Sin duda una de las grandes damas de la Edad de Oro de la ficción detectivesca anglosajona, Margery Allingham quizá no sea tan conocida como Agatha Christie, tan culta como Dorothy L. Sayers o tan teatral como Ngaio Marsh, pero su imaginación no tiene igual y el personaje del aristocrático detective Albert Campion le asegura un lugar de honor en la historia del género y el favor de los lectores.

 

La editorial Impedimenta, que ya publicó hace un par de años una novela del ciclo protagonizado por Albert Campion -concretamente «El signo del miedo», la quinta de sus aventuras- vuelve ahora a acercar a los lectores españoles otra de las novelas de la serie: «Más trabajo para el enterrador», con impecable traducción de Antonio Padilla.

En aquella ocasión Albert Campion era aún un joven caballero rodeado de un grupo de atolondrados amigos, con los que protagonizaba una estrafalaria aventura en el periodo de entreguerras, en el curso de la cual conocía a la que habría de convertirse en su esposa.

En esta obra lo encontramos convertido ya en un hombre maduro, casado y con hijos, al que proponen al principio de la novela servir al Imperio como gobernador de una lejana isla en las Indias, mientras que su esposa (sorprendentemente avanzada para la época) es una valorada ingeniera que trabaja en el diseño de aviones a reacción.

Apron Street es una vieja calle londinense en la que se preservan -aunque muy tocados ya por el nuevo mundo que se abre paso en la Inglaterra de posguerra, salida de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial- habitantes y negocios naúfragos de un tiempo pasado: una oficina bancaria a la antigua usanza muy venida a menos, una desastrada farmacia con un no menos desastrado farmaceútico al frente, la consulta de un médico objeto de difamaciones, una tenebrosa funeraria de oscuros tejemanejes y una antigua mansión señorial reconvertida en casa de huéspedes, donde los descendientes de sus antiguos propietarios, la famila Palinode, viven ahora como unos inquilinos más.

Allingham derrocha imaginación y despliega una galería de personajes pintorescos, cuando no abiertamente estrafalarios, pero sin cruzar nunca la frontera de lo verosímil.

A esa casa acude el culto y sagaz Albert Campion -viejo conocido de su actual propietaria, una antigua actriz- para investigar un caso de envenenamiento sufrido por miembros de la famila Palinode.

Lo hace tanto a instancias de Scotland Yard -con el joven inspector Charlie Luke a cargo del caso, personaje que aparece por primera vez en esta novela y que tan importante será en otras de la serie- como de su criado y ayudante, el viejo Lugg, cuñado del enterrador cuyo negocio tiene su sede en Apron Street.

Allingham no tiene piedad del lector, al que mantiene deliberadamente al margen de las claves que Campion va desentrañando, mientras lo deslumbra con la continua sucesión de personajes que van apareciendo, a cada cual más peculiar.

El mosaico de historias personales, el aroma del dinero, los ecos del pasado, los sorpresivos momentos de violencia, las idas y venidas del amor… todo son notasde una sinfonía más bien confusa, pero que da gusto leer. Un buen relato, mitad novela de misterio, mitad retrato social costumbrista de mirada irónica a un mundo en extinción.

Y con un desenlace imprevisible que -pese a lo disparatado que pueda resultar a veces el enredo desplegado ante los ojos del lector- está bien hilvanado y resulta factible, como exige el remate de toda buena novela detectivesca.

Como la hiedra que crece en las fachadas de algunas viejas casonas señoriales, así se extiende el misterio que recubre el crimen en esta historia.

Es esta la primera obra de la editorial Impedimenta que reseño y debo decir que, como objeto físico, de ella me gusta todo.

Quedé prendado de estos libros con las novelas de Edmund Crispin y, desde entonces, considero que reúnen prácticamente todo lo que me gusta encontrar cuando sostengo un libro en las manos.

La cartulina de la cubierta de tapa blanda, su bella ilustración antigua, la sobrecubierta verjurada, el papel de las páginas, la fuente elegida para el texto principal y para los títulos que encabezan los capítulos, pequeños detalles como el plano de la calle en la que transcurre la historia o el marcapáginas que reproduce la ilustración de cubierta… todo.

 Margery Allingham (1904, 1966), nacida en Londres de padres escritores, publicó su primera novela con diecinueve años, aunque su primer éxito llegaría en 1929 con la publicación de The Crime at Black Dudley, donde presentó al aventurero y detective Albert Campion, un misterioso aristócrata aficionado a resolver crímenes de altos vuelos que sostiene que su nombre figura en la línea de sucesión al trono inglés.

Allingham lo hizo protagonista de otras 17 novelas y de más de 20 relatos, que la llevaron a ser considerada una de las grandes damas de la edad dorada de la novela de crímenes inglesa, junto a Agatha Christie y Dorothy L. Sayers. Murió en Londres en 1966.

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