Retrato surrealista de la España actual en la línea de anteriores comedias del director, que casi alcanza el nivel de su más famosa predecesora.

Que “Amanece, que no es poco” es una de las grandes obras maestras del cine español es algo indiscutible, independientemente del gusto de cada uno: su impacto y calado en nuestra cultura popular es más que notable, y a estas alturas nadie duda de que es uno de los grandes clásicos de nuestro cine. Por eso y desde entonces, todo nuevo proyecto de su director, Jose Luis Cuerda, es recibido con gran expectación. Cuerda es un director que ha sabido adoptar el tono que cada historia requería, sin dejar por ello de tener un estilo reconocible y personal que se caracteriza por su capacidad de centrarse en los personajes y sus pequeñas historias dentro de acontecimientos de grandes dimensiones, sean históricos o ficticios.

Es el año 9177 (mil años arriba, mil años abajo, que tampoco vamos a pillarnos los dedos con esas minucias) En un mundo poblado por una masa de parados empobrecidos que viven en poblachos como buenamente pueden, los privilegiados habitan un único e inmenso rascacielos monolítico en el que todos sus habitantes tienen asignada su función, posición y ocupación. De repente, un día sucede algo inesperado y que trastocará la vida de todos, tanto los de dentro como los de fuera: a las puertas del edificio se presenta un hombre que vende limonada. Como una piedrecilla que inicia un alud, este simple hecho desencadenará una serie de acontecimientos que lo pondrá todo patas arriba… o no.

“Tiempo después” es una metáfora poco sutil de la realidad política y social de la actualidad: un sistema donde aparentemente hay igualdad de oportunidades, pero intrínsecamente rígido, en el que unos pocos se reparten el pastel dejando a los demás las migajas, en el que los que mandan son más dados a la improvisación que a la planificación, en el que la oposición al sistema sufre una división y desorganización congénitas y en donde el propio sistema es capaz de absorberlo todo y usarlo en su beneficio, incluso las actitudes más radicales y revolucionarias. Y todo ello por medio del humor surrealista característico de Cuerda, abundante en referencias filosóficas y guiños a anteriores películas suyas y con un reparto coral lleno de caras conocidas en el que cada intérprete parece cuidadosamente escogido para su papel, que no es poco.

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