Un libro fallido que se deshincha nada más comenzar. Unos personajes insulsos a los que les pilla una catástrofe, el cóctel perfecto para el fracaso, lo vendan como lo vendan.

Keigo Higashino es un escritor e ingeniero japonés nacido en 1958 en la ciudad de Osaka. Mientras trabajaba como ingeniero en Nippon Denso Co. comenzó su carrera como escritor y ha llegado, hasta la fecha, a vender más de 5 millones de libros. Ganó su primer premio en 1985 con la obra “Okago”. Con “Naoko” ganó el Premio de Escritores de Misterio de Japón en 1999; “La devoción del sospechoso X” se llevó el Premio Naoki en 2006, que también se alzó con el Gran Premio de Misterio Honkaku. Actualmente es presidente de Escritores de Misterio de Japón.

Paradox-13” tiene un magnífico planteamiento desde el principio. El primer ministro de Japón recibe la noticia de que un suceso extraordinario sucederá el 13 de marzo a las 13:13:13. Se trata de un fenómeno astronómico que pasará por la Tierra y tendrá consecuencias desconocidas, por lo que el presidente toma medidas para paliar este agujero negro al que se acerca el planeta. Una de ellas será prohibir a los cuerpos de seguridad realizar intervenciones violentas durante los minutos previos y posteriores al evento. Sin embargo, aunque se avisa a la población, no se ofrece información más allá de esta, por lo que todo Japón, incluso todo el mundo, no saben qué sucederá el 13 de marzo.

Así, después de una intervención policial imposible de detener, Fuyuki Kuga se despierta tras un golpe en un Tokio desierto. Investigando un poco más, dará con algunas otras personas que aún siguen vivas, hasta formar un pequeño grupo que intenta sobrevivir con los restos de una ciudad que se destruye a pasos agigantados mediante terremotos, maremotos y tormentas nunca vistas en la isla.

A primera vista parece un planteamiento de película o libro de supervivencia de manual. Sin embargo, para que este tipo de libros funcione, es necesario ir más allá, no quedarse en una mera descripción de los hechos que van sucediendo, sin trasfondo, sin filosofía, sin hilo conductor.

A partir de aquí contaré cosas relevantes de la trama. SPOILERS.

Fuyuki y Seiya Kuga, los hermanos policías, se ofrecen al espectador occidental como dos personas sin carisma. Quizá por una mentalidad distinta a la europea, pero podrían pasar por una especie de Rick Grimes descafeinado que ni pincha ni corta ni tiene buenas ideas. Además, los tópicos en los demás personajes, como el gordo que sólo piensa en comer y entorpece al grupo, todas y cada  una de las mujeres siendo un estorbo constante por sus lloros y lamentos o encargadas de cuidar de los débiles… la pareja de ancianos que dura menos que un caramelo a la puerta de un colegio y que ya hemos visto en cientos de libros similares… Hay algo que no me funciona.

Tengo que decir que el primer capítulo me dejó con un sabor de boca increíble. Guau, una novela que explora mi mayor miedo cósmico: los agujeros negros. Tengo un miedo irracional y absurdo a los mismos, incluso como para cuando alguien pronuncia “horizonte de sucesos”, tener pesadillas durante días (sí, estoy escribiéndolo y siendo consciente de que me va a pasar). ¡Un agujero negro! Hemos visto cientos de capítulos que tratan sobre agujeros negros y paradojas temporales en todas las series de ciencia ficción que se precien. Por mencionar dos: El grandísimo episodio de Stargate SG-1 en que un comando se queda atrapado en un planeta con un agujero negro y desde la base no son conscientes de lo que pasa porque el tiempo va mucho más lento en la cámara de vídeo por la que lo controlan (a mí me parece espeluznante, de hecho, acaba de recorrerme un escalofrío mientras lo recordaba); y el capítulo de Expediente X en que, a modo de “Atrapado en el tiempo”, Mulder se levanta todas las mañanas en su cama de agua pinchada y junto a Scully, tenían que actuar en un atraco que siempre acababa mal. Son sólo dos ejemplos de agujero negro y paradojas temporales, pero hay miles en películas, series y libros.

¿Cuál es el problema para alguien como yo, a quien le causa pavor, por lo tanto, disfruta porque le mueve de la poltrona? Pues es que el libro no va de un agujero negro que se traga la Tierra. “Paradox-13” va de 10 personajes aburridos que van paseando por ahí en un Tokio postapocalíptico. Buscan comida, duermen. Buscan otra casa que no se derrumbe. Buscan más comida. Buscan otro sitio donde dormir. Más comida. Dormir. Comer. Dormir… ¿Durante cuántas páginas? Demasiadas. Tenemos ejemplos grandísimos de literatura donde el apocalipsis es algo más (pienso en “La carretera” de McCarthy, que justo leí antes que este), incluso de zombis, maldita sea, cualquier libro de zombis al menos tiene zombis. Aquí no hay nada, personajes insulsos, diálogos fríos y poco creíbles, un desinflado express de un planteamiento genial que podía haber dado para mucho más.

Fuyuki y Seiya son tan perfectos que casi ni merece la pena hablar de ellos. Los policías que lo resuelven todo, machitos con autoridad y liderazgo a quienes los demás siguen como ovejas hasta su propia destrucción. Las mujeres de la obra no están ni se las espera, mientras una cuida un bebé y una niña, la otra llora y acompaña al protagonista, porque cómo no, se ha enamorado, ay. Mención aparte al tragaldabas que no hace más que quejarse porque se le han acabado los donuts y se zampa la comida del bebé (vaya, qué típico, se ve que sólo el gordo tiene hambre) o al mafioso a quienes todos tienen miedo y al que no quieren en el grupo. O ese: oiga, no fume aquí, que me molesta (¡Rediós, que se está acabando el mundo, déjele fumar en paz). TÓPICOS.

He de decir que de todo el larguísimo, eterno, tiempo que me llevó acabarme el libro, tuve momentos de bajón y momentos altos. A veces, cuando un terremoto destruía algún sitio donde estuvieran y se tenían que mover atravesando riadas de barro y objetos flotantes, resurgía en mí la esperanza de que se volviera a hablar de que había un AGUJERO NEGRO. Pero no, lograban trasladarse y volvía el tedio de buscar comida, bebida, dormir, el “oiga usted, me molesta que fume”, “ese bebé llora”, “tengo hambre, quiero un donuts”, etc. El hype dura tan poco en este libro, que si por mí fuera, le recortaría 500 páginas.

Hablemos del final. Hay un final, se lo crean o no. Y se lo crean o no, el final está bien. Tiene sentido, lo que sucede es bastante sorpresivo (aunque dos o tres páginas antes del desenlace ya se puede ir medio averiguando) y cuadra muy bien con todo lo que se cuenta. Sí, no todo es negativo, la verdad es que el final está bien casado, tiene sentido y es original, merece la pena llegar a él si ya se ha pasado por todo lo demás. Y es que, si Higashino tiene premios, fama y vende tantos libros, tendrá que ser por algo, digo yo.

Es un libro fallido. Los personajes son aburridos, intrascendentes, las mujeres inexistentes. En un caso así, en que te ves con 10 desconocidos solo, en una ciudad como Tokio que se destruye, uno esperaría un poco más de filosofía (mecachis, que en “La carretera” son dos, ¡dos!, y el libro es pura poesía postapocalíptica), un poco más de acción (y habla una persona que es muy fan de The Walking Dead hasta sus últimas consecuencias, que ya conocemos todos lo rápido que va la serie o los cómics), un poco más de chispa. Bueno, realmente esto por pedir objetividad, si voy a lo subjetivo, lo único que yo le pediría es que si me venden una novela sobre un agujero negro, la novela vaya de algo relacionado con un agujero negro, horizonte de sucesos mediante, que me ponga la piel de gallina y me mate de pánico. 10 tipos insulsos “sobreviviendo” en una narración interminable no es lo que se vende en portada (aunque cuando lo comparaban con Murakami debí imaginármelo…).

¡Devuélvanme mi agujero negro!

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