La literatura cuela su arte por todas las rendijas de la sociedad. No sería una de las manifestaciones más fundamentales de la cultura si no fuese así. Pero, a la hora de elegir dónde meterse, y cuán fondo profundizar, como las demás artes, la literatura también tiene sus manías. Y los tribunales, el derecho y la justicia han sido algunos de los lugares donde menos se ha prodigado. Esto es especialmente llamativo, sobre todo, en la literatura española, pues la introducción y la exploración creativas de este espacio es todavía algo muy excepcional. Y no, precisamente, porque no sea interesante.

De este enorme potencial da buena cuenta John Mortimer (Reino Unido, 1923-2009) y su legendario personaje Horace Rumpole, referencia dentro del subgénero. Tanto es así, que con él Mortimer se permitió aunar sus tres pasiones en una sola: el ejercicio del derecho (era abogado de profesión), su capacidad para la construcción de historias de ficción a través de un estupendo control del ritmo y de giros de guion sorprendentes (faceta que explotó como guionista para televisión), y la creación de novelas bien construidas y entretenidas plagadas de su socarrón sentido del humor (faceta que exploró como novelista con Rumpole y con otros excelentes libros).

Un personaje y tres pasiones de las que volvemos a hablaros hoy aprovechando la llegada a las librerías de su nueva entrega, Los juicios de Rumpole (Impedimenta, 2018; originalmente publicado en 1979), publicado tras el también estupendo Los casos de Horace Rumpole, abogado (Impedimenta, 2017).

Seis relatos breves de temática variada y disposición cronológica donde, además de su habitualmente irónico y potente sentido del humor, Mortimer también nos deja numerosas e incisivas píldoras de crítica a la evolución represiva del sistema democrático. Específicamente, levanta su pluma contra la preocupante tendencia de intentar reducir o suprimir las garantías jurídicas de la ciudadanía y procesales de las personas investigadas o detenidas. Y lo hace apuntando a absolutamente todos los estamentos del sistema institucional jurídico-legal-democrático: la clase política, la magistratura, los abogados en ejercicio o la ciudadanía en general, y por su puesto también la pérdida del honor entre los mismos delincuentes. No deja títere con cabeza.

Adicionalmente, la voz narradora analiza las tendencias que, en la sociedad británica de la época, y de paso también en la española moderna y contemporánea, estaban -y están- transformando tanto a las democracias como al ejercicio del derecho: la incorporación heterogénea y plural de la diversidad racial, de género o de ideas a una profesión inercialmente tendente a aplicar penas de prisión sin sentido de la proporcionalidad ni de la justicia. Una tendencia que refleja, además, a través de una judicatura irracionalmente endogámica, cruel y autocomplaciente; donde el personaje del juez Vosper sobresale como el más destacado representante de espécimen medio. Con el mejor amigo de Rumpole, George Frobisher, actuando además de refuerzo de esta idea.

Pero aún hay más. Como buen ejemplar de literatura jurídica que se precie, el centro de los casos de Rumpole en este tomo explora también algunas de las más oscuras cloacas de la sociedad. Muchas de ellas con extraordinaria actualidad y vigencia hoy día. En “Rumpole y el ministro de Dios” tocamos de refilón la delgada línea roja que separa a la Iglesia del Estado, sobre todo cuando se trata de la comisión de delitos y faltas: invitándonos a reflexionar sobre si, realmente, esa línea existe o es, simplemente, una conveniente frontera abstracta de opacidad interesada.

“Rumpole y el animal fascista” quizás sea, en opinión de quién esto escribe, el relato mejor articulado en términos de análisis moral y social. En esta ocasión, Rumpole asiste a un insigne representante del partido supremacista Britain First, acusado de proferir injurias y amenazas contra la inmigración. A través de distintos elementos ficcionales, brillantemente introducidos y gestionados, gracias a un estupendo dominio del ritmo, será capaz de compatibilizar su visión democrática de la libertad de expresión y el derecho a la libre opinión, con la crítica al supremacismo identitario como una visión sociopolítica fuera de la realidad y del sentido común. Conjugando ambas posturas mediante uno de los más conocidos adagios de Voltaire, “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

O en “Rumpole y la cuestión de la identidad”, veremos cómo la degradación moral de la sociedad es la causa que podría llevar a que el sistema judicial encarcelase a un marido de clase trabajadora, mediante una identificación equivocada, de un delito que no cometió. Con elementos dramáticos por el medio que nos hacen empatizar con el pobre desgraciado, al tiempo que comprendemos y reconocemos las causas de avaricia y poder que han motivado su desdicha, y observamos cómo la justicia parece verse atada de pies y manos para ponerles freno e imponer sobre ellas la virtud de la ley y del derecho.

Esta segunda entrega nos regala un tratamiento amplio y divertido de temas actuales, al tiempo que disfrutamos de las peripecias personales de un personaje carismático de quien acabaremos encandilados: deseando compartir con Horace Rumpole una copa de vino a los pies de la estatua de la justicia de Pomeroy, frente al Old Bailey, donde tantas horas de risas y carcajadas habremos pasado ya en mutua compañía.

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