La figura de Montaigne como pretexto para disfrutar de un policiaco francés con fuerte acento anglosajón.

 

Con Montaigne me pasa lo siguiente: vuelvo una y otra vez a él, pero sin constancia.
Acometo con ímpetu la montaña, pero me canso pronto de subirla, de modo que mis excursiones son breves, aunque repetidas a lo largo de los años.
El creador del género del ensayo es pues para mí un viejo conocido con el que solo he logrado entablar una relación superficial. Duradera, eso sí.

Lo bastante fiel, en cualquier caso, para saltar como un leopardo de las nieves sobre una nueva novela policiaca que lleva por título La torre de Montaigne, publicada recietemente por Ediciones Siruela.
Su autora, desconocida para mi hasta ahora, es la profesora y novelista francesa Estelle Monbrun (seudónimo de Élyane Dezon-Jones), y la traduccón del francés ha corrido a cargo de Susana Prieto Mori.

Sé que lo de introducir el nombre de una personalidad histórica archiconocida en el título de una novela policiaca o un thriller es una táctica recurrente, pero hay celadas en las que a uno no le importa caer. También sabemos que la pizza engorda, pero qué rica está.

 

«Sin embargo, a Saint-Michel-de-Montaigne siguen llegando cada vez más turistas para olfatear el aire peculiar de una “biblioteca” sin parangón, que conserva los rastros, pintados en negro en vigas y viguetas encaladas, de sesenta y seis máximas griegas y latinas…»

 

¿Con qué me he encontrado? Con una narrativa que me resulta familiar, pero que quizá asocio más a lo cinematográfico y lo televisivo que a lo literario.
Ritmo rápido, mirada superficial, escenarios paralelos, personajes al servicio de su papel en la trama. Y una recurrente demanda al lector de la suspensión de su incredulidad.

La pequeña localidad de Saint-Michel-de-Montaigne, situada en la región francesa de Dordoña, ve repentinamente alterada su tranquilidad.
Daniel Klein
, un estudiante que ejerce de guía del castillo donde el célebre Michel de Montaigne pasó la última parte de su vida, cae desde la famosa torre. Esa donde el erudito escribía bajo las célebres vigas trufadas de citas griegas y latinas

Poco después, las nietas del influyente Michel Lespignac desaparecen en una playa de la isla de Oleron, donde toda la familia pasa las vacaciones.
Lespignac es un especialista —no académico— en la obra del autor de los Ensayos (y, pretendidamente al menos, algo más)

Todo parece apuntar a que las niñas han sido secuestradas mientras permanecían al cuidado de Mary O’Gryan. Mary es una ingenua universitaria norteamericana que ocupa el puesto de secretaria, y chica para casi todo, del prohombre. Un puesto que inicialmente estaba previsto que ocupase ese verano el estudiante defenestrado.

 

«Aún apuesto, con apenas una pizca de sal y pimienta en el cabello y la mirada penetrante, azulada, con lentillas, estaba, a fin de cuentas, bastante satisfecho de su posición en el mundo académico, de la influencia que se le reconocía sobre ciertos libreros especialistas —traficantes, según las malas lenguas— en libros antiguos y de su derecho de veto en las comisiones de ascenso de jóvenes colegas.»

 

MontaigneBien relacionado, Lespignac mueve los hilos para que se encarguen de investigar la desaparición dos policías.
El ya retirado Jean-Pierre Foucheroux y su antigua subordinada, la comisaria Leila Djemani, recientemente ascendida.
Quiere una investigación rápida y discreta que dé con el paradero de sus nietas.

Un manuscrito inédito, que revelaría un secreto de Montaigne acaecido en los días que reflejó en su Diario del viaje a Italia, podría estar detrás de todo.

También las tensiones, rivalidades e intereses del mundo académico pueden dar algunas claves. Las encarnan dos personajes: el ambicioso profesor Léonard Grinchet y la más ecuánime catedrática Claire Darsac.

Pero también hay turbios secretos familiares. Sombras del pasado que mueven búsquedas de reparación, ansias de riqueza y deseos de venganza.

 

«Habían llegado a una estancia con tres de sus cuatro paredes cubiertas de libros. En el centro, reinaba un inmenso escritorio que hacía frente a una contraventana y cubierto de toda clase de papeles.
— Disculpen el desorden —repitió Claire Darsac—. ¡Solo puedo trabajar en el caos!
»

 

Recomiendo al lector que se deje llevar por el ritmo vertiginoso. Que disfrute de la trama como lo que creo que es: un divertimento que no busca anclarse en mayores profundidades.
Un poco paradójicamente, pese a que la bucólica localización pareciera apuntar a cierta afinidad por la slow life, la impresión que deja su lectura es la de velocidad. Y ya se sabe que se va más rápido por la superficie conocida que sumergiéndose en honduras ignotas.

Nos acercamos al verano, y creo que esta obra es una novela muy veraniega. De esas que llevamos en nuestras bolsas y mochilas a la playa, la piscina o la terraza. Diseñada para atraer y distraer a un público amplio en busca de evasión.
Hasta tiene un índice de personajes al final, para no perderse. Imposible no recordar aquellas viejas y dignas ediciones de bolsillo de Agatha Christie, Perry Mason o Ellery Queen.

De poco más de doscientas páginas y bien encuadernado en rústica, la cubierta de este libro muestra una fotografía en blanco y negro de otros libros más antiguos. Ensayos de Montaigne de títulos borrados, quizá.

 

Montaigne

Estelle Monbrun es el seudónimo de Élyane Dezon-Jones.

Tras obtener el título de doctora en Letras en París, comenzó su carrera como profesora de Literatura Francesa Contemporánea en los Estados Unidos, donde impartió clases en el Barnard College de Nueva York y en la Washington University de San Luis.

Es autora de una prestigiosa serie de novelas de misterio que giran en torno a las más destacadas figuras de la literatura francesa.

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Lector, conversador, escribidor. «Reading maketh a full man; conference a ready man; and writing an exact man.» (Francis Bacon)

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