Geoffrey Parker

Ciertamente hoy sabemos más sobre la vida pública y privada de Felipe II que sobre cualquier otro europeo de la Edad Moderna”, dice el prólogo. Es verdad. La cantidad de retratos suyos que existen, así como de documentos escritos por él o sobre él hacen que prácticamente lo único que nos falte sean grabaciones en audio y vídeo para conocerlo un poco más de cerca.

El problema es precisamente la gran cantidad de información que nos ha llegado. “En una ocasión, el rey aseguró haber firmado más de cuatrocientas cartas en una sola mañana, y un embajador bien informado indicó que algunos días pasaban por el escritorio real hasta dos mil documentos. Nadie (…) tendrá jamás tiempo de leer todos los documentos relevantes que existen sobre el largo medio siglo durante el cual Felipe ejerció el poder ejecutivo.” Felipe era tan aficionado a escribir que prefería a veces comunicarse por escrito que de palabra incluso con gente a quien veía a diario, lo cual es una mina para el historiador, pero claro, en toda mina hacen falta mineros.

Dicho de forma rápida, este libro, “Felipe II: la biografía definitiva” (editorial Planeta) de 1.383 páginas (las últimas 300 son citas, fuentes y bibliografía) es como si los de Wikileaks hubieran hackeado las cuentas de correo de Felipe II y hubieran sacado a la luz multitud de papeles públicos y privados, y ahora la labor pendiente para quien se atreva con ellos es entresacar lo que verdaderamente importe.

Obviamente, muchos de estos documentos llevan más de cuatro siglos a disposición de quien los halle, y no faltan excelentes libros sobre Felipe II, pero Geoffrey Parker, el hispanista inglés de 67 años, ha usado nuevas colecciones de cartas y notas manuscritas para componer lo que sus editores han subtitulado con poca modestia ‘La biografía definitiva’, la “que a Felipe II no le hubiera gustado leer”.

Portada de Felipe II, de Geoffrey ParkerLa decisión de Parker de dejar a Felipe “hablar” con sus propias palabras durante todo el volumen hace que apenas haya un párrafo sin alguna cita sacada de uno de esos miles y miles de documentos, lo cual nos acerca sobremanera al sujeto de esta biografía. Notamos, por ejemplo, su excesiva verbosidad, repitiendo la misma idea varias veces en la misma carta. También, su costumbre de cambiar de asuntos públicos a privados en el mismo documento, o de dedicar un par de párrafos de decir cuán cansado estaba con tanto escribir, o de preocuparse por dónde debían instalarse los excusados en San Lorenzo de El Escorial en medio de guerras en Flandes y contra Francia e Inglaterra.

De igual forma lo vemos mostrar su afición a mandar hacer cosas sin que parezca que las manda públicamente, e incluso ordenar “disimulación” y secreto constantemente. Asimismo, por haber viajado por toda Europa occidental en su juventud, tendía a pensar que sabía de todo sobre casi todo, y se permitía dar consejos desde Madrid a sus hombres sobre el terreno, mezclando a veces sus reales órdenes con licencia “para actuar como viéredes” que provocaba unas confusiones que, debido al tiempo que tardaban los correos, no podían resolverse rápidamente.

El resultado es una obra muy precisa, pero no necesariamente ligera de leer. Desde luego, quien busque algo tan fácil de leer como una novela histórica, solo que sin la parte de novela, quizá note que le cuesta tanto progresar en este libro como a Felipe escribir sus ríos de tinta. Pero quien acepte la idea de saber lo que pasó de la propia pluma de los protagonistas, podrá casi notar cómo se urdió el asesinato del secretario Juan de Escobedo, o qué reacción produjo la muerte del príncipe don Carlos, o la creciente desesperación de todos en torno a la princesa de Éboli.

Oímos a Felipe tomar el trono de Portugal, debatir sobre la Armada Invencible, sufrir costosas victorias y derrotas en Flandes, intentar mantener Francia católica a base de derrochar dinero en ella, mezclar respeto con amenazas a la hora de tratar con un Papa tras otro, e incluso lo vemos reaccionar sin piedad a una especie de 15-M en Madrid y Ávila cuyo cabecilla fue decapitado y varios de cuyos promotores fueron condenados a 200 azotes y/o a galeras, porque “donde están enseñados a llevar el dezir al hacer, no se ha de aguardar a que hagan”.

Al final de todo, ¿fue Felipe II un gran rey, o no, y cómo de grande fue? ¿Tuvo más aciertos o desaciertos? ¿Su preocupación por la religión y la reputación fue motor impulsor o lastre decisivo? Todo esto y más, en un libro que recompensa el tiempo que se le dedica.

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