sus antecedentes. En este sentido, Waldman afronta aquí un repaso, a veces descarnado e inmisericorde, a su propia biografía. Conocemos cómo se le diagnosticó mal un trastorno bipolar de Tipo II que, más adelante, resultó ser un trastorno disfórico premenstrual (TDPM) suave.

Relata sin ambages los problemas que su salud mental ha causado a su matrimonio y a su familia, en sus discusiones con su marido (el escritor Michael Chabon) y en los problemas de convivencia con sus hijos (algunos de ellos relatados en su compilación de artículos sobre el tema publicados en The New York Times, Bad mother). Y disecciona como el resentimiento moral que le causó el saberse causa de sufrimiento para su familia, la llevó también a reflexionar sobre su relación con su padre y con su madre.

El resultado de esta mezcla estrambótica de biografía, experimento con el LSD, e investigación científica es un texto atrayente que te atrapa casi sin que te des cuenta. A pasar las páginas rápidamente ayuda mucho su estructura. Unos breves “prólogo” y “epílogo”, donde se introduce y concluye la parte experimental, son pórticos de entrada y salida, respectivamente, a una estructura de diario tradicional.

Con todo, lo inhabitual de su contenido aporta a este diario su mayor interés: la combinación entre el relato experiencial, el relato biográfico y el relato científico ayuda a empatizar con la autora, tanto como a comprender mejor el discurrir del experimento.

Durante este diario, vamos a ir viendo cómo el estado mental, las sensaciones y la opinión de Ayelet Waldman sobre el devenir del experimento van cambiando desde el miedo inicial, al escepticismo, a la esperanza, hasta llegar a la objetiva conclusión de que, ante los resultados aportados, se hacen necesarias nuevas investigaciones.

Incluso, nos introduce cierta duda sobre el tratamiento actual de los trastornos mentales cuando, al entrevistar a alguna de sus fuentes médicas durante este proceso, abre la puerta a que este tipo de substancias pudiesen obtener mejores resultados que algunas de las medicaciones más comunes.

En un tono que nos recuerda mucho a un excelente ensayo de hace unos pocos años, Anatomía de una epidemia. Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales (Capitán Swing) de Robert Whitaker.

En Qué día más bueno (Reservoir Books, 2018) tenemos un testimonio, una experiencia y una investigación que consolidan un poco más los argumentos de quienes defienden la necesidad de retomar el debate sobre la legalización de las drogas.

O, por lo menos, de la ampliación de su utilización hacia un enfoque más permisivo que pueda contemplar usos, hasta ahora ilegalizados y perseguidos, que pueden conseguir una mejora eficaz del bienestar de las personas.

Además, tenemos un texto que puede leerse también a modo de diario y de biografía. Capaz de hacernos empatizar, de cogernos de la mano y de llevarnos hasta su sufrimiento y su dolor. En un relato valiente, audaz, y por veces descarnado, que aporta un valor adicional a la lectura de este recomendabilísimo libro.

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