Este es el cuento de una niña que, al beber luz de luna, quedó enmagizada. Y el de una bruja sabia y buena; el de un monstruo poeta, el de un dragón diminuto. El cuento de un tigre hambriento de tristeza, y de un pueblo envuelto en las brumas de la pesadumbre. Este es un cuento sobre el amor, la pérdida y los lazos que nos unen. En definitiva, un cuento sobre magia.

El pasado 16 de octubre llegaba a librerías de mano de la editorial Destino La niña que bebió luz de luna, de Kelly Barnhill (autora ganadora del World Fantasy Award por su novela The unlicensed magician). Un título middle-grade publicado originalmente en 2016 que fue galardonado con más de 15 premios como el Newbery Medal, el Indie Choice Award o el Publishers Weekly Best Book, entre otros.

Pero aquí no estamos para enlistar condecoraciones, sino para desvelar los secretos de esta grandiosa fábula cuya magia ha vuelto a arrastrarme al país de los cuentos:

La niña que bebió luz de luna nos lleva a un mundo que es una ciénaga, donde la luz de las estrellas puede dársele de beber a los niños para sacar lo mejor de ellos, y la luz de la luna los enmagiza.

En este mundo está el Protectorado, cuyos habitantes viven envueltos en miedo y tristeza debido a la bruja del bosque, que cada año exige que se le entregue al bebé más pequeño del lugar. Este es precisamente el destino de Luna.

Pero como los cuentos son solo eso, cuentos, la niña termina siendo rescatada por Xan, una bruja de gran corazón que por error le da de beber luz de luna, convirtiéndola también en una criatura mágica. Así, será Xan quien críe a la pequeña, junto a un monstruo sabio y poeta y un dragón diminuto que se cree enorme.

Aunque en cada cuento siempre hay algo de verdad, por lo que Luna y su familia deberán enfrentarse no solo a sí mismos, sino a la criatura que asola su mundo de pesadumbre y tristeza.

Así es como empieza esta historia. Una narración que desde las primeras páginas te coge de la mano con delicadeza y te lleva acompaña por una trama sorprendente, repleta de magia y de ternura, pero también de un cierto tono oscuro que no me esperaba en un principio. Una trama tan original que te mantendrá en todo momento en ese estado de maravilla continua tan característico de la niñez, pero a la vez muy coherente y sólida.

Y es que, aunque la magia del universo de La niña que bebió luz de luna es indómita y traviesa, cada hecho y cada elemento planteados en la historia tienen su sentido y su significado, llenando la obra de múltiples simbolismos y metáforas muy enriquecedoras.

Una obra que reflexiona sobre temas universales como el amor, la pérdida de los seres queridos y la importancia de los lazos que nos unen a ellos. Pero también sobre el sentido de la vida y la aceptación de lo inevitable. Y lo hace de forma delicada, con muchísima ternura y sensibilidad, consiguiendo que te emociones hasta el tuétano.

A través de unos personajes que en un principio podría parecer que encajan en sus respectivos roles, pero que enseguida los hacen trizas para convertirse casi en personas reales, con personalidades bien desarrolladas y consecuentes, que cometen errores, y tienen defectos. Así, la continua autonegación de la bruja Xan hacia algo que no quiere que ocurra o la rebeldía caprichosa de Luna les dan muchísimo realismo y hacen que sea muy fácil empatizar con ellas. Con todo el elenco, en realidad. Puesto que Barnhill ha sabido reflejar la humanidad hasta en el más malvado de los monstruos, haciendo de su construcción de personajes una maravilla.

En cuanto al estilo narrativo, La niña que bebió luz de luna es una novela evocadora, onírica, casi poética. La autora consigue mantener ese tono de cuento infantil que enseguida te sumerge en la historia; su prosa es fluida, delicada y sensible. Apta tanto para los lectores más jóvenes como para los adultos que queramos regresar a la niñez.

Y precisamente este es otro de los logros del libro: crear una experiencia de lectura con múltiples niveles para todas las edades. Bueno, para lectores a partir de 12 o 13 años, que tengan ya un cierto bagaje, ya que este middle-grade es bastante maduro. Dicha madurez me ha sorprendido muchísimo; en ningún momento he sentido que estaba ante un libro pensado para niños. Mención aparte merece la traductora, Isabel Murillo, por saber trasladar la magia y la complejidad de la narrativa de Barnhill a nuestro idioma.

Y no podría cerrar esta reseña sin hablar de la magnífica edición de la editorial Destino. Un libro en tapa dura azul con motivos dorados, y con una sobrecubierta preciosa que capta como pocas la esencia del libro, ilustrada por Yuta Onoda y diseñada por Carla Weise.

En definitiva, La niña que bebió luz de luna me parece una novela maravillosa, sobresaliente en todos los aspectos: con una trama sorprendente, un universo coherente y vivo y unos personajes a los que adorarás. Si eres de los que disfrutan con los cuentos de hadas, si te gustan las historias con sabor infantil pero adaptadas a todos los niveles, si quieres emprender un viaje onírico y emocional, este es tu libro. No diré de lectura obligatoria (porque nunca se debería obligar a leer), pero sí totalmente recomendada. Sin duda, uno de los mejores títulos que he disfrutado este año.

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