Una cala en un pueblo turístico de la Provenza, al oeste de Marsella, con un enorme viaducto ferroviario prácticamente en primera línea de mar (es la cala de Méjean, pero ésta no se menciona en ningún momento). Es invierno y, por tanto, temporada baja: la actividad se ha reducido al mínimo en los hoteles y restaurantes de la zona, apenas se percibe la vida de quienes son los habitantes naturales de la zona, muchos de ellos pescadores. Maurice, un anciano que reside en una casa con una enorme terraza-mirador al mar Mediterráneo, mira las vistas y enciende un cigarrillo. “Qué más da”, pronuncia antes de sufrir un síncope. Dos de sus tres hijos, ya maduros, regresan a la casa familiar para hacerse cargo de un patriarca en estado casi vegetal.

Por un lado, Joseph (Jean-Pierre Darroussin), profesor ya retirado y antes de eso trabajador en una fábrica, con unos ideales de clase obrera que el tiempo ha convertido en decepción y cinismo; le acompaña su novia, Bérangère (Anaïs Demoustier), quien ya hace tiempo de sentirse seducida por quien fuera también su profesor. Por otro, Angèle (Ariane Ascaride), actriz teatral de éxito y madre que perdió a su hija, que precisamente había dejado al cuidado del abuelo Maurice, motivo por el que hace tiempo que no mantienen contacto. El tercer hermano, Armand (Gérard Meylan), se quedó en el pueblo a cargo de un restaurante. Los tres se reúnen y recuerdan el pasado (y las heridas aún abiertas) durante varios días, acompañados de Yvan (Yvan Trégouet), médico que reside en Londres y ha visitado a sus padres, vecinos de Maurice y que temen perder la casa frente a las presiones de un banco, y de Benjamin (Robinson Stévenin), joven pescador local y que siempre estuvo secretamente enamorado de Angèle, a pesar de la diferencia de edad. La presencia de un retén del Ejército francés, que ha oído rumores sobre la llegada de una patera con inmigrantes, afectará la tranquilidad de un pueblo que pasa la temporada baja entre el aburrimiento y la cotidianeidad.

Robert Guédiguian escribe y dirige una película que reflexiona sobre el paso del tiempo y cómo las vicisitudes de la vida nos cambian y afectan a partes iguales. Los diversos personajes están en estados vitales muy diversos, que pasan por el desencanto de Joseph (y el hastío de Bérangère al respecto), la soledad de Armand y la tristeza de Angèle, que sigue culpando a su padre por la muerte de su hija. El anciano ya no puede hablar y tampoco comunica gran cosa con la mirada. Las relaciones con Yvan y sus padres (una subtrama que también deja huella), vecinos y amigos de toda la vida, llenan las horas del día y de la noche, mientras los tres hermanos deciden qué van a hacer con su padre… y con sus propias vidas.

De una manera sencilla, con un guion muy medido hasta el tramo final, Guédiguian impone un ritmo pausado a la película –lo cual no significa que sea lento ni aburrido, sino todo lo contrario–, que navega, a través de diálogos muy medidos, entre la melancolía y la reflexión por las oportunidades perdidas y las convicciones personales, claramente aquellas propios de una izquierda francesa de los años sesenta y setenta que anda hoy muy desubicada y a la búsqueda de un electorado perdido.

Sirviéndose de actores habituales en su filmografía –Darroussin y Ascaride, especialmente–, el director echa mano también de un par de secuencias de una película anterior, “Ki lo sa?” (1985), rodada en los mismos escenarios y con los mismos protagonistas, utilizadas aquí a modo de flashback sobre la juventud de los personajes.

Desde luego, Gédiguian no esconde una lectura política sobre el (destartalado) legado de una lucha social abandonada en estos tiempos de globalización y neoliberalismo a saco, y en cómo la derrota de los viejos ideales izquierdistas ha hecho merma en una generación, representada en los tres hermanos, que soñaron con cambiar el mundo y mejorarlo en aras del bienestar social. Un mensaje que las nuevas generaciones probablemente no entenderán y quienes tengan una visión revisionista del pasado quizá leerán con ojos demasiado cínicos (por no decir algo peor). Que la trama se ambiente en una de las zonas donde el Frente Nacional de Marine Le Pen –que ahora impulsa un cambio de nombre, Reagrupación Nacional, para intentar abrirse a un electorado más amplio y diverso que el que ha reunido desde su fundación– tiene más apoyos (Marsella) y en donde la presencia de inmigrantes se observa con mayor resentimiento, tampoco es baladí en un tramo final del filme en el que, precisamente, los tres hermanos y sus amigos se encontrarán con las consecuencias de la llegada de una patera. Quizá esta parte final, cuando parecía que el filme ya había alcanzado su clímax (y de manera muy bien engarzada con las vidas de los personajes), se muestra algo más desconectada (y vista como un añadido argumental innecesario) y alarga el metraje de manera algo artificiosa. Porque precisamente la hora y media anterior, con sus tiempos, su delicadeza y su sobriedad, es la que logra llegar al espectador con la sencillez como marca de distinción. Pues no es sólo un canto al compromiso social y a mantenerse en la brecha, a pesar de los años que han pasado y han barrido con demasiadas cosas básicas que nunca hay que dejar de lado; también nos habla de un amor quizá demasiado naíf y de la pérdida que nunca se sobrelleva, con un estilo sobrio, pero sin ocultar del todo la emotividad siempre latente.

El resultado es una preciosa e íntima película a la que conviene dejarse llevar, como las barcas que se mecen en el malecón del pueblo, los cigarrillos que se consumen prácticamente solos o la quietud de los restaurantes y cafés con la persiana medio bajada, propios de unos meses en los que la ausencia de las masas turísticas permite que disfrutemos de una filosofía de vida relajada y sin prisas. Una película socialmente comprometida, como suele ser la filmografía de Robert Guédiguian, y también con un aura poética que nos permite, a pesar de todo, reverdecer en parte los vetustos ideales de una lejana juventud.

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