la directora

Sandra Oh (“Anatomía de Grey” “Killing Eve”) interpreta al personaje principal en su nueva serie: “La Directora” (titulada originalmente “The Chair”), de Netflix. El argumento gira en torno al Departamento de Inglés de una prestigiosa universidad.

Lo que podría haber sido una interesante y satírica exploración del mundo académico, una comedia de ámbito laboral diferente, con el aliciente extra de seguir los pasos de una mujer de color en un puesto de dirección que ninguna otra había ocupado antes… todas esas posibilidades quedan en nada. Aquí y allá hay amagos de explorar estos elementos, de ofrecer algo nuevo y fresco, pero no son más que eso: amagos. Y es que la serie se empeña en centrarse en el personaje menos interesante y más cliché de todos.

El verdadero motor de la historia, el centro de las tramas, no es Ji-Yoon (la recién nombrada directora del Departamento de Inglés), sino Bill Dobson (Jay Duplass). Bill es el profesor guay y popular, un intelectual irreverente. Un hombre blanco, heterosexual y de mediana edad, que viste chaquetas con coderas. El cliché se reconoce en el propio diálogo, pero resulta que reconocer algo no significa subvertirlo, y “The Chair” no lo hace, en absoluto. Lo reafirma, lo encumbra, lo defiende. Le convierte en el héroe injustamente tratado, en el interés amoroso que tiene un don con los niños, en el incomprendido rebelde de pasado trágico.

Aunque “La Directora” se nos vende como una historia feminista y reivindicativa de la diversidad en el ámbito académico, esto no es más que una fachada. Es un alegato contra la cultura de la cancelación generada en redes sociales, pero enfocado desde un ángulo que coloca a Bill (el personaje que goza de mayor privilegio social) como la víctima principal de un sistema injusto.

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Cuando se abordan temas controvertidos, la visión es sesgada. Los argumentos feministas o las reivindicaciones de igualdad racial están ahí, pero siempre quedan desautorizados por la narrativa. Se deslegitiman opiniones serias y fundadas. Los estudiantes que protestan son unos exagerados, lo sacan todo de contexto, no escuchan. Son prácticamente una turba con antorchas en alto, los enemigos de la libertad de expresión.

Hasta las quejas de la supuesta protagonista quedan invalidadas. Cuando el Decano insinúa que solo defiende a Dobson por estar enamorada de él, ella replica: “¿Si fuese un hombre me preguntaría eso?” Una buena contestación, de no ser porque efectivamente está enamorada de Bill y no se arriesgaría a defender a otro profesor de esa manera. La sexista conjetura del Decano es correcta. Y así con todo.

Se atacan los principios que la premisa implica defender: la serie es un ejercicio de cinismo.

Se empuja al espectador a empatizar con Bill, a pesar de que sus compañeros tengan que cubrirle las espaldas en más de una ocasión mientras él apenas se esfuerza y de que sus clases se llenen de alumnos solo por su fama. De que sea alguien que puede permitirse ser frívolo, porque nunca antes ha tenido que afrontar las consecuencias de sus actos. Y, aun así, se supone que debemos desearle el éxito. Entretanto, Ji-Yoon queda cada vez más desdibujada.

Una vez finalizados los seis capítulos, la impresión es que el objetivo número uno de la serie es el de impartir una lección moral, de forma burda, además. La de que quienes se manifiestan pidiendo más igualdad y exigiendo responsabilidad de sus profesores están equivocados, son demasiado radicales, y les da igual llevarse por delante a un hombre bueno porque no saben encajar una broma. ¡Hace falta más empatía y compresión en el mundo! Con hombres como Bill Dobson, claro.

Incluso si en la lógica interna de la serie es una conclusión relativamente justa y con sentido, el mensaje que subyace no lo es. Se atacan los principios que la premisa implica defender. Pero, como ya he dicho, la premisa es falsa. La serie es un ejercicio de cinismo.

Los productores son, por cierto, David Benioff y D.B. Weis (“Juego de Tronos”), lo que viendo el producto final, no me sorprende.

Técnicamente correcta, lo mejor de “La Directora” son las interpretaciones. Como estudio de personajes se queda muy corta, haciendo que me cuestione si en algún momento intentaron realmente que lo fuera, o solo era una excusa más para dedicar minutos a Bill. El humor no suscita más que alguna sonrisa aislada. El conjunto es de fácil consumo, pero mediocre… cuando no directamente exasperante.

Lo salva el talento de Sandra Oh y la trama de Joan (Holland Taylor), cuya resolución es lo único que me genera curiosidad por una hipotética segunda temporada. En cualquier caso, no la suficiente. Ya he tenido bastante.

 

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