Nos llamó especialmente la atención “La casa junto al mar” de Robert Guédiguian cuando se estrenó hace algo más de un año y medio. En ella ya estaban presentes muchas de las constantes del cine “político” –la política es consustancial al ser humano, un zoon politikón, un animal político como lo definiera Aristóteles hace veintitantos siglos– de Guédiguian, y que no necesariamente significa “partidista”. En cierto modo, la trayectoria del director y guionista francés es parangonable a la de Ken Loach, de quien hace pocas semanas se estrenó “Sorry We Missed You”, si bien en el caso del primero la denuncia social (y política) es bastante más sutil que la del británico. Si en su política anterior Gédiguian trataba la cuestión de la inmigración (ilegal) y su llegada a este “primer” mundo al insertarla en la trama de los personajes que regresaban a aquella casa en el litoral de la Provenza, en “Gloria Mundi” la mirada es más descarnada y pesimista.

Una familia se reúne en un hospital de Marsella para celebrar el nacimiento de un miembro más, la pequeña Gloria, hija de Mathilda (Anaïs Demoustier), que trabaja como dependienta en una tienda de ropa, y Nicolas (Robinson Stévenin), un chófer autónomo (tipo Uber o Cabify). Al hospital acuden la madre de Mathilda, Sylvie (Ariane Ascaride), que trabaja como limpiadora en una empresa que trabaja para despachos y oficinas, y su segundo esposo, Richard (Jean-Pierre Darroussin), conductor de autobuses municipales; también llegan la hermanastra de Mathilda (hija de Sylvie y Richard), Aurore (Lola Naymark), que trabaja en un negocio de compra-venta de artículos de segunda mano con su pareja Bruno (Grégoire Leprince-Ringuet), un pequeño empresario que vive de explotar laboralmente de trabajadores en situación muy alegal.

Las diferencias entre ambas hermanas y las vidas con sus parejas no pueden ser distintas: Mathilda y Nicolas viven con una cierta precariedad en sus trabajos –ella, de hecho, está con un contrato de pruebas y sospecha que su jefa la echará en cuanto este acabe; y él, como autónomo, depende de sí mismo, pero si sucede algo y coge una baja (como así será), ser verá muy limitado– y la llegada de la pequeña Gloria será más una rémora que algo recibido con plena alegría; en cambio, Aurore y Bruno viven al día, sin aparentes preocupaciones y sin hijos que coartan un estilo de vida que se nutre del egoísmo de ambos. Las hermanastras, a su vez, se detestan soterrada y mutuamente: Mathilda desearía trabajar en la franquicia de Bruno, como mánager de una de sus tiendas, pero Aurore no quiere, además de sentir celos de la atención que recibe de Sylvie y Richard, que le insisten en que la meta en una de sus tiendas. La alegría que desborda la llegada de la pequeña Gloria en el seno de esta familia se verá paulatinamente enfriada por los rencores internos. Otra “llegada”, la de Daniel (Gérard Meylan), primer marido de Sylvie y que sale de prisión tras una larga condena, complicará un poco más las vidas, presuntamente lánguidas, de unos personajes que en muchos aspectos simbolizan una sociedad en crisis.

Póster Gloria mundi películaY es que Guédiguian dispara sin rubor contra la línea de flotación de un Estado del Bienestar en pleno derribo y que se preocupa poco de sus miembros. La mirada melancólica y el talante taciturno de Daniel muestra al individuo que debe reinsertarse en una sociedad que, a grandes rasgos, se ha olvidado de él y no pone demasiadas facilidades en dicha misión; que Daniel se lo tome con bastante filosofía y se preocupe más bien de pasear y componer haikus es una decisión argumental que funciona en un personaje bien definido (diría que el mejor del elenco) y que observa más que actúa (casi parece un espectador más que en cualquier momento se sentará a nuestro lado en una butaca de la sala de cine). Interesante resulta también el personaje de Sylvie, la trabajadora que cuenta los años para jubilarse y no quiere meterse en líos, no comprometiéndose con la huelga que plantean sus compañeros de trabajo.

Como su segundo esposo, Richard, se intuye que Sylvie es una superviviente del Mayo del 68, desencantada y que sólo espera que llegue pronto una jubilación que, posiblemente, no imaginaron como sería al cabo de cincuenta años, pero esperan disfrutar de una pensión bien ganada. Muy diferente es la panorámica de la siguiente generación, que no parece construida en esta película para generar empatía, Mathilda y Aurore, Nicolas y Bruno, cara y cruz de una moneda, el capitalismo salvaje, en el que unos son las víctimas y los otros los (presuntos) beneficiarios. Con una brocha más gorda de la empleada en su anterior filme, Guédiguian indaga en los celos y rencores de dos hermanas, en las traiciones y las mentiras, de dos parejas que o bien sufrirán la precariedad o bien se alimentarán de la explotación del prójimo; y mirándolos desde la barrera sus padres, que con mirada distinta (preocupada la de Sylvie, resignada la de Richard, realista la de Daniel) observan como la familia se va al garete, metáfora de una sociedad que también se hunde en sus propias contradicciones.

Por todo ello, el filme de Guédiguian, interesante sobre el papel, acaba por resultar más efectista que efectivo en la denuncia social, demasiado melodramático y cargando las tintas sobre las desgracias que acumularán los personajes hasta llegar a un clímax final, carne de de reality show, que deja al espectador más bien indiferente. A diferencia de las cuitas de los personajes del último filme de Ken Loach, las preocupaciones y sobre todo las decisiones de estos otros personajes no provocan, al menos en quien escribe esta crítica, la empatía o una cierta conexión que se podría esperar; será que resultan más egoístas e irresponsables, y que no hallamos en ellos elementos para esperar una redención que no merecen. Parece incluso como si viéramos todo con la mirada algo condescendiente de Daniel, de quien lo perdió todo y ahora, en la madurez y tras el paso por la trena, ve a los demás como quien observa un documental de leones agazapados en la sabana a la espera de su siguiente caza: sabe que llegará un incauto y se toma su tiempo para atacarle al cuello. A este lado de la pantalla miramos las cuitas de esta familia con desapasionada, incluso aburrida, indiferencia. Y es que parafraseando a Tolstói (discúlpese la pedantería), todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera; y en este caso, la infelicidad resulta una sermoneadora pornografía emocional.

Sic transit gloria mundi…

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