
Tenía bastante curiosidad por La mansión de Rayne, sobre todo por su propuesta oscura y su ambientación gótica, pero después de terminarlo tengo claro que es uno de esos libros que simplemente no son para mí. Y no necesariamente porque considere que esté mal construido, sino porque me ha faltado esa conexión con la historia y, especialmente, con uno de sus personajes principales.
La historia nos mete en un barco, rumbo a la la histórica mansión Balfour, ubicada en la isla de Blackridge, en el noroeste del Pacífico. Bajo un techo que esconde secretos tan oscuros como su propietaria, Rayne, nuestra protagonista se ve atrapada por las sombras carmesíes, voces inquietantes y atraída por la presencia de la dueña de tan gigantesco lugar.
Tras un terrible asesinato, Blackridge revela su auténtica cara y la vida en la isla se convierte en una pelea constante por sobrevivir. Por huir de las garras de la muerte, que las ha fichado como su presa.
Si hay algo que tengo que reconocerle a Harley Laroux es la ambientación. La mansión, la oscuridad que rodea la historia y esa sensación inquietante que está presente durante buena parte de la novela están muy bien conseguidas. Hay algo decadente y siniestro en el escenario que encaja perfectamente con lo que pretende contar la autora. La estética gótica no está simplemente como decoración, sino que forma parte de la personalidad del libro. Al fin y al cabo, la isla esconde muchos secretos, sobre todo a partir de la noche de Halloween.
La mansión consigue convertirse prácticamente en un personaje más. Tiene esa sensación de lugar en el que sabes que algo no termina de estar bien, y precisamente esta parte ha sido una de las que más he disfrutado. El misterio y los elementos más oscuros consiguieron despertar mi curiosidad incluso en momentos en los que la trama no terminaba de atraparme.
Mi principal problema ha estado en los personajes.
La construcción de personaje en La mansión de Rayne
Con Rayne no conseguí empatizar. Por mucho que avanzaba en la historia y conocía más sobre el personaje, seguía sintiendo cierta distancia. Entendía lo que la autora quería transmitir y podía comprender algunas de sus decisiones dentro del contexto de la novela, pero emocionalmente no conseguía conectar. Y cuando una parte tan importante de una historia depende precisamente de que te impliques con sus protagonistas, esa desconexión termina pesando bastante.
Con Salem, en cambio, me ocurrió prácticamente lo contrario. Salem sí consiguió despertar mi interés y hacer que quisiera conocer más. Fue el personaje con el que más empaticé y el que consiguió mantenerme emocionalmente dentro de la historia. Su forma de enfrentarse a determinadas situaciones, sus emociones y todo lo que va descubriendo hicieron que conectara muchísimo más con él. De hecho, buena parte de los momentos que más disfruté de la novela fueron aquellos en los que Salem tenía un mayor peso.
Además, para mí el spicy empezaba a ser gratuito e innecesario solo porque las dos protagonistas eran mujeres. No sé, no creo que haya sido necesario meter tantas escenas, sino que de verdad hagan sentir.
Creo que ahí está precisamente el motivo por el que La mansión de Rayne no terminó de funcionar conmigo. Tenía todos los ingredientes para hacerlo: una estética que me gusta, una ambientación gótica muy conseguida, misterio, oscuridad y una premisa que inicialmente me llamaba muchísimo la atención. Sin embargo, me faltó conexión emocional con la historia en conjunto.
No diría que sea un mal libro. De hecho, creo que para alguien que conecte con Rayne y disfrute especialmente de este tipo de historias góticas y oscuras puede funcionar muchísimo mejor. En mi caso, me quedo con su ambientación y, sobre todo, con Salem.
A veces un libro simplemente no es para ti, aunque puedas reconocer todo aquello que hace bien. Y La mansión de Rayne ha sido exactamente eso para mí.





















